A hora que los conflictos territoriales han puesto de relieve el tema del patriotismo, es oportuno revisar su significado. El término es más polémico de lo que parece. Para el filósofo inglés Bertrand Russell: “El patriotismo es la disposición de matar o dejarse matar por razones triviales”. Juan Pablo II, por el contrario, comentaba que, “si se pregunta por el lugar del patriotismo en el decálogo, la respuesta es inequívoca: es parte del cuarto mandamiento, que nos exige honrar a padre y madre”.
La contradicción entre ambas afirmaciones es sólo aparente. El problema es que los términos nobles, son frecuentemente manipulados para propósitos innobles. “Libertad, libertad, cuántos crímenes se comenten en tu nombre”, exclamó Mademe Roland antes de ser guillotinada. Algo igual podría decirse del patriotismo. La Europa que conoció Russell tenía sus cementerios abarrotados por quienes perecieron víctimas de pasiones o fobias absurdas, esgrimidas en nombre de la patria.
Es preciso entonces escudriñar bien el concepto, distinguiendo su verdadero sentido de sus falsificaciones. La esencia del verdadero patriotismo, como la de cualquier virtud, es el amor: amor a la patria, es decir, voluntad o disposición a sacrificarse, a sufrir, a contrariar nuestros intereses personales, por el bien de la colectividad donde nacimos y con la cual nos identificamos. Dada la propensión del ser humano al egoísmo, y a huir de todo lo que implica sacrificio o renuncia, el patriotismo es mucho más raro de lo que parece. El hombre o mujer común y corriente busca con más facilidad su bienestar personal o el de su familia inmediata, que el bienestar de sus vecinos. Y el patriotismo, entendido correctamente, implica amor al vecino; al gran vecindario de la nación.
¿Cómo entonces explicamos que generaciones enteras corran con facilidad a empuñar las armas y arriesgar sus vidas en defensa de su tierra? La respuesta es que morir por la patria puede ser la expresión de un gran amor, pero igualmente puede ser la expresión del odio a otros, de sentimientos triviales, como el aventurerismo o el romanticismo, o de la inmadurez de niños en cuerpos de adultos, jugando a la guerra. El exponer la vida en campos de batalla no es privativo de almas nobles. Miles de forajidos lo han hecho, como el cabo Hitler, los filibusteros de Walker, y los piratas del Caribe. Actos de heroísmo pueden a veces encubrir la vanidad. “Cuántos que se dejarían enclavar en una cruz, ante la mirada atónita de millares de espectadores”, decía San Josemaría Escrivá, “no saben sufrir cristianamente los alfilerazos de cada día”.
El patriotismo, como el amor y las virtudes, se prueba en lo pequeño, donde no se cosechan glorias ni medallas. Comienza de adentro para afuera: interesándose en los problemas de los demás, cooperando en el ámbito de la familia, del vecindario, de la comunidad, participando en asuntos de interés colectivo: el estudiante en los de su centro de estudio, el empleado, obrero o empresarios, en los asuntos de su gremio. Implica y exige informarse, estar al tanto del mundo que le rodea.
El patriotismo exige, sobre todo, coherencia de vida. “¿Cómo puedes decir que amas a Dios que no ves”, se preguntaba el apóstol Juan, “si no amas al prójimo que ves?” ¿Cómo puede interesarse en el porvenir de la patria, quien no se interesa por el porvenir de sus propios hijos, o quien se desentiende de los problemas de su vecindario?
El hecho que tantos padres de familia —la mayoría— abandonen a sus proles, y que tanto políticos utilicen sus posiciones de influencia para favorecer sus ambiciones personales o grupales, es señal que padecemos de un serio déficit de patriotismo. Hemos tenido escasez de patriotas en nuestra historia. En lugar de un George Washington, que en el apogeo de su fama y poder renunció a la reelección que miles le pedían, dejándole en buen precedente a su nación, hemos tenido abundancia de políticos que se no han vacilado en traernos grandes calamidades en su afán de prolongar sus glorias o multiplicar sus billetes.
Pero la culpa ha sido también de todos. Una consecuencia del patriotismo es interesarse en política, que en su sentido original es la búsqueda del bien común. Muchos, so pretexto de que la política es muy sucia, adoptan la actitud cómoda de alejarse de ella. Dejan así el campo libre a quienes la buscan no para servir sino para servirse de ella. Y después se lamentan de la falta de patriotismo, de quienes ellos dejaron entronizarse.
El autor fue Ministro de Educación y Rector de Ave Maria University.
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