¿Es posible que un individuo se llegue a radicalizar hasta segar su propia vida por un ideal religioso? Sí, y llegan a fragmentar el ciclo de sus relaciones intrafamiliares y de su entorno social, con el fin de habilitar, nutrir, adiestrar y “afinar” su cuerpo y mente con el mórbido fin de quitar vidas. Aquellos que se inmolan no nacen con un “don” para matar y morir por un ideal, no es un destino trascrito por algún derrotero religioso, sino que pasan por un proceso de “lobotomía cerebral”, sometidos a un lavado de cerebro por expertos reclutadores, clérigos y entrenadores que saben con precisión cómo activar (estimular) instintos y emociones primitivos básicos, sentimientos de intenso odio, humillación y venganza. Este es el proceso de radicalización de los religiosos extremistas de cuyo fenómeno hoy día se deriva un sumario amplio que no lo podemos ignorar.
Para una exégesis científica de este caso podemos decir que existen elementos que propician el aleccionamiento: el rechazo a lo accidental, los detalles anecdóticos, la precisión del acto terrorista, las consecuencias del mismo, los blancos elegidos, la nacionalidad y la cultura de quienes cometen los atentados con el debido cuidado que ello realce que son los “instrumentos” punitivos de su religión, lucha de fieles contra infieles, la organización a la que pertenecen y los objetivos que expresan perseguir. Para llegar a invertir tiempo, esfuerzo, dinero y vidas es evidente que existe una esencia del extremismo radical materializado en un rito que contiene las siguientes características: 1. Homicidio de personas. 2. Suicidio de los agresores. 3. Devastación de bienes materiales. 4. Fundamentación supraindividual del acto a través de explicaciones político-ideológicas, religiosas, históricas, socioeconómicas, etc. 5. Apego a una organización disciplinada rígidamente estructurada. 6. Organización minuciosa de los atentados. 7. Buscar la espectacularidad del evento y 8. Empleo del factor sorpresa.
Ahora, ingresemos a esa dimensión “monocromática” (la caja negra), la mente terrorista, en la que se preparan a los “obreros religiosos radicales”, se usan técnicas depuradas de modelación de conducta capaces de desinhibir valores humanos en un iniciado extremista; paradójicamente disciplinar a un individuo para una misión suicida se basa en la oxigenación de creencias intolerantes y excluyentes que solo fomentan supersticiones y resentimientos en el individuo. En sus artificios de adoctrinamiento los “carismáticos guías espirituales” crean en sus alumnos un profundo compromiso, lo cual hace que los “iniciados suicidas” nunca cuestionen los métodos violentos de la organización, se les hace creer que han nacido para este fin.
La vida cotidiana del terrorista suicida es de puros ritos; pensamientos ritualizados por factores políticos o religiosos que imponen fórmulas repetitivas y rígidas, ceremoniales burocráticos de la organización que integra, hasta llegar el atentado como el “último paso” que lo “purifica” y lo “salva” desde la primitiva ceremonia del sacrificio humano. Al llegar al zenit de su acto criminoso se hace palpable “la trepanación de voluntad” que se practica en estos individuos.
Lo que le ocurre en la profundidad de su psiquis es tan lejano y extraño a su conciencia que carece del lenguaje capaz de vehiculizarlo. Se maneja como un topo en su interior para construir un camino que le permita emerger a la superficie. Y emerge en forma de acto terrorista, que lo hace sentirse como guerrero santo. Un acto que, aunque a veces pueda estar fría y conscientemente planificado, extrañamente en su desarrollo despliega esa contradicción inconsciente que le resulta inaccesible e innombrable. Todas las declaraciones políticas, sociales, históricas o religiosas que el terrorista suicida y/o su organización puedan ofrecer son racionalizaciones que encubren las raíces psicopatológicas del hecho.
Ahora nos enfrentamos a un nuevo rostro del terrorismo; tipos brillantes con una hoja académica impecable, provenientes de familias influyentes, gente de la que no se puede “sospechar” que en lo interno de su ego hay un monstruo creciendo, inoculados con una ideología de un animadversión ciega, a los que priman imágenes disolventes tales como: “antes que pensar en construir un orden nuevo, es destruir el existente, aunque ello implique el asesinato masivo de inocentes”.
No nos enfrentamos contra psicópatas clínicamente diagnosticados sino contra gente férreamente dogmatizada.
El autor es ingeniero agrónomo.
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