Bill Gates, Warren Buffett y sus familias, considerados entre los más ricos del mundo, donaron la mayor parte de su fortuna a obras filantrópicas y exhortaron a otros billonarios norteamericanos a hacer lo mismo. Buffet donará el 99 por ciento de su patrimonio. Fundaron una organización, www.thegivingpledge.org —la promesa de dar—, hoy se han unido más de treinta acaudalados.
Cada familia hizo públicos los motivos de sus decisiones. Sorprende leer las razones que los llevó a ese altruismo, todas tienen un común denominador: ayudar a otros. Uno se pregunta: ¿Qué motiva a estas personas actuar así?
Los comentarios sobre esta iniciativa que van desde que las donaciones son deducibles de impuestos, que es estatus, etc., influyen, pero no son el principal motivo. Es como Franklin Roosevelt decía: “Siempre hemos sabido que el desmedido interés propio es mala moral; ahora sabemos que es malo para las ciencias económicas”.
El altruismo se define como la diligencia de procurar el bien ajeno aún a costa del propio. ¿Nacemos o necesitaremos educación especial para desarrollar esta habilidad? Simplemente, sí.
Se desarrolla mediante la práctica de la empatía que es la destreza para entender las necesidades, sentimientos y problemas de los demás, poniéndose en su lugar y respondiendo correctamente a sus reacciones emocionales.
En 1759, Adam Smith, promotor de la empatía, proclamó: “Es totalmente absurdo e ininteligible suponer que las primeras percepciones del bien y del mal pueden ser derivadas de la razón como todas las demás experiencias sobre las que se fundan las normas generales, no pueden ser objeto de la razón, sino del sentimiento y emoción inmediatos”. Los orientales también tienen como su principal valor: la empatía.
Los líderes no nacen, ni se hacen: se desarrollan. Somos como las maderas preciosas. La belleza externa del genízaro no es toda, su madera, únicamente puede observarse cuando la procesamos; sus jaspes y colores. La estructura interna humana tiene que refinarse para mejorar el sistema ético individual y colectivo.
Si desconocemos la empatía, no podremos entender los aspectos fundamentales de las sociedades como la democracia, el mercado, las organizaciones, la política y la cooperación. La compasión, sinónimo de empatía, no es un lujo, es una ética ineludible. Smith expresó: “La razón por ser razón es absurda”. No es casual que los países occidentales como los orientales, que practican la empatía, sean los más prósperos del planeta. Practicada colectivamente engendra virtud y desarrollo económico vertiginoso. Asombrosamente los hispanos desconocemos este legado de Smith.
La pobreza latinoamericana es causada, entre otros, por desconocimiento social. Nuestro crecimiento poblacional ha hecho que la mayoría hoy sean jóvenes que se están educando; pocos la terminan. Los padres enseñamos que deben independizarse, algunos encuentran trabajo, pero muchísimos no y si lo obtienen, es con salarios bajos producto del subdesarrollo. Resultado: la decepción e infelicidad, la emigración y la violencia social. Nace el peor enemigo de una sociedad: la desconfianza.
¿De quién es la responsabilidad del futuro de los niños? Es obligación de los adultos entregar un mundo mejor a los que vienen atrás. Si no cumplimos con ese contrato natural destrozamos la institucionalidad de la sociedad, los jóvenes pierden la confianza en los adultos.
Los salvadoreños, conscientes de la violencia juvenil, discuten una ley que manda leer la Biblia en las escuelas. Tienen quinientos años de estar leyéndola. Pretender que en el futuro sea útil, es no aprender del pasado. ¿Se necesitará más religión o mejor ética?
Nuestras leyes norman lo moral basado en tres acciones físicas: asesinato, violación y robo. Esto está cambiando. La discriminación, el engaño, etc., son hoy, considerados abusos. ¿Podrán los jóvenes acusar a los adultos por abuso emocional?
Los anglosajones poseen un altruismo entre los más desarrollados del mundo, y actualmente instruyen a los jóvenes para que refinen aun más el mismo, es decir la ética. No todos dan dinero, pero brindan conocimiento, participación ciudadana y trabajo social.
Cuando entendemos el concepto de la interdependencia “nadie puede subsistir solo”, que todos estamos relacionados, somos iguales y deseamos ser felices, lograremos entender que la empatía es ineludible para desarrollar armonía social. No es cuestión de elección, es como los ojos; no podemos elegir nacer sin ellos. La empatía viene en nuestro ser, debajo de nuestra piel, estamos simplemente condenados a implementarla y sólo así conoceremos que el regalo de dar es ayudarse a sí mismo, pues todos los problemas del mundo son causados por falta de amor, falta de educación interna.
El autor es administrador de empresas.
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