Por Humberto Belli Pereira.- Normalmente asociamos la palabra revolución a sacudidas políticas que cambian radicalmente la sociedad: La revolución Americana, Francesa, Rusa, Mejicana, etc. Otras veces el término se usa para describir cambios importantes en la forma de producir o pensar. Así hablamos de la revolución industrial inglesa, o de la aristotélica o la copernicana. Marx las llamaba “parteras de la historia”, porque alumbran el nacimiento de órdenes nuevos.
Evidentemente, las revoluciones varían mucho en su profundidad y consecuencias. El ruido y colorido de algunas de ellas puede confundir. Las hay que estallan en medio de grandes violencias, pero que en realidad no cambian casi nada, y otras que no hacen mucho ruido pero transforman al mundo desde sus cimientos. Partiendo de una perspectiva estrictamente secular, podría argumentarse que una de éstas fue el movimiento que inició un judío llamado Jesús, hace dos mil años en Palestina, y que tras siglos de persecuciones se entronizó como religión del imperio romano.
La forma en que transformó el pensamiento, la sensibilidad, la moralidad y la cultura dominante, fue radical. Uno de sus mayores y más decisivas innovaciones fue su concepto sobre la dignidad de todos los seres humanos. Aún para mentes tan preclaras como Aristóteles, los esclavos eran instrumentos. Para los cristianos eran hijos de Dios y por tanto hermanos, convicción que propagaron sin confrontar. La esencia del enfoque se recoge en uno de los documentos más revolucionarios de la historia: la brevísima carta de Pablo a Filemón. En ella le ruega que reciba a Onésino —esclavo que tras hurtarle a su amo Filemón, había huido y puéstose al servicio de Pablo— “como a un hermano querido”.
Es difícil comprender, con ojos del siglo XXI, lo insólito de esta petición. Lo que Pablo estaba haciendo era conferir al esclavo, hasta entonces animal doméstico sin ningún derecho, la categoría de hermano y titular de una dignidad impensable: hijo de Dios. De estas semillas sembradas con discreción, se derivarían cambios en el concepto del ser humano que no cesarían de traer consecuencias. Una de ellas fue el derrumbe gradual de la esclavitud y la humanización de costumbres bárbaras.
Junto a la exaltación de la dignidad humana, el cristianismo proclamó la subordinación de toda autoridad a Dios y sus leyes, lo que se convirtió en un freno formidable al despotismo. Ningún rey o autoridad humana podía erigirse por encima de la ley divina y la natural sin contrariar las nuevas ideas. El nuevo credo también acuñó el concepto igualmente novedoso de la caridad, que sobrepasó la idea romana de la justicia e inspiró toda una mística de atención a los menesterosos que se plasmaría en innumerables obras de beneficencia, hospitales, escuelas, orfelinatos, asilos, etc.
La influencia del cristianismo se propagó a todos los ámbitos de la sociedad. En palabras de David B. Hart, éste ha sido inconmensurablemente más impresionante en su creatividad cultural y más ennoblecedor en su poder moral, que cualquier otro movimiento en la historia de Occidente. Piénsese solo en el magnífico arte y la arquitectura religiosa de Europa y la institución de las universidades, invento católico del siglo XIII.
Los ecos de esta revolución han continuado reverberando a lo largo de la historia. Cuando a raíz del descubrimiento de América renació la trata de esclavos, sus principales opositores no fueron los pensadores del iluminismo, como Hobbes, Locke, Voltaire o Montesquieu, que más bien la justificaron, sino los pontífices romanos y los frailes. No fue casualidad que en Occidente se proclamasen primero los derechos inalienables del hombre, como reza la declaración de independencia de Estados Unidos, ni que un cristiano, el reverendo Martin Luther King, fuese el campeón de los derechos civiles.
“De todas las grandes transiciones que han marcado la evolución de la civilización occidental”, concluye Hart, “solo el triunfo de la cristiandad puede considerarse revolución en el sentido pleno de la palabra”. Y lo más notable es que este triunfo no se obtuvo plegándose a las preferencias populares. A un mundo hedonista, lujurioso y materialista, el cristianismo le predicó el valor del sacrificio, la castidad y el espíritu. El cristianismo siempre nadó contra corriente. Y su avance dejó perplejo a los historiadores.
Este próximo 24, los nacimientos cristianos mostrarán en un humilde pesebre a un niño indefenso. Es la imagen de quien sin ruido o gesto amenazante desató la revolución más revolucionaria de todos los tiempos.
El autor es sociólogo y fue ministro de Educación 1990-1998.
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