Los niños de hoy no tienen muchos lugares donde divertirse. Los padres de familia no tienen confianza de llevarlos a un parque y los centros comerciales se han convertido en alternativa con todas las desventajas que representan
Fotos LA PRENSA/ Carlos Malespín/ Archivo
Hollman Guerrero, de cuatro años, corre detrás de su mamá, Jackelin Sánchez. Aunque ella lo lleva de la mano, él va un tanto detrás y tiene que apurar el paso. Juntos recorren los pasillos del segundo piso del centro comercial. Se detienen frente a una tienda de ropa. La señora tiene la intención de entrar pero se regresa de la puerta y bajan por las escaleras eléctricas. El niño va feliz. Como a la mayoría de los niños, “le gusta subir y bajar de las escaleras” eléctricas. Es por eso que corre hacia las que llevan de nuevo al segundo piso, pero su mamá logra alcanzarlo y tomarlo de la mano. Justo en ese momento el trencito va pasando cerca y Hollman corre hacia él. La mamá lo sigue, lo toma de la mano y juntos se van caminando por otro pasillo.
Es miércoles y no hay tantos niños como en un fin de semana, cuando el tráfico anda entre 15 y 17 mil personas, pero en las distintas áreas de juego y pasillos hay niños de todas las edades. Acompañados de un adulto o joven recorren las aceras o disfrutan de los juegos.
“En Managua hay un serio problema de falta de espacios de entretenimiento y áreas verdes. Y si existen están llenos de delincuencia, lo que no permite que sean un lugar de recreación”. Así lo han revelado estudios sociológicos realizados en la UCA, afirma el sociólogo Juan José Soza, coordinador de la carrera de Sociología de esa universidad.
Esta carencia parece haber sido capitalizada por los diferentes centros comerciales de Managua, los que ofrecen una serie de juegos electrónicos, toboganes, atractivos trencitos que pasean por el centro, brinca brinca y torres para escalar, entre otros.
Doña Dina Jiménez vive cerca de MultiCentro, en el barrio Santa Bárbara. Y cada mes que recibe su salario de maestra, le da un gusto a sus nietos. Los lleva al centro comercial. Esta vez solamente anda con Julieski Ramos y mientras el niño de cinco años disfruta dando vueltas dentro de un helicóptero electrónico, ella cuenta que cerca de su casa hay un parque “pero no es seguro”. Es por eso que prefiere ir a los centros comerciales. A éste llega y regresa a pie, pero también los lleva hasta plaza Inter. “Cerca de la casa hay un parque, pero es peligroso, hay muchos vagos y da miedo que le vayan a quitar a uno lo poco que tiene. A mí me gusta ir a lugares seguros”, dice.
La seguridad es precisamente un factor que ubica a MultiCentro como el preferido por las familias, según un estudio de mercado realizado por J.R Castillo & Asociados. El último se hizo en diciembre pasado y confirmó el primer lugar por tercer año consecutivo para este centro en el Top Of Maind (Posicionamiento de Marca).
Entre sus visitantes, la queja parece ser siempre la misma. No hay parques y si hay han sido tomados por la delincuencia o están descuidados.
El parque de Villa Flor, donde vive Valeria López, tiene un ambiente “tranquilo”, pero “no está bien cuidado”. Por eso, ella y su familia prefieren ir al centro comercial y pagar 25 córdobas para que su sobrino Joan Urbina, de 10 años, intente escalar una torre de plástico. Ellos visitan también Metrocentro y Plaza Inter, cada vez que Valeria recibe su salario en un casino de Managua.
Los espacios urbanos son claves para el desarrollo de la sociedad y debe existir una planificación de lugares para el esparcimiento y la diversión, un derecho fundamental de los niños.
“Cuando se planifican esos espacios, las ciudades tienen un mayor ámbito de sensibilidad, ayuda a que los niños puedan desarrollar una mentalidad bastante sana y a nivel de salud física, logran un mejor desarrollo”, afirma el sociólogo.
El historiador Roberto Sánchez cuenta que antes del terremoto de 1972 cada barrio tenía su parque y éstos eran lugares de encuentro cotidiano y esparcimiento no sólo para los niños sino también para los adultos.
“Eran lugares sanos, vendían bebidas y comida, pero nada de cerveza. Ningún tipo de licor. Eso estaba prohibido. La gente comía repostería o vigorón, mientras los niños patinaban en las aceras o jugaban en los columpios. Los parques se disfrutaban grandemente”, recuerda.
