Las nuevas cruces y las edades de los fallecidos son la prueba de que algo pasa en esta comunidad, pero el silencio respecto al tema es una de las principales barreras, mientras la atención llega únicamente dos veces por semana de parte del Proyecto

Los suicidios

El polvo y el calor sólo se evaden observando el maravilloso paisaje que ofrece el Gran Lago de Nicaragua, aunque el resplandor que emite no sea piadoso con la piel, los vecinos aseguran que ésta es la zona más profunda del lago y que es aquí donde se pueden ver una que otra vez los tiburones de agua dulce.

Fotos de La Prensa/René Ortega

El viaje es largo, casi dos horas desde Santo Domingo, Altagracia, a pesar que sólo dista a 15 kilómetros. Y es que para llegar a Tichaná se debe avanzar a la orilla del lago y bordear el volcán Maderas en un camino abierto en la tierra viva.

El polvo y el calor sólo se evaden observando el maravilloso paisaje que ofrece el Gran Lago de Nicaragua, aunque el resplandor que emite no sea piadoso con la piel, los vecinos aseguran que ésta es la zona más profunda del lago y que es aquí donde se pueden ver una que otra vez los tiburones de agua dulce.

La cercanía con el lago propició que la pasada temporada lluviosa Tichaná junto a la comunidad de San Pedro perdieran contacto con el resto de las comunidades de la isla de Ometepe, pues con su crecida el lago truncó el único camino que cruza al pequeño poblado de 800 personas.

Son las once de la mañana y el camino se ve desolado, las casas están silenciosas y cerradas, pues sus habitantes trabajan en labores agrícolas o pescando.

La mayoría de quienes permanecen en esta comunidad son ancianos y niños que asisten a la única escuela de la localidad, una escuela multigrado, con un salón comunal que fue hasta hace cinco años el centro de reunión de los pobladores.

Ahora, los pobladores se reúnen en un lugar que no muestra placas de agradecimiento al Gobierno de Japón, sino cruces y no tiene un portón de ingreso sino una burda cerca de púas, pues el nuevo centro de reunión es el pequeño cementerio de dos manzanas de extensión.

en los últimos cinco años a la fecha nueve jóvenes de edades que oscilan entre los 18 y 21 años han tomado la fatal decisión de quitarse la vida, mientras otros 12 lo han intentado sin lograrlo.

En el cementerio son evidentes las nuevas sepulturas, pues sin quererlo la población ha ido juntando a los nuevos vecinos de este barrio de las cruces en un bloque separado de las antiguas tumbas, cuyas cruces de madera están semidestruidas o simplemente no existen y la única evidencia de que hay restos de alguien bajo la tierra es que se colocaron como señal promontorios de piedras volcánicas, que abundan en esta zona.

Lucila, David, Fausto, Simón son algunos de los nombres que se leen en las cruces nuevas pintadas de celeste y azul. Sus fechas de nacimiento casi rozan la década de los 90.

Los vecinos no hablan respecto a las muertes, se tornan molestos cuando se les pregunta por la casa donde habitó uno de los jóvenes. Nadie sabe, nadie dice, aunque al final en esta comunidad todos sean familia.

Los monos congo no temen cruzarse el camino para beber agua en el lago, descendiendo de los árboles. No se ve un alma en este lugar.

Donde hay movimiento es en la casa del líder comunitario, Abelardo Flores, quien también es oficial de Policía, pues esta mañana se ha reunido un grupo de representantes de las zonas de Tichaná para iniciar una labor de investigación con el apoyo de la sicóloga Carla Varela, del Proyecto Alemania-Ometepe (POA).

Los vecinos reunidos contestan a la psicóloga y sus ayudantes de origen alemán una cascada de preguntas sobre las razones que consideran llevaron a estos jóvenes al suicidio y a otros a intentarlo.

“Hasta el momento podemos decir que es multicausal, pobreza, desesperanza, depresión, violencia intrafamiliar, alcoholismo, estamos trabajando en eso en este momento y estamos apenas arrancando, pero sí es urgente la intervención en este lugar”, aseguró la sicóloga Varela.

Los jóvenes fallecidos crecieron aquí, asistieron a la escuela, jugaron en el camino, aprendieron a nadar en las orillas del lago y pescaron también en él, pero otro común denominador al menos en los 8 hombres fallecidos es que todos estuvieron una temporada en Costa Rica. Fueron emigrantes.

“Ésta es una comunidad muy pobre, la mayoría de la gente se va a Costa Rica para trabajar en tiempo de verano y vuelve con lo poco que ganaron a invertirlo en sus parcelas, pero con las lluvias del año pasado no fue mucho lo que quedó”, asegura Varela.

