Dos personas podrían darle a los nicaragüenses dos grandes regalos: Daniel Ortega y Arnoldo Alemán. El poder que ambos tienen para llevar felicidad y prosperidad a la familia nacional es extraordinario. La providencia parece haber puesto en sus manos, y sobre todo en las del primero, una especie de varita mágica capaz de producir resultados asombrosos con palabras brevísimas: “No reelección”, en el primer caso, “Dimito”, en el segundo.
Daniel Ortega es quien tiene en sus manos el regalo mayor. Si anunciara que en acatamiento de la Constitución Política que juró obedecer no buscará la reelección continua, sino que apoyará al candidato que su partido nomine, las acciones del país, es decir, su valor como sociedad donde vivir e invertir, se dispararían para arriba. La institucionalidad experimentaría un fortalecimiento súbito, disminuiría con la misma rapidez el riesgo país, se multiplicarían los planes de inversión nacional y extranjera, y un sentimiento de aprecio y esperanza convergería de todos los puntos cardinales, sobre Nicaragua y sobre su actual presidente, quien se erguiría, nacional e internacionalmente, como un auténtico estadista.
Declinar su candidatura para la reelección no significaría condenar su partido a la derrota ni socavar su liderazgo dentro del mismo. El FSLN compartiría el incremento del prestigio de su líder y podría postular a un candidato(a) —Rosario Murillo u otros—, cuyo potencial ganador aumentaría con el endoso y apoyo del ahora crecido Ortega. Éste podría continuar en su rol de secretario general de su partido y alistarse para otras victorias personales en un período posterior. Sus descendientes, por su parte, podrían aspirar a disfrutar el gozo de circular, sin guardaespaldas y con amigos, por una Nicaragua en paz.
Un eventual triunfo del FSLN, con un candidato distinto a Ortega, no sería percibido como amenaza o retroceso. Pues lo que inquieta a Nicaragua y a quienes la observan no es uno ni muchos triunfos electorales del Frente, sino el rompimiento del orden institucional y el consiguiente desprecio a la ley y a la democracia. Esa filosofía de “victoria a cualquier costo”, como aconsejara en mala hora Tomás Borge, eso y nada más, es lo que ensombrece el panorama, pues enrumba el país al precipicio y condenaría a Ortega y sus descendientes a un futuro que, si la historia es maestra, huele a guardaespaldas y enemigos, y hasta posibles lutos y exilios.
Arnoldo Alemán también es capaz de hacerle a Nicaragua otro gran regalo, aunque sujeto a complejidades que hay que matizar. Si anunciase que declina su candidatura a fin de que el PLC, en conjunto con toda la familia liberal y la ciudadanía opositora, escoja un candidato de amplia aceptación, las posibilidades de triunfar sobre el FSLN aumentarían considerablemente. Igualmente se incrementarían el entusiasmo por el candidato único y los recursos de campaña.
Bajo este supuesto, Alemán podría retener, como fundador y dirigente histórico del partido opositor más fuerte de Nicaragua, una importante cuota de poder dentro de la alianza opositora, aunque el cuánto y cómo podría complicar las cosas. Pues si su visibilidad y peso son grandes, podría alienar a parte del considerable grupo de opositores independientes que lo adversan. Pero, si por otra parte, se pretende su desaparición total, se podría alienar al porcentaje de liberales, minoritario pero importante, que le son fieles. Así que habrá que hilar fino. Lograr la fórmula feliz demandará generosidad y flexibilidad de todas las partes.
Si lo anterior se logra, la oposición podría colocarse en posición de victoria y Alemán se reivindicaría ante la ciudadanía, recuperando gran parte de su respetabilidad nacional e internacional. Él podría conservar el liderazgo de su partido y mantener vivas sus aspiraciones políticas. Pero si no se logra, el costo a pagar será, con absoluta certeza, muy alto; tanto para él como para la oposición y el país: desastre electoral, zancudismo raquítico, desprestigio y animadversiones.
En este inicio de año ambos personajes, Ortega y Alemán, tienen en sus manos la capacidad —y enorme responsabilidad— de tomar decisiones, que podrían enrumbar a Nicaragua hacia un futuro mejor, o cerrarle el horizonte. Imaginemos por un minuto qué pasaría si ambos, movidos por un espíritu de altruismo y amor patrio, anunciaran su voluntad de renunciar a sus pretensiones electorales. Como por arte de magia se disiparían los nublados del día y brillaría el sol de la esperanza. Y lo más curioso del caso es que ninguno de los dos personajes de esta alquimia estaría sacrificando su futuro. Por el contrario, estarían asegurando para ellos, sus familias y su patria, una alternativa mejor.
El autor es sociólogo y fue ministro de Educación 1990-1998.
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