Además, estaban los parques infantiles: en el parque Rubén Darío y el parque Frixione. En el Parque Central había una biblioteca para niños que se llamaba Pulgarcito, describe.
El terremoto destruyó mucho de Managua, piensa Roberto Sánchez. Más allá de los edificios, también acabó con las tradiciones y la cultura de los capitalinos. “Se perdió el vecindario, se perdió la tradición de los parques. Quedaron en ruinas y se poblaron de delincuentes y borrachos”, señala.
Tal vez a esa falta de tradición se debe la preferencia por ciertos lugares. Doña Jackeline Sánchez vive en Villa Venezuela y cerca de su casa hay un parque amplio y con varios juegos, que, además, tiene una estación de Policía. Ella reconoce que tiene la dicha de tener cerca un parque bastante seguro y “de vez en cuando” lo visita, pero siempre lleva al pequeño Hollman a MultiCentro o Plaza Inter.
Otros niños no tienen esta suerte y juegan en las calles o en las aceras donde son víctimas de otros jóvenes o del tráfico. “Además, la calle no tiene las áreas ni las condiciones adecuadas para desarrollarse”, señala el sociólogo Juan José Soza.
Armando Rodríguez va cargando a su hija Naomi, de dos años, y junto a él va su esposa. Pasan de largo por las salas de cine, cuya cartelera esta vez no tiene nada para niños. Ellos han venido directamente a los toboganes, pero cuando presentan películas infantiles no dudan en llevar a su hija. Es una alternativa siempre que haya dinero para pagarlo y películas atractivas para los chavalos. Por 65 córdobas el adulto y 45 el niño, tienen dos horas de entretenimiento, cuyo costo varía según el día y la hora. Si va antes de las 4:00 p.m. es más barato, por ejemplo.
El Teatro Nacional ofrece temporadas de Teatro Infantil todos los domingos, de mayo a diciembre, a las 4:00 p.m. con un costo de 50 córdobas para adultos y niños.
El parque Las Piedrecitas concentra gran cantidad de niños los fines de semana. Es uno de los parques más atractivos de la capital y lo visitan niños de todos los barrios de Managua. Además de los columpios, sube y baja, resbaladeros y pista para bicicletas, los visitantes también disfrutan de un bonito paisaje con la laguna de Asososca de fondo.
En el verano, desde enero hasta mayo, la Alcaldía de Managua abre al público el sendero del paseo Tiscapa. Ahí, si llega a pie puede entrar gratuitamente y si lleva carro paga 20 córdobas por el parqueo.
“En invierno es muy peligroso porque el nivel del agua sube bastante, por eso se cierra”, explica Arling Vega, analista ambiental del lugar.
Pero en verano, caminar 1.7 kilómetros alrededor de la laguna no representa mayor sacrificio. “Ni se sienten” porque uno va viendo pájaros de distintas especies, garrobos, tortugas y el paisaje. También puede descansar o hacer un picnic en los ranchitos acondicionados. Los fines de semana llega un promedio de 65 personas y en la semana, mucho menos gente. Aquí también hay una biblioteca para los estudiantes.
Arriba, la Loma de Tiscapa es otro lugar del que se puede disfrutar gratuitamente. Tiene un pequeño parque, servicio de canopy y áreas para descansar. También ofrece una hermosa vista de Managua y una exposición fotográfica. El problema es que poca gente sabe que estos lugares están esperando por los niños.
Cada quincena,
Mario Zarate, de las Américas Tres, lleva a su hijo de cuatro años a un centro comercial. Él no sabía que Paseo Tiscapa es una opción y tampoco se le ha ocurrido visitar el parque Las Piedrecitas. “De vez en cuando” lleva al niño al Malecón, pero prefiere el centro comercial. “Venimos más frecuente aquí porque está mejor acondicionado y más decente”, dice.
Ahí, el pequeño David juega en brinca brinca y toboganes. También come sorbetes y, a veces, almuerza con alguna “Cajita feliz”, del área de comidas rápidas.
Su papá contabiliza un promedio de 300 córdobas de gasto en cada visita al centro; doña Dina Jiménez invierte unos cien córdobas cada vez que lleva a sus nietos a jugar y si decide comprarles algo más, el gasto sube. Algunos juegos cuestan diez córdobas, otros 25, dice.
Precisamente esta necesidad de consumo es lo que critica el sociólogo. “No son lugares de diversión, no es una opción generalizada para todos. Si tenés dinero encontrás un servicio, una diversión a altos costos y no siempre satisface todas las necesidades de la gente”, señala.