Jóvenes líderes como Javier Mairena, de 23 años, y Ariel Cajina, de 29 años, señalan que emigrar es la única opción que tienen los jóvenes y adolescentes en Tichaná.

“Yo me fui a los 16 años a Costa Rica a trabajar, cada año voy y vengo. Mi papá está por irse en estos días y creo que me iré con él porque quedarse aquí es quedarse sin ganar, ni hacer nada porque sin lluvia no podemos cosechar, menos pensar en que vas a poder comprarte algo”, señala Cajina.

Mairena se marchó de Nicaragua por primera vez a los 15 años a trabajar y en diversos momentos de su vida ha permanecido sólo con uno de sus padres o con otros familiares.

“Casi todos los hombres nos vamos de Tichaná a trabajar, algunos de los fallecidos hacían igual que nosotros para poder mantenerse, porque aquí no hay trabajo”, dice Mairena.

Y es que al concluir la primaria los adolescentes de Tichaná deben viajar a Altagracia si desean continuar sus estudios de secundaria y el costo para la mayoría es impagable, además un verdadero sacrificio, si tomamos en cuenta que los buses no llegan hasta esta comunidad y deben caminar hasta San Ramón o Mérida, distantes a cinco kilómetros, para encontrar en qué movilizarse.

La agricultura hasta el momento es de subsistencia, afirma el ingeniero Alcides Flores, del POA. Ellos consumen lo que cosechan y si no cosechan no comen, por eso es tan alta la tasa de emigración y con ella la desintegración familiar.

En esta comunidad encontramos jóvenes cuyas madres trabajan en Costa Rica o en Managua como domésticas, padres que no están durante seis meses.

“Tichaná es una foto del drama de la migración porque esta comunidad en febrero deja de ser una comunidad completa porque sólo quedan los dependientes, ancianos y niños porque todo el que pueda trabajar se ha ido, entonces los padres no están con sus hijos, se pierde esa comunicación tan importante, la soledad los invade o qué sé yo, nadie sabe por qué están muriendo los chavalos”, afirmó Flores.

Algunos vecinos aducen las muertes a la falta de espacios de educación y recreación que tienen los jóvenes.

“Sólo hay una escuela y ocho cantinas, demasiadas para un lugar tan pequeño”, afirma Julio César Valle, vecino de la comunidad.

De las ocho cantinas existentes, únicamente dos cuentan con el permiso correspondiente pero, sin una estación policial, es muy poco lo que se puede hacer.

“Hemos enviado cartas con Abelardo, al Comisionado de Altagracia, para que nos ayude a eliminar las cantinas ilegales y que haya un mayor control en las legales porque los chavalos sólo son guaro y no se puede seguir así”, manifiesta Valle.

De los doce intentos de suicidio seis se dieron bajo efectos del alcohol, igual que ocurrió con algunos de los intentos.

“No sabemos qué le pasa a los chavalos. Pobres siempre hemos sido, para decir que es por la pobreza, no sabemos qué les pasa por tonteras buscan cómo matarse y lo peor es que están hablando con vos tranquilos, los ves normales y después te das cuenta que se mataron”, dijo Valle.

La última información proporcionada por el Ministerio de Salud sobre suicidios en Nicaragua data de octubre del 2008, cuando se dio a conocer un estudio realizado por médicos del Hospital Psiquiátrico.

Dicho estudio aseguraba que en Nicaragua se había aumentado este tipo de muerte y que en ese momento se registraban siete casos por cada 100 mil personas al año, siendo los jóvenes de 15 y 34 años de edad las víctimas más frecuentes.

La más alta tasa de suicidios la presenta Managua por su densidad poblacional, seguida por las ciudades de León y Chinandega (occidente) y Las Segovias (norte). También el estudio afirmó que a nivel nacional se reportan 53 mil esquizofrénicos y de ellos sólo cinco mil recibían la atención correspondiente.

Las estadísticas del estudio del 2008 señalan un incremento con respecto al último estudio realizado en el año 1999, el cual afirmaba que la tasa de suicidios era de 2.8 por cada 100 mil habitantes.

Sin embargo, aún el crecimiento que preocupa a las autoridades nacionales es considerablemente más bajo si se le compara con el que registra Tichaná. Nueve suicidios en cinco años en una población de 800 habitantes, representaría una tasa de 225 muertes por cien mil personas al año. ¡32 veces más que el promedio nacional! ¿Qué pasa en Tichaná?

Por ahora los especialistas buscan las respuestas y en silencio los pobladores se preguntan: ¿Quién será el próximo? b

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