El “eterno retorno” del que habla Nietzsche como interpretación del recorrido circular del tiempo, pareciera ser una categoría representativa del acontecer histórico y político en Nicaragua, en la que los hechos se repiten en su naturaleza fundamental, aunque cambien las personas y los nombres de los protagonistas.
Tras esta representación de lo perceptible, subyacen, pareciera de forma invariable, las causas que la producen, aunque los efectos que de ellas se deriven presenten las modificaciones de los sujetos y las circunstancias específicas en que éstos actúan. Se trata de cambios formales que provienen de una raíz que permanece inalterable en lo sustancial y que, por lo mismo, determina un comportamiento repetitivo que reproduce, en lo esencial, la misma o parecida estructura y conducta, sin perjuicio de los cambios colaterales que no alteran lo sustancial de los acontecimientos.
Si asumimos como válida esta hipótesis, no sería ocioso tratar de constatar hasta donde lo que enuncia corresponde a la realidad y, en todo caso, intentar la reconstrucción aproximada de los elementos que conforman ese mecanismo generador de situaciones repetitivas, que nos hacen suponer que nuestra historia política se encuentra atrapada en un movimiento circular, en virtud del cual el futuro se presenta como la repetición del pasado. En otras ocasiones hemos comparado esta situación con la de la bicicleta estacionaria para hacer ejercicio, en la que la rueda se mueve circularmente alrededor de su eje pero no avanza, o bien, como me decía un amigo, con el “tiovivo” de la feria, el que, mientras está en movimiento hace que lo que pasó regrese, sin peligro de que salga del camino de la circunferencia determinado por el diseño funcional correspondiente.
Establecer esto en el plano histórico y político requeriría de un estudio consistente que tome en consideración lo estructural y estratégico de manera preferente a lo coyuntural y táctico, por lo que aquí, únicamente, nos permitiremos esbozar algunas ideas preliminares a manera de aproximación al tema. En efecto, si quisiéramos caracterizar la situación actual a partir de algunas líneas generales, diríamos que la estructura sociopolítica nicaragüense se caracteriza, principalmente, por la existencia de dos ejes fundamentales contrapuestos: a) el poder concentrado y b) la oposición política fragmentada y confrontada.
El primero de ellos, el poder concentrado, se forma a partir de la confluencia de tres factores principales: el poder económico; el poder político ejercido en las instituciones y órganos del Estado; y el poder municipal, consolidado a consecuencia de las irregularidades tanto de las elecciones municipales del 2008, como de la posterior destitución de alcaldes.
El segundo, la oposición política fragmentada y confrontada, se presenta a través de la hasta hoy irrealizada unidad y de la división que se produce en la práctica, no sólo entre los varios partidos políticos existentes, con y sin personería jurídica, sino también entre en las diferentes asociaciones y coaliciones creadas, precisamente, para alcanzar la unidad que se dificulta por su organización en estructuras separadas.
Esta situación de concentración por un lado, y división por el otro, ha permitido el ejercicio de un poder discrecional que ha actuado violando la Constitución, las leyes, la institucionalidad, la independencia de poderes y que ha transformado la transgresión al principio de legalidad en la regla general de su actuación. Esta práctica ha fortalecido el caudillismo, en uno y otro lado, debilitado la posibilidad de alternabilidad en el poder y centrado toda la acción del gobierno y el FSLN, en la reelección del actual Presidente de la República, reeditando así uno de los rasgos reiterados del ejercicio político nicaragüense.
Si revisamos la historia de nuestro país, lo que estamos viendo hoy ha sido la característica de otros momentos dramáticos en el acontecer político de Nicaragua. La concentración y continuidad del poder, el culto a la personalidad, la reelección, la ausencia de alternabilidad en los liderazgos políticos, la concentración de poder económico, político, institucional y militar, ante un sistema legal devaluado, subordinado y manipulado, son factores presentes en el origen de los conflictos que han asolado la historia de nuestro país.
Hoy, nuevamente, vemos que se prefiguran las mismas o parecidas expresiones que determinaron en el pasado el acontecer de los hechos políticos en Nicaragua. Hoy, como ayer vemos aflorar a la superficie las manifestaciones visibles, los efectos que se originan por el comportamiento de esas causas que subyacen a los acontecimientos perceptibles en la superficie.
Sin perder de vista en un año electoral la situación inmediata, se debe, al mismo tiempo, tener en consideración la búsqueda de soluciones a mediano y largo plazo. Lo inmediato no excluye lo mediato; al contrario, si se sabe aprovechar, es una oportunidad para revisar los escollos de la historia y buscar alternativas estratégicas y estructurales. El bosque no debe impedirnos ver el árbol, pero tampoco el árbol que tenemos de frente, debe impedirnos, como siempre lo ha hecho, ver el bosque. Ambas visiones deben integrarse en este momento y ser una sola opción, una única alternativa orientada a encontrar la salida del círculo vicioso de la política nicaragüense, y el establecimiento de condiciones que permitan la paz, la democracia y la estabilidad.
Se requiere de auténtica voluntad y estatura política para abrir nuevos caminos a Nicaragua. Y en este sentido lo primero tendría que ser el respeto a la Constitución Política en lo que concierne a los límites establecidos para la reelección. Ni reelección, ni caudillismo, que ambos son obstáculos a la democracia que necesita alternabilidad, rotación y relevo generacional, dentro del más estricto respeto a la Constitución, la legalidad y la institucionalidad.
En este sentido todos debemos estar de acuerdo, el poder, los liderazgos políticos partidarios y la ciudadanía. Si no existe decisión de superar esta situación, el país se deslizará a los terrenos de la apatía y la mediocridad, a la vez que como sombra premonitoria, estará el peligro de la violencia que llena siempre, y de qué manera, el vacío que deja la ausencia de participación de la comunidad nacional, haciéndonos a todos rehenes de la crisis que provoca la insensibilidad y la ambición.
Es imprescindible alcanzar un acuerdo integral que logre un consenso sobre la democracia, el rechazo a la violencia y la reafirmación de una cultura de paz, al tiempo que consolide una política estratégica en lo económico, lo social y lo que corresponde a la naturaleza, estructura y función del Estado y sus instituciones. Un proyecto de Estado-nación que priorice el papel de la educación y que sea capaz de motivar la participación de los nicaragüenses, hoy desconfiados y escépticos por más de una razón explicable, en la construcción del presente y futuro de nuestro país. b
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