Mi queridísimo Papá: Ya sé que te debes estar quejando de mi silencio, pero la verdad es que desde el primer día que vine a Cuba había tenido el propósito de escribirte y por una cosa u otra no había podido. Estoy aquí en Cuba desde el 3 de agosto, tuve un viaje muy bueno, porque me hice amiga de una señora que venía en el tren de Nueva York a Miami; allí tomé el avión con ella hasta La Habana, donde me estaban esperando los tíos de Enid.
En La Habana me estuve dos días, pero pude apreciar bastante la ciudad porque me llevaron a conocer en carro. En realidad que La Habana es una gran ciudad, bonita, limpia y bien organizada. Los repartos, o sea la parte residencial, tienen casas que son dignas de admiración, todas las calles son con arboledas y las casas rodeadas de jardines. El Capitolio es muy parecido y hasta mejor que el de Washington, porque es más limpio y los jardines más bonitos. La Habana Antigua la vi un poco descuidada, las calles son estrechísimas y los edificios viejos, con excepción de unos pocos, aunque son limpios. Por ejemplo, el Teatro América es una belleza, casi se iguala o es mejor que el City Hall con un lujo espléndido, las paredes acolchonadas, forradas de cuero y espejos por todos lados. Cuando yo fui estaban presentando una comedia que resultó de lo más buena.
El malecón es también muy amplio y extenso; en resumen, La Habana me gustó mucho, es espléndida y luminosa pero me gustó más Santiago, será porque aquí he conocido más gente y han sido tan amables, especialmente los padres de Enid, lo que han influido bastante a hacerme esta idea.
Santiago es una ciudad puramente colonial y se parece bastante a Granada, esas casas antiguas con unas aceras altas, altas; las paredes anchas, las calles estrechas y las ventanas con barrotes salientes. Los alrededores de Santiago son preciosos, parecidos a los nuestros, dejando aparte la modestia.
La bahía parece un lago con cerros alrededor, éstos abundan por donde quiera, a una calle le tuvieron que hacer gradas, pues era demasiada empinada. La vida social de Santiago es bastante amenizada, tiene varios clubes, todos a cual mejores, uno a la orilla del mar que tiene una vista muy parecida a la de San Juan del Sur, más de noche cuando uno ve de afuera el puerto. Conocí el puerto Boniato que no tiene nada de puerto, pues es un cerro muy alto donde se llega por un camino pedregoso y peligroso donde hay una especie de mirador, desde donde se ve todo el panorama del mar, quizás por eso le llaman puerto.
Aquí todos los amigos de Enid les llaman la atención que soy de Nicaragua y que hablo de “vos” y me quieren imitar y dicen que es la primera “nica” que viene aquí. Varios amigos de ellos se han ido a la Sierra Maestra, pues dicen que hay un dictador, pero aquí no han cerrado ningún periódico como allá y se asustan que cerraron La Prensa y que tuviste que irte al exilio, yo les digo que ya te levantaron el “castigo” de los dos años y que ya podés volver a hacer circular el periódico.
Bueno, papá, ya se hizo larga la carta, espero que nos veamos pronto, ya llegaremos a Nicaragua, como dentro de dos meses, después que se opere mi mamá.
Besos de tu hija
Ana María
Nota: Esta carta del 11 de septiembre de 1946 a mi papá, Pedro Joaquín Chamorro Zelaya, la encontré arreglando viejos papeles, la escribí desde Santiago de Cuba, cuando supe que Somoza García había autorizado la reaparición de La Prensa, que estuvo cerrada desde el 10 de agosto de 1944 hasta el 11 de julio de 1946. En esa época yo estaba en Santiago de Cuba invitada por mi amiga Enid Santos Bush, compañera mía en el colegio George Town Visitation Convent. A Enid nunca la volví a ver.
Nos enviamos cartas y fotos de nuestros matrimonios e hijos, hasta que llegó la revolución con Fidel Castro, cuando perdimos el contacto. Después supe que estaba en Madrid, pero nunca conseguí su dirección.
Nunca me imaginé que nosotros íbamos a correr la misma suerte aquí en Nicaragua y que La Prensa volvería a ser censurada y cerrada; primero en varias ocasiones por periodos cortos y luego, prolongadamente, desde julio de 1986 a septiembre de 1987, cuando fue autorizada nuevamente a salir, pero fue hasta en octubre, de ese mismo año, que pudo salir a luz.
La autora es directiva de LA PRENSA
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