Joaquín Absalón pastora

El milagro de Lula

Fue en la década 80-85. Fidel Castro llamaba a los líderes de América Latina a una asamblea internacional en el Centro de Convenciones de La Habana, asediado por las lumbreras de la izquierda. ¿El objetivo? No pagar la deuda externa.

La convocatoria fue alentada por los fogonazos verbales. Nicaragua se sumaba a la posición.

Estuve presente ahí en mi calidad de corresponsal de “Le Monde Diplomatic”, tarea que me confió su Director, el periodista uruguayo Federico Fasano. Podía ver todos los días a Fidel Castro, a quien cazaba para una entrevista encomendada, misión finalmente cumplida, al lado del entonces arzobispo Jaime Ortega, Gabriel García Márquez, Ingeniero Ernesto Guevara Linch, Luis Inacio Lula, Rudomiro Tomic y otros.

Cabe decir que durante el evento el único que nunca estuvo ausente fue Fidel, quien dijo en la apertura “Prometo no faltar un solo día, aunque en el último me quede solo”.

Lo que motiva este artículo es el fenómeno Lula. Ahí estaba más marxista que Marx y más leninista que Lenin. Se vanagloriaba de lucir el acicalado del obrero y de alzar sus manos accidentadas, credenciales de su apostolado en la metalurgia. Dirigente y batallador sindicalista. Era el que con mayor asiduidad pedía la palabra en un tono que podía oírse en todos los recovecos. A veces la postura indómita de sus términos cuadraba con el arrebato esquizofrénico. Con los delirios incorporados en la cabeza, proclamaba: “Llegó la hora de hacer el único Partido Comunista de América, de no pagarle un solo centavo al imperialismo, de recuperar lo que nos han robado”. Talante avinagrado.

Como frecuente satanizador de Augusto Pinochet, lógico ausente, le pregunté si le pedirían a éste que se sumara al hielo financiero y respondió “No solo a Pinochet sino al diablo”. La entrevista la entregué a Fasano en su oficina de Chapultepec en México.

Nunca imaginé que semejante promotor del revuelo fuera años después Presidente del Brasil. En aquel instante no había lugar para computar la posibilidad. Cambió mucho con el fondo de una recapacitación sociológica profunda, con el sostén del pragmatismo que puso luz suficiente en unos ojos provistos de nubes. Al ganar la Presidencia, más de alguno pensó: Brasil va por las rondas de Cuba, pero ¿podrá lograrlo? El gigante del sur no es una faja en el mar, es un robusto en el mapa. ¿Cómo hizo para ser dos veces Presidente y a punto de repetir la tercera con semejante antecedencia? De guerrillero del vocablo pasó a ser el estadista vitoreado.

Vino a Nicaragua e hizo el papel de consejero de Daniel, vistoso y campechano. Lo invitó a imitar su reflexión. Trató de quitarle las rayas que sufre el disco repetitivo del mandatario nicaragüense. Y al parecer como lo demuestran los hechos, no pudo.

El final fue grato para Lula. Se fue y puede volver con un formidable porcentaje de simpatía, dejando a su delfín sin el menor de los obstáculos, Dina Rousseff, otra con pretérito de “armas tomar”. Ahora nada belicosa, tampoco populista embustera, luciendo una estrategia que quiere poner al Brasil codeándose en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Lula es el obrero, es el par amantísimo de su oficio. No es el ideólogo cultivado en la atalaya de la política. El mismo se define así. “Lula es el resultado de un proceso y de una sociedad en efervescencia”. Lo importante es que continúe el crecimiento. Cuando eso ocurra, se completará el milagro.

El autor es periodista.

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