El mes de diciembre, último de nuestro calendario anual, por muchos de manera distinta y en circunstancias diferentes, simbólicamente es esperado. De manera especial y entusiasta por niños, adolescentes y la gran mayoría de jóvenes, que llenos de optimismo lo transmiten a todos los niveles de la sociedad en sus diversas edades. Siendo así, que aunque poco se piense y sin lugar a dudas, dicho mes podría ser también último de la existencia de cada quien.
Por ello, si se tratase de vivir como Dios manda, no habría que temer estar incluidos en la nómina final de la que sin pensarlo en cualquier momento, ese ineludible día por ningún medio nadie podría evitar. Más, si por la gracia de la fe que Él da al que con humildad la pide, para estar bajo el alero de su misericordia; así nada debería opacar la entusiasta alegría decembrina desde el comienzo, desde la celebración de la Purísima hasta Navidad y Año Nuevo.
La celebración, que popularmente llamamos las Purísimas, en nuestra Patria es original; y dicha celebración, que es de la Inmaculada Concepción de María, data de muchísimos años y se ha transmitido de generación en generación, por la religiosidad popular, terminándose el día 8 después de la pomposa y generalizada Gritería del 7 de diciembre, que da gran realce al sentido mariano de nuestro pueblo, que todo nica emigrante lleva al país que se radica.
Lo expuesto al comienzo no pretende eclipsar la alegría que debe dar el simbolismo de diciembre, al rememorar el nacimiento de Cristo Jesús hace dos milenios en el humilde portal de Belén. Él, por su infinito amor, siendo Dios y Hombre queriendo redimirnos, con su cruento martirio, su gloriosa resurrección y su doctrina sintetizada en el amor, nos enseña el camino de salvación, que al seguirlo, al final de la vida se trasciende con Él a su Reino eterno.
Cuando no siguiendo ese único camino de salvación se es atraído por fatuos espejismos, al desviarse de la vital actitud de los principios cristianos, de hecho se nublan las relaciones familiares y sociales, se pierde la paz interior que aviva el egocentrismo sin que nada le satisfaga; y obstaculizan por ello proyectos que quizá tienden a generales beneficios, los que sólo querrían para sí, quienes por exclusivos intereses ególatras llegan a tales desviaciones.
Quizá algunos piensen que sea antiético hacer reflexiones de esta índole este mes, que es la culminación del año, el que por casi todos es considerado y esperado con optimismo festivo. Ello, como ya lo he dicho, no debe opacarnos y como cada día que Dios nos da siempre darle gracias, porque a pesar de que a veces pasamos por múltiples vicisitudes a diario nos está dando una nueva oportunidad para acercarnos a Él que es fuente absoluta de todo bien.
Pero Dios bien sabe que son necesarias estas reflexiones y que todos las necesitamos para inventariarnos espiritualmente haciendo un balance cabal para dar mejor sentido a nuestra existencia. Si así lo hiciéramos no habría tanta corrupción y falsedad, ni tanta criminalidad. Debemos estar conscientes que al extinguírsenos la vida, nuestra alma trasciende ante el juicio del Supremo e Infalible Juez, que en su infinita misericordia sabe premiar y castigar.
Hagamos vivencia su amor, sabiéndolo compartir para que, erradicando el mal, colaboremos todos a la extensión de su reino de amor y de paz, viviendo en continua fraternidad no sólo el susodicho diciembre, sino hasta la eternidad irradiando siempre felicidad. Con verdadero fervor es mi deseo al aproximarse la Navidad. [email protected]
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