Pablo Vijil Icaza

El zancudismo como política de la oposición

Hemos visto en los últimos tiempos cómo ha resurgido con pujanza el zancudismo. En la medida que la dictadura orteguista se consolida, el zancudismo florece y llena los espacios que le permiten. No faltan candidatos ni agrupaciones listas para desempeñar este triste papel. En la historia de Nicaragua siempre ha existido en diversas formas y expresiones, pero tomó preeminencia y hasta recibió su bautizo, después del pacto de los generales en 1950. Los conservadores se llevaron el triste honor de ser los primeros zancudos así llamados en nuestra historia política.

Con el expediente de que los espacios políticos hay que llenarlos para no perderlos, y “poder hacer algo desde adentro”, algunos supuestos “hábiles operadores políticos de la oposición” explican a diario, el triste papel que juegan ese cada vez más grande grupo de magistrados, diputados, alcaldes y concejales, partidos enteros, pagados con nuestros impuestos, que prefieren el cómodo papel de zancudos por el cual reciben pingües beneficios y a la vez legitiman al poder corrupto del orteguismo, que ir a la calle a ganarse el sustento como lo hacemos la mayoría de las personas.

Hemos visto como después de decretazos, espurias reformas constitucionales y fallos de los magistrados orteguistas, la gran mayoría de los funcionarios “democráticos” han ido regresando dócilmente a sus flamantes oficinas, con el aliciente de recibir la paga suspendida, los bonos y otras prestaciones que con largueza les entregan.

Ahora que los magistrados del CSE de facto, anuncian las elecciones, todos corren a inscribirse y a acatar muy prestos sus instrucciones. La amenaza surte efecto. El que no acata las órdenes de Ortega, está fuera del juego. Vean lo que pasó en Venezuela, dicen. La oposición le dejó la mano libre a Chávez para hacer lo que le dio la gana. Ésta es otra importante función del zancudismo, legitimar procesos ilegítimos de elecciones. Está por verse qué va a poder hacer la oposición Venezolana en la Asamblea ante los dólares de Chávez. Tengo la esperanza que los diputados de oposición, comprados, amenazados, halagados, etc., no vayan poco a poco pasándose a las filas chavistas con las explicaciones ya famosas y ambiguas que vemos a diario de muchos de nuestros flamantes legisladores criollos.

La propaganda oficial y la resignación van haciendo caer a muchos en la trampa de aceptar al Consejo Supremo Electoral (CSE) y a aceptar también la candidatura presidencial de Ortega, dos veces presidente y violador de la Constitución, como un mal inevitable. Ya no importa que la Constitución no lo permita. Los zancudos y sus partidos son responsables de este sentir de la población. El juego es a qué partidos Ortega le dará algunos diputados u otros cargos, aunque no saquen un solo voto. Ya no se trata de ganar, eso les tiene sin cuidado.

La dignidad y los valores están ausente en nuestra clase política y en otros liderazgos ciudadanos y el mal ejemplo cunde: si ellos lo hacen y no pasa nada, yo también me apunto, dicen muchos, y en el camino resuelvo mis numerosos problemas económicos.

Lejos están aquellos tiempos en que valientes políticos y ciudadanos comunes se oponían vehementemente a los gobiernos dictatoriales y autocráticos, combatiéndolos sin tregua, con la fuerza de los valores éticos y morales, usando todos los medios a su alcance y nunca cayendo en el dócil sometimiento de siervos y eunucos.

Este nuevo zancudismo está haciendo un daño enorme al futuro democrático de Nicaragua. Se legitima lo ilegítimo e ilegal, se aceptan los caprichos del soberano y la oposición se coloca en una posición de colaboración plena ante el montaje de la dictadura vitalicia de Ortega, conformándose para ello con las migajas de poder que éste decida darles. Las instituciones públicas ya son y seguirán siendo instancias privadas a la orden del dictador, mientras unos vivitos zancudos nombrados en ellas no harán más que llegar a marcar tarjeta, si acaso, o llegar a hacer lo que les ordene el jefe. Qué triste herencia a sus descendientes.

Ante este panorama, no cabe duda de que Ortega ganará las elecciones del 2011, y nadie podrá reclamar nada, si los que debían protestar se callaron, los que debían impedirlo no lo hicieron y a las democracias del mundo no les quedará más camino que aceptar los hechos consumados, convencidos de que los nicaragüenses están muy cómodos con el gobierno que merecemos.

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