Una gran lección de democracia

Las elecciones legislativas y de gobernadores en Estados Unidos, realizadas el recién pasado martes 2 de noviembre, fueron una gran lección de democracia para todo el mundo y han motivado comentarios de toda clase, dentro y fuera de ese país, así como cualquier clase de pronósticos sobre las consecuencias internas y externas que tendrán o podrían tener los resultados de esos comicios.

Entre los diversos aspectos de esas elecciones que se han analizado en la prensa internacional, resalta el que se refiere a la fortaleza de la democracia norteamericana fundada en la voluntad de los ciudadanos de Estados Unidos, para tomar libremente decisiones trascendentales y cambiar de opiniones políticas fundamentales, cuando lo consideran necesario y oportuno.

Al respecto uno de los enfoques más lúcidos que se han hecho durante estos días en la prensa internacional, sobre las elecciones del martes 2 de noviembre en Estados Unidos, es el de que estos comicios demostraron la vitalidad de la sociedad civil norteamericana, la capacidad de los estadounidenses para aprender de su experiencia y corregir sus errores, y la versatilidad para generar contrapesos al poder político establecido, como es el caso del movimiento conservador de los ciudadanos denominado Tea Party (es decir partido o fiesta del té, en alusión a un episodio histórico ocurrido el 16 de diciembre de 1773 en Boston, cuando todavía eran las 14 colonias y comenzaban a rebelarse contra la dominación colonial británica). Son estas admirables virtudes políticas de la sociedad y de la ciudadanía estadounidense, que lamentablemente no existen o no se manifiestan en los países hispanoamericanos, salvo excepciones como la de Chile, por ejemplo.

Los enemigos de Estados Unidos hablan a menudo de que la democracia en este país es formal y hueca, vacía de participación popular. Y aseguran que Estados Unidos se encuentra en una etapa terminal de decrepitud y agotamiento como gran potencia mundial y líder de la democracia occidental.

Sin embargo no puede ser decrépita una democracia en la que movimientos cívicos como el Tea Party surgen de lo más profundo de la sociedad para cuestionar el sistema de gobierno, a fondo pero de manera constructiva, y para rectificar las políticas de Estado que se están aplicando.

Es un absurdo decir que está agotado un sistema en el que los políticos escuchan democráticamente a los ciudadanos y cambian su conducta conforme a la voluntad de la población; y por lo tanto tienen capacidad para superar las crisis que son inevitables acompañantes del progreso histórico, las que convierten en nuevas oportunidades para producir cambios mientras se mantiene la continuidad. Un país con esos valores y virtudes siempre tendrá los recursos humanos, políticos y materiales indispensables para seguir marchando hacia adelante.

En este sentido hay que mencionar la ejemplar actitud del presidente Barack Obama, quien al día siguiente de la fenomenal paliza —como él mismo la calificó— que le asestaron a su Partido Demócrata los republicanos y el Tea Party, reconoció con honestidad su culpa por la catastrófica derrota, manifestó su disposición a hacer los cambios de rumbo que sean necesarios y se mostró dispuesto a trabajar en común con la nueva mayoría republicana que habrá en la Cámara de Representantes y en la nueva correlación de fuerzas que se creará en el Senado a partir del próximo enero.

En cuanto a las consecuencias que el contundente triunfo republicano tendrá en la política exterior de Estados Unidos, lo más importante a nuestro juicio es que los luchadores por la libertad y la democracia en todas partes del mundo, por lo menos tendrán más simpatías y mejores amigos en un órgano tan importante de decisión como es el Poder Legislativo estadounidense. El sólo hecho de que el comité de relaciones exteriores de la Cámara de Representantes sea presidido a partir del próximo enero por la congresista cubana-norteamericana Ileana Ross-Lehtinen, férrea crítica de la tiranía comunista de Cuba y defensora incansable de la libertad y la democracia para todos los pueblos de nuestra América; y de que la segunda persona más importante en el comité de relaciones exteriores del Senado será el senador republicano por Carolina del Sur, Jim DeMint, fuerte cuestionador de los regímenes populistas y autoritarios de izquierda en América Latina, significará un cambio positivo para los demócratas latinoamericanos, y por lo tanto para los nicaragüenses.

En términos estratégicos esto será mucho más importante que cualquier otra cosa que Estados Unidos quiera o pueda hacer por los pueblos latinoamericanos y del Caribe.

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