Él considera que los centros comerciales no son una alternativa, porque “son lugares de consumo, donde la gente obtiene un servicio o una compra, pero no suple los espacios urbanos necesarios para el desenvolvimiento de los niños”.
“La gente se enrola en un mundo de consumo, el cual se propicia y se establece en estos lugares y con eso la mentalidad de que ciertas cuotas de felicidad pueden encontrarse en un consumo descontrolado. Hay familias que comienzan poco a poco y se meten en un espiral de consumo”, argumenta.
Arlen Herrera, gerente de mercadeo de MultiCentro Las Américas, indica que estas opiniones merecen respeto, pero afirma que el objetivo de este centro no es promover el consumo, sino “acercar y brindar diversión a los visitantes, entre ellos los niños”, razón por la cual realizan eventos infantiles y familiares gratuitos. Entre ellos, Ciencia divertida , que enseña física y química elemental a los niños, de una manera divertida o el Rincón de Américo , donde los niños elaboran manualidades con la asistencia de una pedagoga profesional, dijo.
Armando Rodríguez visita el centro comercial dos veces por semana. Su hija Naomi disfruta enormemente esas visitas. Algunas veces va a realizar alguna compra o mandado y aprovecha para llevar a la niña, pero otras veces, la mayoría, la visita es exclusiva para que ella pueda recorrer los recovecos del laberinto de juegos en el que se combinan también resbaladeros.
Él opina que el consumismo depende en gran medida de la educación familiar. “Todos somos consumistas, llevarlo al extremo depende de la educación. Hay que enseñar a los niños, desde pequeños, que hay cosas que se pueden comprar y otras que no”, indica.
Rodríguez cree que Managua no tiene muchas opciones de entretenimiento para su hija y prefiere los centros comerciales porque son seguros. “Nosotros tenemos la posibilidad de poder pagar, pero hay otras personas que no pueden, por eso, lo ideal es que haya parques, pero no hay y si hay son peligrosos”, se queja.
Managua no es un lugar tan grande ni tan repleto de población, como para que no se planifiquen espacios urbanos, considera el sociólogo. Pero la planificación no basta, hace falta mantenimiento, iluminación, seguridad ciudadana y reglas, como la prohibición de la venta de licor. “Hace falta que los padres de familia tengan la confianza de llevar a sus hijos a un parque”, opina Roberto Sánchez.
La Alcaldía de Managua contabiliza 185 áreas públicas, de las cuales 120 son parques. Tratando de suplir esa necesidad de espacios de recreación, este año destinará ocho millones de córdobas para mantenimiento de parques, que incluye un cambio del perfil de los juegos y sustitución del metal por madera, según la oficina de Relaciones Públicas de la comuna. También tienen prevista la construcción de bancas de concreto y ornato.
Con la Cooperación de Taiwán se construirán tres nuevos parques, de los cuales uno ya se inauguró recientemente, en Batahola Sur. La Alcaldía espera que en un mes, los niños de los barrios René Cisneros y Rigoberto López Pérez, ya estén estrenando sus parques.
“Los niños necesitan crecer física y síquicamente y los espacios de recreación son vitales para suplir este crecimiento. Son sumamente necesarios para que los niños tengan un desarrollo sicosocial pleno. Ellos necesitan correr, sudar, socializar con otros niños, con sus familias y en la medida que no lo hagan tendrán un proceso negativo en su desarrollo”, advierte el sociólogo.
La falta de espacios de esparcimiento trae consigo todo un fenómeno social. “Al no tener estas áreas urbanas se da una socialización que canaliza otros valores, en el caso de los centros comerciales se promueve el valor del consumo; en la calle, la violencia, y así, una serie de valores que no permiten al niño un pleno desarrollo sino una desviación social en otros valores que terminan en delincuencia o escalada violenta”, asegura el especialista.
“Los muchachos buscan otras alternativas de entretenimiento que no es el deporte, sino los pequeños grupos donde van socializando en un comportamiento contrario al de la familia, aprenden vicios, socializan en la violencia, en la calle hay de todo y hasta pueden terminar entrando en pandillas, lo cual conlleva a problemas sociales más grandes”, añade Soza.
El entretenimiento al aire libre colabora a que la sociedad tenga válvulas de escape y no se encuentren contreñidas en pequeños espacios donde los niños no tienen más alternativa que estar encerrados con un aparato de televisión o de nintendo, lo cual trae otra serie de problemáticas de desarrollo sicosocial, explica. b
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