L a noche del 21 de febrero de 1934, el general Sandino murió asesinado junto con su hermano Sócrates y dos de sus lugartenientes, el general Francisco Estrada, y el general Juan Pablo Umanzor. Fue una de las conspiraciones más siniestras que ha tenido lugar en la historia de Nicaragua, urdida por Anastasio Somoza García, que sin tradición ni preparación militar alguna había sido colocado a la cabeza de la Guardia Nacional el año anterior, al retirarse del país las fuerzas de ocupación de la Marina de Guerra de los Estados Unidos.
Sandino había peleado a lo largo de casi seis años, en una lucha desigual, por sacar a los marinos de Nicaragua, y cuando se fueron, decidió negociar la paz con el gobierno liberal del doctor Juan Bautista Sacasa, que había ganado las elecciones por abrumadora mayoría. Los votos habían sido contados por las mismas fuerzas de ocupación, pero se trataba de un gobierno civil, y Sandino inició las conversaciones de paz con emisarios del doctor Sacasa apenas el último soldado extranjero se embarcó en el puerto de Corinto; tras un rápido proceso de negociaciones en el que privó la buena voluntad, los acuerdos fueron firmados, y comenzó en San Rafael del Norte el desarme de los soldados del legendario Ejército Defensor de la Soberanía Nacional.
Pero Sandino siempre estuvo claro de una cosa: la Guardia Nacional, creada y entrenada por las fuerzas de ocupación que se retiraban, era inconstitucional. Y por tanto, su jefe director, Somoza, era fruto de un nombramiento ilegal, que contradecía lo que mandaba la Constitución Política de Nicaragua. Y no se cansó de repetirlo en sus escritos, y en las declaraciones de prensa que brindó hasta el último momento.
Al juzgar a Sandino en nuestra historia, creo que este papel suyo de defensor de la Constitución Política, y por tanto, defensor de las instituciones y de la legalidad, no ha sido valorado suficientemente. Sandino encarna la reivindicación de la soberanía nacional, pero también encarna la reivindicación del estado de derecho, que es lo que, al final, le cuesta la vida.
Somoza bien sabe que Sandino no representa ninguna amenaza militar. Ha entregado las armas porque cree en la paz, pero no deja de reclamar que sea el presidente de la República el que verdaderamente tenga el mando sobre la fuerza militar, como establece la Constitución. Al contrario, Somoza ya ha decidido que él y su Guardia Nacional son un poder aparte, y que el gobierno civil no es más que una rémora para su ambición de mando absoluto, como quedará demostrado a los pocos años, en 1936, cuando derroca al doctor Sacasa por medio de un golpe de Estado. Es lo que Sandino temía que iba a ocurrir.
La noche en que Somoza asesina a Sandino es que comienza ese golpe de Estado. Comienza el desmantelamiento de la Constitución. El doctor Sacasa había aceptado la propuesta de Sandino de nombrar un delegado personal suyo para Las Segovias, con sede en Jinotega, algo que Somoza se niega a aceptar, y sabe que mientras Sandino viva, y siga reclamando el respeto a la Constitución, su poder no podrá ser consolidado. Y establece ese poder de facto, un poder ilegal, e inconstitucional, sobre el cadáver de Sandino.
Es bueno que lo recordemos ahora que conmemoramos otro aniversario de su asesinato. Que murió por defender la Constitución. z
Santa Fe de Bogotá, febrero 2010.
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