Mauricio Peralta Mayorga

¿A quién culpar por la mayor inflación mundial?

Ben Bernanke dijo hace algunos meses que intentaría a través de una mayor inflación restablecer tanto el crecimiento como los empleos perdidos en la abatida economía de los EE.UU. Esta mayor inflación en EE.UU. se ha propagado a nivel mundial, además, como consecuencia de una mayor demanda de materias primas en los países emergentes de Asia (especialmente) y de Latinoamérica (en menor medida) y a un mayor precio del petróleo en el 2010 y 2011 respecto del 2009.

Esa combinación de laxa política monetaria en los EE.UU., junto a una mayor demanda en países emergentes, ha aumentado la demanda de materias primas, aumentando así sus precios. Todo ello aunado a utilizar los bienes genéricos en cuestión, como activos financieros.

El precio de las materias primas se valúa en dólares y a mayor cantidad de dólares en el mercado (mayor oferta), a raíz por ejemplo, de la inyección de U$$600,000 millones de dólares en el 2010, en los EE.UU., su “precio cae” (como cualquier otro bien o servicio), y aumentan todos los precios valuados en dicha moneda, revaluándose a su vez las monedas locales ante el dólar depreciado, ocasionando un mayor poder adquisitivo de los productos importados en dólares.

La estrategia de disminuir el valor del dólar es procurar mayores exportaciones y la disminución de una cada vez más creciente deficitaria balanza comercial de los EE.UU. Muchos economistas connotados, incluyendo en primer lugar a los defensores de un Yuan subvaluado artificialmente, apuntan de que la llamada guerra de las divisas (término acuñado por el Ministro de Hacienda de Brasil, Guido Mantega), tuvo su origen en el empecinamiento de los EE.UU. en subvaluar su moneda a través de aumentar la oferta del mismo.

Sin embargo no podemos culpar exclusivamente al Presidente de la FED del alza mundial en los precios de materias primas, dado que en el “ínterin”, el mundo ha experimentado episodios de alta inestabilidad climática durante el 2010, tales como las graves inundaciones en Australia y Pakistán, las sequías en Rusia, Brasil, Argentina, Uruguay y Ucrania y las fuertes heladas en Estados Unidos y Europa, que han repercutido sobre los precios del trigo, azúcar y algodón, entre otros productos de importancia vital en la economía mundial.

A inicios de 2011, las noticias confirman que ha habido mayores y más generalizadas alzas de precios de alimentos y materias primas que las experimentadas en el 2007-2008. También han aumentado los precios de productos tropicales, tales como el café, cacao y azúcar, lácteos y productos cárnicos que en aquellos años casi no subieron de precio, provocadas por una mayor demanda y no por mayor liquidez mundial.

Éste es el caso del 58 por ciento de aumento en el 2010 del precio del cobre y del 94 por ciento del aumento del precio de la plata, por ejemplo, que no se vieron afectadas por ningún tipo de fenómeno climático, ya que el terremoto chileno del año pasado no afectó las minas de cobre, no así los viñedos, que fueron afectados en parte.

Es decir algunos opinan que el alza de precios en los commodities ha sido ocasionada, en mayor medida, por la demanda más que por un déficit de oferta o exceso de liquidez en dólares en el mundo. Este argumento se valida cuando anotamos que el año pasado China representó la mitad de la demanda global de mineral de hierro, un tercio de la demanda global de aluminio y cobre y la quinta parte de la demanda de maíz y soya, según información recopilada por la Unión de Bancos Suizos (UBS).

En los últimos 15 meses, el dólar apenas se ha movido, pero el precio de las materias primas se ha disparado junto con la reanudación del crecimiento de las producciones industriales de los mercados emergentes y de las importaciones chinas, argumentan algunos.

Es decir, la actual espiral inflacionaria que experimenta el mundo y a la cual no escapará Nicaragua en el 2011 y más en un año electoral, es multicausal y por lo tanto difícil de atacar a través de una sola medida contra-cíclica para amortiguar sus efector que recaen como otro impuesto regresivo, más sobre los pobres que sobre los que tienen posibilidad de protegerse contra ella, acudiendo a diversas estrategias de ahorro e inversión que contrarrestan sus efectos deficitarios en el acervo financiero familiar e individual.

El autor es catedrático de la Universidad Thomas More.

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