Hurgando en los archivos de LA PRENSA, que ha sido testigo y cronista de la historia nacional desde hace 85 años, encontramos un valioso escrito del poeta Pablo Antonio Cuadra (PAC, 1912-2002), quien ha sido el más sabio estudioso de la identidad nicaragüense y de la cultura política nacional y durante mucho tiempo fue director de La Prensa Literaria y codirector de LA PRENSA.
El artículo de PAC al que nos referimos, el cual por su vigencia y actualidad es importante rescatar, fue titulado “La reelección no trae la paz. Mesa redonda al otro lado de la historia”, y se publicó en LA PRENSA en febrero de 1970, cuando era presidente de Nicaragua el general Anastasio Somoza Debayle y ya se hablaba de su reelección. El escrito de PAC se volvió a publicar en mayo de 1995, a propósito de la crisis de gobernabilidad que hubo en el país por la reforma constitucional en la que se prohibía la reelección presidencial, al estar comprobado que a lo largo de la historia nacional ha sido como una maldición política para el pueblo nicaragüense, causante de las más grandes y graves desgracias que ha sufrido la nación. Y las va a seguir causando ahora, por el empecinamiento irracional de Daniel Ortega de volver a reelegirse de manera inconstitucional, ilegal e ilegítima, en las elecciones nacionales del próximo mes de noviembre.
En aquel escrito de PAC, que pronto volveremos a publicar íntegramente, el autor teje un diálogo en el más allá entre personajes de la historia nacional que tuvieron que ver, como protagonistas y adversarios, con la aberración política nicaragüense de la reelección que solo consecuencias trágicas le ha traído al país. Esos personajes históricos son Máximo Jerez, Tomás Martínez, Tomás Ayón, José Santos Zelaya, Pedro Joaquín Chamorro Alfaro, José Dolores Estrada, Jerónimo Pérez, Emiliano Chamorro, Anastasio Somoza García y Anastasio Somoza Debayle.
En ese diálogo, el historiador Tomás Ayón sentencia que “nos habíamos dado una ley, y en la primera ocasión, en vez de cumplirla la autoridad da el mal ejemplo violándola. En nuestra política la subversión siempre comienza arriba”, refiriéndose a la violación a la Constitución y al atropello a la democracia, por parte de los políticos aventureros que se reeligen para tratar de perpetuarse en el poder.
José Santos Zelaya, quien se hizo reelegir tres veces hasta que fuera derrocado ignominiosamente, confirma lo dicho por el historiador Ayón al exclamar: “¡Después de una reelección solo se puede gobernar al país por las armas!” Pero aunque fuera en el más allá y por lo tanto demasiado tarde, el dictador liberal Zelaya reconoce: “Quise que mi obra hiciera olvidar la ley, una ley a la que no le veía significación. Pero no se puede jugar a la democracia sin alternabilidad. Mis tres reelecciones provocaron otras tantas revoluciones. La represión a esas revoluciones (cárceles, fusilamientos, sangre) produjo nuevas subversiones: hasta que la violencia acumulada estalló. Una última revolución (¡porque siempre hay un último capítulo!) me echó del poder en 1909. Caí yo y con mi caída arrastré la caída de mi partido”.
En aquel diálogo sobre la funesta reelección no podía faltar la voz de Anastasio Somoza García, quien se limita a expresar lúgubremente: “A mí (la reelección) me costó la vida”. Y al final interviene Anastasio Somoza Debayle, el último de la dinastía somocista, quien reflexiona según PAC “cabizbajo y melancólico”: “Falta mi triste experiencia. Yo vi caer a mi padre por saltarse la gran prohibición de nuestra historia, pero de nada me sirvió esa experiencia. A pesar de todos los consejos quise reelegirme usando todo el poder que tenía en mi mano. Y no solo quería reelegirme yo sino que mi sucesor fuera mi hijo. El poder es una enfermedad. Por eso mi final no fue una excepción: produje muertes y rebeldías, produje una revolución y me echaron del poder. La reelección siempre ha producido la violencia y la violencia engendra violencia. Yo fui víctima de esa ley implacable”.
Pero la de Somoza Debayle no fue la última experiencia trágica de las reelecciones presidenciales. Falta la de Daniel Ortega. Es que, lamentablemente, en Nicaragua la historia siempre se ha repetido. Por eso no es válida aquí la recomendación de que olvidemos la historia para poder salir de la pobreza y el atraso. Al contrario hay que estudiar a fondo la historia y aprender de ella, para ver si así, después de salir de Ortega rompemos para siempre la maldición de la reelección y salimos de la pobreza, pero no como esclavos ni siervos sino como personas libres y dignas.
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