Luis Alberto Moreno

Ahora los innovadores están entre nosotros mismos

Recientemente América Latina y el Caribe han estado muy presentes en la prensa internacional, aunque no por las razones de costumbre.

Nuestra región se ha ganado el respeto de inversionistas y la envidia de gobiernos en otros continentes por su notable recuperación tras la recesión global. Los bicentenarios de la independencia y las elecciones presidenciales en Brasil provocaron amplias reflexiones periodísticas, dentro y fuera de la región, sobre nuestro promisorio futuro.

Los artículos describen a una región dinámica, lista para iniciar una década de prosperidad sin precedentes. Pero también advierten que para alcanzar nuestro verdadero potencial debemos resolver varias tareas pendientes.

En muchos casos, estamos trabajando para resolver esos problemas con soluciones que emanan de las propuestas de gobiernos, académicos, y el sector privado. Esto representa un gran cambio en la región. Históricamente hemos buscado inspiración en los países más desarrollados. Hoy los innovadores somos nosotros mismos.

Tomemos, por ejemplo, el caso de la infraestructura. El mal estado de las vías de transportes, ferrocarriles y puertos de América Latina y el Caribe, limitan nuestra productividad. Nadie duda de que debemos invertir más en obras y mantenimiento.

Hay países que están trabajando precisamente en ello. Colombia ha desarrollado un sistema de transporte y logística de calidad mundial. Uruguay está modernizando sus puertos. Perú y El Salvador han perfeccionado programas donde empresas locales mantienen carreteras y caminos rurales. México se ha convertido en un líder de la energía eólica. Panamá está creando uno de los ejes comerciales más eficientes del planeta.

En otras palabras, nuestra región puede diseñar, construir y mantener infraestructura de primer nivel. Entonces, ¿por qué no lanzar un esfuerzo regional para modernizar e integrar rápidamente nuestra infraestructura?

Muchos analistas advierten que invertimos poco en investigación científica y desarrollo tecnológico. De hecho, aún dependemos demasiado de nuestras exportaciones de materias primas. Existe una alternativa y Brasil es un ejemplo de ello. La mayor economía latinoamericana se está convirtiendo en una superpotencia agroindustrial, en gran medida, gracias a los descubrimientos de EMBRAPA. A pesar de su impactante trabajo en cultivos híbridos esta entidad estatal de investigación es poco conocida fuera de Brasil.

Entonces ¿por qué no desarrollamos instituciones similares a EMBRAPA y nos convertimos en líderes tecnológicos en sectores estratégicos como la energía renovable?

La calidad de la educación es uno de nuestros flancos más débiles, pero esto puede cambiar. Gracias a una profunda reforma educativa, entre 2001 y 2006, los estudiantes chilenos registraron el mayor progreso en los exámenes de lectura entre los 57 países que participaron en las pruebas internacionales conocidas como PISA. Uruguay, que obtuvo el mejor puntaje en matemáticas entre todos los países latinoamericanos que participaron en las mismas pruebas, está entregando computadoras portátiles a todos los niños en sus escuelas públicas. Trinidad y Tobago está invirtiendo buena parte de su renta gasífera en transformar su sistema educativo, desde el preescolar a la universidad.

Aprendiendo de estos países, ¿por qué no lanzamos programas mucho más ambiciosos en toda la región para mejorar la calidad de la educación?

La violencia suele empañar los múltiples logros de nuestros países. Pero no es un problema sin solución. En mi país, Colombia, varias ciudades donde cundía el crimen, han restablecido el orden mediante programas que combinan mejoras de infraestructura básica con vigilancia policial comunitaria y servicios sociales en zonas de alto riesgo. En Brasil, el estado de Sao Paulo redujo su tasa de homicidios en 70 por ciento luego de mejorar la gestión de su policía y concentrarse en la captura de criminales. Por lo tanto, ¿por qué no compartimos esas estrategias para mejorar la seguridad en toda la región?

La conclusión es clara: podemos resolver nuestros problemas, si entre todos aprendemos de los éxitos logrados por nuestros países vecinos. De hecho, el Banco Interamericano de Desarrollo está financiando proyectos que buscan innovar y replicar llevando a gran escala soluciones autóctonas en sectores como el microcrédito, la asistencia social y el transporte limpio, entre mucho otros. Es parte de nuestro enfoque profundizar la integración Sur-Sur, condición clave para liderar el crecimiento global económico en la próxima década.

Ciertamente podemos encontrar refugio en excusas transitorias. Pero en un momento en que nuestra región está tomando las riendas de su propio destino tenemos la oportunidad y la responsabilidad de ser ambiciosos. ¿Por qué no serlo hoy y ahora?

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