La lucha que están librando la Alianza Liberal Nicaragüense (ALN) y la Unidad Nicaragüense por la Esperanza (UNE) por la casilla electoral y la representación legal para participar en las elecciones de noviembre de este año, en su proyección mediática pareciera obedecer a un guión del PLC, que se beneficiaría directamente si don Fabio Gadea Mantilla no encontrara casilla o se inscribiera en una desconocida o dudosa. La dirigencia del PLC sabe que no tiene chance de ganar las elecciones, pero sin una competencia opositora de peso podría asegurar el segundo lugar en las votaciones y conservar, aunque disminuidas, sus cuotas de poder.
Como sea, la casilla tiene en sí mucha importancia. Para don Fabio Gadea no sería lo mismo usar la casilla del Partido Liberal Independiente (PLI), el cual se ha hundido en interminables, fastidiosos y desgastantes conflictos internos y se ha puesto él mismo a merced del orteguismo que controla el Consejo Supremo Electoral (CSE); y tampoco sería lo mismo inscribirse en una marca desconocida, cual es la del Partido de Acción Ciudadana (PAC), que ir en la casilla de un partido como la Alianza Liberal Nicaragüense (ALN), cuya importancia radica en que ocupó el segundo lugar en la elección presidencial anterior, y por lo tanto es el único partido de oposición que tiene derecho de formar parte de las estructuras intermedias y básicas del Consejo Supremo Electoral.
La casilla es parte esencial de la marca de un partido o alianza electoral. La popularidad de una casilla, posicionarla en la memoria electoral de los ciudadanos, es algo que no se logra de la noche a la mañana. Para las elecciones de 1990 daba igual cualquier casilla porque no había experiencia previa de verdaderas elecciones. Todas las elecciones que realizó el somocismo y la que hizo el régimen sandinista en 1984, fueron más bien farsas electorales fraudulentas.
Pero ahora, después de cuatro verdaderas elecciones (en 1990, 1996, 2001 y la de 2006 que ojalá no haya sido la última elección libre), las casillas ya están institucionalizadas y en términos generales se encuentran marcadas en la memoria histórica de los electores. Además, en el caso de don Fabio Gadea es importante que él participe en la contienda electoral en una casilla liberal, porque gran parte de los votos que necesita para ganar se los tiene que quitar al Partido Liberal Constitucionalista (PLC), lo cual no lo podría lograr o sería mucho más difícil que lo consiga con una casilla que no sea liberal.
Es cierto que en la ALN hay personas que en este período como diputados le han hecho el juego al orteguismo en votaciones parlamentarias muy importantes, al parecer por beneficios económicos y para colocar parientes, amigos y partidarios en los algunos puestos públicos. Pero no es correcto ni justo echar en el mismo saco a todos los miembros y simpatizantes de ALN, en la cual seguramente hay muchas personas sanas y confiables que muy bien podrían desempeñar una función honrosa y muy positiva en las elecciones del próximo mes de noviembre. En todo caso, la UNE debería balancear los beneficios y perjuicios de un entendimiento con la ALN y tomar la decisión más adecuada y pertinente.
El otro gran problema que ha impedido hasta ahora un acuerdo general de UNE con ALN, es el de la representación legal y las candidaturas a diputados. En cuanto a la representación legal, a nuestro juicio esto no debería ser un obstáculo insalvable, considerando que en materia de alianzas electorales no hay garantías absolutas para nadie.
Las alianzas electorales tienen que basarse en la confianza —aún cuando haya razones para la desconfianza— y correr el riesgo de que alguna de las partes falte al compromiso adoptado. Sobre todo en las elecciones municipales de 2008, parte del gran fraude electoral fue que el representante legal de la Alianza Liberal, el cual fue nombrado por el PLC, no inscribía a candidatos de sus aliados en los lugares que les correspondían por previos acuerdos, sino que los sustituía por candidatos de su propio partido.
Ahora hay que arriesgarse otra vez, y confiar. Las alianzas electorales son acuerdos entre caballeros, pero como los partidos no están integrados por caballeros, sino por políticos, tienen que correr el riesgo de que alguna de las partes no cumpla su compromiso. Ése es uno de los gajes de su oficio.
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