La diferencia entre Obama y Chávez es que, cuando el partido de aquél obtiene menos votos que su opositor eso se traduce en menos representantes en el Congreso, mientras que el del bolivariano igual consigue la mayoría en la cámara legislativa, pese a haber perdido la elección.
Obama ha reconocido “la paliza” y se ha hecho cargo de su responsabilidad. Chávez, recordémoslo, dijo que el resultado no tenía nada que ver con él —pese a que desde un primer momento sostuvo que se trataba de un plebiscito sobre su presidencia— y además negó los números y dijo que había sido un triunfo, e incluso recibió las felicitaciones de sus colegas progresistas del continente. Y no se quedó ahí, tras la derrota, radicalizó sus políticas ignorando totalmente el mensaje de los venezolanos. En una especie de “fiebre y orgía” avanzó en materia de ocupaciones, estatizaciones, expropiaciones, nacionalizaciones, salpicadas con viajes y periplos a los puntos más extremos del planeta y de las ideologías, firmando acuerdos y contratos de compras y estrechando abrazos doctrinarios y religiosos “en reiteración continuada” como dicen los criminalistas.
Tengo un colega venezolano con quien cada tanto intercambio figuritas, al que llamé hace unos días para consultarle sobre este nuevo empuje chavista.
—¿Qué pasa con Chávez, se volvió loco?
—¿Cómo que se volvió? —ironizó mi colega que acto seguido me advirtió sobre los contagios y parecidos entre algunos líderes progresistas del continente.
Lo que Chávez hace —me dijo— es lo que hizo el fallecido Néstor Kirchner después de perder las legislativas en Argentina. Ante el rechazo popular, suben la apuesta, salen a buscar enemigos grandes y si es preciso en ese empeño se suicidan; ellos y con ellos la nación entera. Son locos del poder. Hacen agujeros en el bote en el que están metidos todos, y son los que tienen el taladro en la mano. Meten miedo, muchos se asustan, y los timoratos, los cobardes y los oportunistas y trepadores pasan a formar una especie de muro que los protege.
Y hablando de diferencias, según mi colega, la existente entre Chávez y los Kirchner es que éstos han malgastado y mal aprovechado una buena época comprometiendo el presente y quizás parte del futuro de los argentinos, lo que le costara años recuperar. En cambio Chávez ha despilfarrado, ha regalado y enajenado el presente y el futuro de los venezolanos y las chances de recuperación parecen casi nulas. Los venezolanos, dice mi colega, no sabemos cuán “vendidos” estamos. Esos contratos, esos acuerdos comerciales, esos convenios de amistad, de intercambio, de complementación, de defensa, ¿qué dicen?, ¿esos papeles en cuánto y hasta cuándo comprometen a Venezuela y los venezolanos? ¿Qué pasará cuando Chávez no esté? ¿Qué vendrán a reclamarle a Venezuela los amigos de hoy de Chávez —Brasil, España, Cuba, Irán, Rusia, Francia—, con “acuerdos soberanos” en la mano? ¿Nos pasará lo que a Paraguay con la herencia que le dejó el dictador Stroessner a favor de Brasil con Itaipú?
Esta vez mi colega más que respuestas me dejó preguntas y más que diferencias me habló de parecidos. O por lo menos observó como cada vez se da más el hecho de que cuando hay negocios de por medios se lima cualquier diferencia y los principios pasan a segundo término y con ellos los verdaderos intereses de la gente. Así que, por más que se insulten, Chávez le va a seguir vendiendo petróleo a buen precio a Obama y éste se lo seguirá comprando.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A