Carlos René Ramírez

El bien común y la solidaridad

Dicen que el “Estado es el gestor del bien común”. El Estado debe estar siempre al servicio de la persona humana. El bien común es el conjunto de condiciones materiales y espirituales que en un orden social procura el desarrollo integral de una sociedad sin incorporar el populismo y la segregación de sectores de la nación bajo la intención de un gobierno que enarbola la bandera partidista con fines mezquinos para la conveniencia de grupos. Desgraciadamente en Nicaragua se confunde el gobierno con el Estado y estamos viviendo el cultivo de la personalidad, el autoritarismo y el centralismo político con fines de conveniencia familiar y así vemos con perturbación como los diferentes poderes del Estado no practican sus facultades propias sino que obedecen ciegamente lo que les dicta el que les dicta. Del concepto del bien común se derivan: totalidad, autoridad y solidaridad. La solidaridad es la interdependencia de todos los miembros de la sociedad entre sí y con la sociedad. El pregón de “solidaridad” por parte del gobierno es un grito que sobra por cuanto dentro del bien común es obligatorio que se practique la solidaridad sin intenciones de politiquería barata.

Dentro del movimiento cooperativo que se mueve dentro de los valores de la democracia auténtica y no popular como dicen los marxistas, se basan también en los valores de ayuda mutua, responsabilidad, igualdad, equidad y solidaridad. Para alcanzar el bien común el Estado debe desarrollar funciones jurídicas, actividades materiales, siempre administrativas. Funciones jurídicas se basan en el sistema de separación de poderes que establece el sistema republicano: sancionar leyes, tarea del Poder Legislativo; hacer cumplir las leyes mediante la promulgación, reglamentación y aplicación es tarea del Poder Ejecutivo; administrar justicia con verdadera justicia social le corresponde al Poder Judicial. La responsabilidad de los ciudadanos tiene dos facetas: El deber de intervenir, según las propias posibilidades en todos los aspectos de la vida pública. Cuando se olvida este deber surge el desinterés por todo lo que acontece y afecta al pueblo; la abstención electoral que abona a los intereses calculados de los que quieren permanecer en el poder; la crítica estéril a la autoridad y la defensa de los privilegios a costa del interés general. Los tres pilares para una sana ejecución del bien común, se asientan en: La educación de los ciudadanos; el funcionamiento ortodoxo de las instituciones y la participación de todos en el quehacer y dirección de la cosa pública. En Nicaragua no funcionan a cabalidad estos pilares pues todo está embadurnado con los procedimientos de un gobierno que no respeta la Constitución ni los principios de la declaración universal de los Derechos Humanos.

Entristece ver cómo la educación, por mucho que gritan en los medios oficiales que es excelente, los hechos confirman su deficiencia en la asignación presupuestaria, el uso de los locales para tratar de lavarles el cerebro a los jóvenes no solo con afiches sino con prédicas altamente politizadas y la desvinculación de la participación del pueblo en diferentes organismos y el apoyo libre y desvergonzados para grupos afines al partido.

En el campo cooperativo y en la mayoría de estas organizaciones no se respetan los principios cooperativos, porque en algunas están manipulados por individuos que se hacen llamar cooperativistas pero que son agentes del partido que está en el poder, y no toman en cuenta a los socios y consecuentemente hacen todo conforme sus directrices, como es el caso de este organismo que maneja miles de millones de córdobas (Alba-Caruna) sin tener las facultades conforme la ley y debe dejar de llamarse cooperativa, porque es una afrente para los asociados que no saben como se ha llegado a manejar cantidades astronómicas de dinero. El bien común es para todos y la solidaridad también.

El autor es especialista en cooperativismo.

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