Franklin Barriga López

Cáncer para la sociedad

En los más encumbrados foros se analiza al fenómeno de las drogas ilícitas que no es asunto que atañe únicamente a los países desarrollados, por eso se le ubica, acertadamente, como un grave problema de responsabilidad compartida para las naciones, sin excepción alguna.

La penetración de este descomunal industria del mal va a todos los segmentos de las comunidades, particularmente a los altos círculos políticos y jurídicos, en busca de inmunidad e impunidad para los abominables crímenes que se perpetran bajo tan perversa sombra. El objetivo supremo es captar, de manera abierta o solapada, la dirección de los países. La corrupción es el principal mecanismo que emplean, mediante el soborno: casos indicativos de lo que sucede en este ámbito son los concernientes a máximos jefes (oficiales generales) de la lucha antidrogas que se hallan actualmente en prisión y que fueron contaminados por los pestilentes dineros de esas mafias, en México y Bolivia.

Si a nivel internacional se reconoce que los recursos del narcotráfico, que no respeta fronteras ni soberanías, anualmente giran en cantidad que equivale a diez veces la venta de armamento en el planeta, es sensato no cerrar la puerta al entendimiento de lo que acontece. Se trata de un cruel y traicionero enemigo de la especie humana, que destruye física y moralmente a los individuos y degrada y esclaviza a los pueblos. Este prioritario asunto, que contempla otros asimismo inquietantes, como la violencia, cuando se unen estas fuerzas negativas, cual el caso de los guerrilleros de las FARC íntimamente aliados con los narcos, la situación cobra visos de justificada alarma, porque a más de las drogas de por sí destructoras aparecen los secuestros, las extorsiones, las masacres, los asaltos a poblaciones indefensas y tantos otros factores adversos de reconcentrada criminalidad. Se trata de una verdadera pesadilla que diariamente golpea a no pocas personas, por eso la concertación de esfuerzos, dentro y fuera de los países, se vuelve imprescindible, como preconizó la ONU, para conseguir un mundo mejor.

A propósito, este alto organismo, a través de su Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE), acaba de emitir el informe correspondiente al año 2010, en el que existe referencia a Latinoamérica y el Caribe. No es para quedarse tranquilos si se da a conocer que el narcotráfico sigue expandiéndose en nuestra región, siendo Colombia el mayor productor de cocaína (más de 400 toneladas al año) y México el de anfetaminas y opiáceos. Estos siniestros tentáculos han crecido especialmente en zonas centroamericanas y caribeñas, lo que se agrava con la alianza narco con bandas de pandilleros que se han tomado 6 países, al extremo de ubicar al denominado triángulo norte (El Salvador, Guatemala y Honduras) como el escenario donde se produce la tasa de asesinatos más elevada del mundo.

De los Andes sale la cocaína y atraviesa Venezuela, Panamá, América Central, las islas caribeñas y México, hacia los centros de mayor consumo. En esta ruta de nefastos efectos, extendida a lo largo y ancho de nuestro continente, el cáncer de la sociedad contemporánea, que es el narcotráfico, prolifera y amenaza a la paz y el bienestar de las presentes y futuras generaciones.

Singularmente a padres de familia, maestros y medios de comunicación, corresponde la gran tarea de educar en valores, a fin de prevenir, sobre todo a la niñez y juventud, respecto al sombrío universo de las drogas, antes de que mañana sea tarde.

 

El autor es periodista ecuatoriano

 

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