Una de las más cautivantes leyendas de la antigüedad es la del rey Midas, a quien los dioses concedieron el poder de convertir en oro cuanto tocase. Extenuado, después de recorrer su palacio convirtiendo en oro objetos y muebles ante la mirada atónita de sus cortesanos, el rey ordenó que le prepararan la mesa. Sin embargo, cuando levantó la copa para brindar por su suerte y saciar su sed, copa y vino, se convirtieron en oro.
Quiso comerse una manzana y ésta se endureció en sus manos. La miró con espanto y arrojó temblando la manzana convertida en heraldo de muerte. Sus cortesanos lo contemplaban impotentes, unos con lástima, otros con desprecio. En vano, los increpó enfurecido y, luego, les extendió los brazos suplicando ayuda. Al ver que todos se apartaban, rompió a llorar implorando a los dioses ser despojado del poder que antes había anhelado. Poco después, Midas murió de hambre y tristeza, yaciendo en lecho de oro, sin que su esposa e hijos, que al tocarlo se habrían convertido en estatuas de oro, aceptaran brindarle el consuelo de un beso.
Esta leyenda debería hacer reflexionar a quienes cifran su confianza en el poder y las riquezas. Hay quienes, seducidos por empresarios o políticos enriquecidos, aunque sea por medios oscuros, comentan con admiración y envidia: “Es un verdadero Midas: convierte en oro todo lo que toca”.
El que llega al poder es similar al rey Midas: le basta un gesto, una palabra para ver cumplidos sus deseos. Lamentablemente, son pocos los que, rodeándose de sabios consejeros y apartando a los aduladores, se dedican a cumplir lo que prometieron para ser electos.
Tal es el caso del demócrata-cristiano Patricio Aylwin, primer Presidente de Chile después del período pinochetista. Jamás nadie osó insinuar la sospecha de un acto de corrupción o de abuso de poder. Sin menguar su talante aristocrático, “Don Patricio”, como lo llama todo mundo, irradiaba sencillez y bonhomía. Cuantos se le acercaban —grandes y pequeños— se iban convencidos de que Don Patricio los había escuchado con genuino interés y simpatía. Su esposa, con innata elegancia y sólo ataviada con joyas sencillas, lo acompañaba con discreción, sin jamás inmiscuirse en asuntos de Estado. Igual cosa puede decirse de la ex presidenta socialdemócrata Michelle Bachelet. Ésta y Don Patricio terminaron sus mandatos con mayor popularidad que cuando comenzaron. En contraste, otros gobernantes irradian mediocridad y, como verdaderos anti Midas, contagian cuanto tocan con su vulgaridad y su insolente prepotencia.
El verdadero líder construye y ejerce su liderazgo sirviendo a su pueblo con honradez y entrega. El gobernante y los diputados que no sólo hablen de cristianismo sino que imiten en su vida privada y pública al dulce y humilde Maestro de Galilea, serían auténticos Midas sociales para nuestro pueblo trayéndole empleo, educación, cultura y prosperidad en un clima de paz y fraternidad. Los que así actúen serían una bendición para su familia, su partido y la nación entera.
Ver en la versión impresa las páginas: 9 A