En los últimos días, en todo el mundo se ha escrito bastante sobre Japón con motivo de la catástrofe material y la terrible tragedia humana causadas por el terremoto y el tsunami del viernes 11 de marzo, seguidos de la crisis en las plantas atómicas de Fukushima. Y por supuesto que también es mucho lo que los japoneses han escrito sobre ellos mismos, sobre la desgracia que los ha abatido y su voluntad de levantarse de las cenizas, como ya lo han hecho muchas veces a lo largo de su historia.
Se dice que a pesar de la amplia presencia de Japón en el mundo debido a su generosa solidaridad y cooperación con los pueblos necesitados de ayuda, de la alta calidad y extendida popularidad de sus productos, de la reconocida superioridad de su tecnología, del vigor de su diplomacia exterior y la difusión de su cultura, sin embargo es poco lo que se sabía de la identidad y el espíritu de los japoneses. Y que en términos generales había una percepción errónea del modo de ser de los japoneses.
En esto último influyó bastante, según algunos autores, el cine norteamericano de los años cincuenta y sesenta, que seguramente para justificar el genocidio que Estados Unidos cometió en Japón al lanzar la bomba atómica contra las poblaciones civiles de Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, difundió una imagen falsificada de los japoneses. De manera que, según el periodista y escritor argentino experto en antropología asiática, Rolando Hanglin, en aquellas imágenes estereotipadas que proyectaban las películas de Hollywood sobre la II Guerra Mundial, las cuales formaban patrones culturales en Occidente, “los (norte) americanos eran héroes bondadosos, de gran musculatura y noble corazón. Los ingleses eran unos caballerescos perdedores. Los italianos, unos sinvergüenzas muy simpáticos. Los alemanes, rígidos y despiadados autoritarios. Y los japoneses. ¡Madre de Dios! Eran el extracto de la maldad: sádicos, perversos, indiferentes”.
Posteriormente, en la época de la globalización, la percepción generalizada sobre los japoneses fue la de que se habían convertido en una especie de robots humanos dedicados incansablemente a estudiar, trabajar y prosperar, dominados por el consumismo de la sociedad posmoderna. Sin embargo, por los testimonios de las personas occidentales que han vivido en Japón por diversas razones, así como por la divulgación de la cultura japonesa, poco a poco se fue descubriendo a los japoneses, hasta confirmar ahora que en realidad son gente admirable en la que predominan los valores de la honestidad, la responsabilidad, la legalidad, el orden, la ética laboral, la dedicación al estudio y la solidaridad.
Eso es lo que explica porqué no hubo caos en Japón después del terremoto y el tsunami, ni turbas saqueando comercios y edificios abandonados, sino personas que protestan de manera ordenada por lo que consideran incorrecto, y que, pese al dolor por la pérdida y la búsqueda infructuosa de sus parientes, socorren a los más necesitados de ayuda. Y es lo que explica la abnegación de los hombres que han trabajado infatigablemente en las plantas atómicas de Fukushima, para enfriar los generadores y conjurar la amenaza de un apocalíptico desastre nuclear, sabiendo que la exposición a la radiación los enfermará gravemente por el resto de sus vidas y que algunos o todos ellos morirán prematuramente.
El escritor y cineasta japonés Ryu Murakami, publicó el sábado 19 de marzo un artículo en el cual cuenta que hace diez años escribió “una novela en la que un estudiante de la escuela secundaria, pronunciando un discurso ante el Parlamento, dice: ‘Este país lo tiene todo. Aquí pueden encontrar cualquier cosa que se les antoje. Lo único que no podrán encontrar es esperanza’. Hoy se podría decir lo contrario —asegura Murakami—: los centros de evacuación enfrentan una grave escasez de alimentos, agua y medicamentos; faltan productos y energía en Tokio. Nuestro estilo de vida está amenazado y el gobierno y las empresas de servicio público no han respondido adecuadamente. Pero pese a todo lo que hemos perdido, la esperanza es, por cierto, algo que nosotros, los japoneses, hemos recuperado. El gran terremoto y el tsunami nos han robado muchas vidas y gran cantidad de recursos. Pero nosotros, que estábamos tan intoxicados con nuestra propia prosperidad, hemos vuelto a plantar una vez más la semilla de la esperanza. Por eso elijo creer”.
Y también por eso es que nosotros y el mundo entero creemos en la capacidad del pueblo japonés y estamos seguros de su pronta resurrección.
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