Fotografía Manuel Esquivel y Cortesía
El Carlos Sánchez Brenes que luce impecable por los pasillos de la universidad y que algunos estudiantes llaman “profesor”, es el mismo que hace cinco años lustraba de pantalón chingo y camiseta a un costado de la iglesia de Jinotepe, frente al mercado. Justo en el mismo lugar donde su padre, don Carlos Sánchez, se instala aún todos los días desde las 7:00 a.m. hasta las 5:00 p.m. a esperar a su clientela.
Ambos están trabajando. Esa tarde en la Universidad Nicaragüense de Estudios Humanísticos la clase de Derecho Constitucional ha comenzado. Carlos Sánchez está en medio de una debate a las reformas de la Constitución, cuando el tiempo se acaba y los alumnos de la clase de Derecho Laboral lo esperan en otro salón.
Él ahora es un docente universitario, abogado y notario que dirige su bufete jurídico y cursa el tercer año de Administración de empresas en la Unan cur Carazo.
“Recuerdo que un día antes de mi graduación no tenía para mi toga, me fui un sábado desde temprano con mi caja a trabajar y le pedí a Dios que me ayudara, al fin y al cabo si había logrado llegar hasta ahí era por él, así que confié”, cuenta con una extraña emoción. “Ese día hice más de mil córdobas, la gente me llevó trabajo y hasta me dieron dinerito de más. No sé cómo llamarlo, pero para mí fue un gran regalo… todos mis estudios los saqué de esta cajita y de lo que fue consiguiendo, ése fue el último día que lustré”.
Carlos es el segundo hijo de una familia de nueve hermanos. Todos han estudiado al menos hasta secundaria, y cuatro de ellos han pasado por el trabajo de lustrador.
A sus 29 años es el orgullo de su padre, uno de los lustradores de antaño de Jinotepe, y de su madre que palmea tortillas para vender en su barrio. Don Carlos tiene 70 años y cuarenta de ellos ha trabajado lustrando zapatos. Antes fue militar pero se retiró de las filas por inconformidades con sus superiores. Regresó a Jinotepe y para poder mantener a su familia sacó su cajita de lustar. Cuando su hijo Carlos tenía 10 años le acompañó por primera vez en el trabajo. Nunca dejó de estudiar y lustraba todos los fines de semana. Si había trabajo en el campo la familia entera se apuntaba para los cortes de café.
“Nosotros vimos la necesidad de una familia numerosa y decidí ayudarle a mi papá, después uno tiene sus propias necesidades, sus propios sueños y eso fue lo que me motivó”, comparte Carlos Sánchez Brenes. “El campo no es para mí, pero también ayudó a levantar mi familia, la lustrada tampoco fue un plan para mi vida, pero a eso le debo gran parte de mis estudios. No importa el trabajo que hagás, siempre y cuando lo hagás de manera honrada y lo tomés como un camino de superación”.
Cursó su carrera universitaria en la Unan Cur Carazo y trabajó en la biblioteca del recinto.
“Con la ayuda que me daban en la universidad más lo de la lustrada logré costear los gastos de mi carrera. Siempre trabajé y estudié a la vez”, cuenta Sánchez Brenes. “Recuerdo que las muchachas me preguntaban si no me avergonzaba salir con mi cajita a trabajar los fines de semana, pero la verdad no conozco la vergüenza, mi padre me enseñó que el trabajo dignifica y mientras no haga nada malo, no tengo por que bajar la cabeza”.
Carlos reconoce que al principio y como en todo trabajo, el grupo de lustradores también siente envidia o celos. Siendo tan sólo un niño de 10 años, hizo numerosa clientela en el sector de lustradores. La gente pasaba y se sentaba frente a la caja del lustrador más joven, su diligencia, rapidez y buen trabajo tuvieron recompensa.
“Siempre les dije que no se preocuparan, que yo no estaba ahí para quedarme, ahora les agradezco haberme dado un espacio, hice muchos amigos y le tengo mucho aprecio a eso”, recuerda Carlos. “Pero mientras le sacaba brillo a los zapatos cuarteados de la gente me imagina como un doctor a un abogado”.
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