Al visitar la tumba de mi padre en el XXXIII aniversario de su martirio, siento el dolor de un presente en el que se lucha por lo mismo que Pedro Joaquín Chamorro Cardenal murió el 10 de enero de 1978, tres décadas atrás. Igual que Somoza, Daniel Ortega ha subvertido el orden democrático en Nicaragua porque tiene aspiraciones de eternidad en el poder que comparte íntimamente con su familia, al margen del Estado y de sus instituciones, en una actitud de patronazgo verticalista dentro de su partido.
Ortega ha violado las leyes y la Constitución, incluso aquellas hechas por él mismo. No lo ha hecho solo, sino en acuerdos políticos con el “zancudo” de sus tiempos, Arnoldo Alemán. Sobre los hombros de ellos dos, y de los indiferentes, cae la responsabilidad de la tragedia en que se encuentra Nicaragua: el trastrocamiento del orden jurídico, la arbitrariedad judicial, el monopolismo y los enriquecimientos ilícitos, el abuso con la necesidad social, el atropello a la dignidad de las personas principalmente de los funcionarios públicos y la intimidación desatada a quienes se oponen.
Ante esa confabulación del bando sandinista, con doce años de complicidad con los arnoldistas, aparentemente no hay salida más que conformarse con la continuidad de la formula Ortega-Murillo abusando del Estado y sus instituciones, para permanecer en el poder y seguir compartiendo con su socio liberal el reparto de la cosa pública. Así lo creen ellos y una gran mayoría desesperanzada que se guía por una realidad en la que pareciera que ningún movimiento nuevo, por muy popular que sea, puede legalmente despojar al dictador Ortega de sus aspiraciones dictatoriales y a su cortesano, Arnoldo Alemán, seguir conformándose con las sobras del orteguismo.
Al igual que en el somocismo, la reelección del bicaudillismo Ortega-Alemán es posible, pero resulta un éxito pasajero. Por el contrario, la vergüenza histórica de ellos y sus familias será inmortal, semejante a la suerte de otros dictadores que ya pasaron por la eterna verdad de lo que verdaderamente ganaron con una reelección que cierra perspectiva al desarrollo democrático del país, al establecimiento de nuevas normas de gobierno que ofrezcan esperanza a la juventud y a un verdadero progreso económico con justicia social que incluya a Nicaragua en las oportunidades que ofrecen unas relaciones internacionales en armonía y respeto.
En las circunstancias actuales, el primer paso es poner todo nuestro énfasis en la lucha electoral. La operación fraude está en marcha y bien montada en tres hechos concretos: una ilegal e inconstitucional candidatura de un Presidente, a quien la Constitución política aprobada por él mismo y su partido le prohíbe doblemente ser otra vez candidato; segundo, un Consejo Supremo Electoral ilegítimo e ilegal que ya cometió fraude; tercero, la negativa gubernamental a proporcionar garantías para un proceso electoral transparente con observación nacional e internacional.
Hoy como ayer los pactistas temen a la conciencia del nicaragüense. Ambos saben que si a este pueblo le dan confianza en las elecciones, como las tuvo en el 90 y al mismo tiempo seguridad que su voto será respetado, sin duda la gran mayoría sale a votar contra Ortega y Alemán, a favor de una nueva opción moderna y popular. El miedo de los caudillos significa que ven en el pueblo y en la oposición capacidad de echarlos del poder público por la vía electoral que es la que debemos asegurar.
Como dijo Pedro Joaquín Chamorro en un escrito de ayer que sigue siendo para hoy y se titula Unámonos frente al fraude : “Los que no creen en la fuerza de un pueblo compactado decidido, deben recordar los ejemplos de otros países americanos, en donde la ciudadanía ha obtenido el restablecimiento de sus derechos mediante la acción popular cívica. No podemos permitir que nos roben, ni podemos esperar que sin el concurso de nuestra lucha vayan a dejar de robarnos, porque ya está bien claro el hecho de que precisamente es robarnos lo que quieren”. (LP. 1962)
Nuestro compromiso en el primer trimestre del 2011 debe ser: unidad contra el fraude, por encima de las diferencias políticas. Unidad con el objetivo de lograr la elección justa y transparente de un nuevo gobierno legítimo el próximo 10 de enero del 2012. Hoy como ayer estamos ante las mismas dos alternativas que hace 21 años: frente a la posibilidad trágica de la consolidación de la dictadura de Daniel Ortega, con el indiscutible apoyo de Alemán, o la elección de un gobierno democrático como el de Violeta Chamorro en 1990.
En este aniversario honremos la memoria de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal y los miles de mártires que también cayeron por la democracia reclamando ese proceso electoral justo y abierto, exijamos nuestro derecho a elegir en el verdadero sentido de la palabra un gobierno que vuelva a poner a Nicaragua en la ruta de la democracia, del estado de derecho, de la reconstrucción económica y social; un gobierno que ponga a Nicaragua en la ruta de nuestros hijos que merecen tener patria y vivir en una verdadera República.
El objetivo de estas reformas no es liberar la “mano invisible” del mercado, sino afianzar el puño cerrado de los Castro. No hay que ser economista para apreciar que rellenar encendedores desechables, por ejemplo, no va a contribuir en ninguna medida al desarrollo económico.
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