Desde el principio de los tiempos Dios omnipotente, creador de todo lo que existe, al crear al hombre, su criatura predilecta, a su imagen y semejanza dándole inteligencia, libertad y voluntad, le dio raciocinio para utilizarlos debidamente según su criterio; y con ello también le dio el dominio temporal de buena parte de su creación que, siguiendo su mandato de creced y multiplicaos, ha venido sucediéndose de generación en generación.
Él, por su infinito amor a sus criaturas, ha querido que éstas, si en su tiempo cumplen su misión terrenal, llevarlas al disfrute de su reino celestial. Por ello Él, que es fuente de absoluta sabiduría, en todos los tiempos se ha valido de los profetas como sus emisarios, que han tenido y tienen la misión de orientar a sus criaturas a transitar por el camino del bien, el que se sintetiza en el cumplimiento del decálogo que dio al profeta Moisés en el Monte Sinaí.
En dicho decálogo, que es la fórmula ideal para la convivencia humana, se han fundamentado las leyes de la mayoría de los pueblos civilizados. Los que de cierta manera cumplen las leyes constituidas, han mejorado en parte su existencia; y quienes personalmente la aplican a su vida cotidiana, aún surgiendo obstáculos y sinsabores, con la misericordia divina se logran vencer; y así, tratando de cumplir a cabalidad viven su vida a plenitud de aquí a la eternidad.
Pero, cuando las leyes constituidas son adulteradas, por farisaicos políticos supuestos representantes del pueblo; y tergiversando la política caen en la falaz politiquería, buscando únicamente su propio beneficio con fines ególatras, a costa del hundimiento del país que suponen representar. Así quienes han caído en tales desviaciones, aunque disfruten del sucio beneficio, semejante al obtenido por Judas, a su tiempo pagarán con creces.
Desafortunadamente tal situación es la que está pasando nuestra sufrida Patria, por causa de unos cuantos sinvergüenzas que han hecho de la tergiversada política una sucia profesión politiquera, a la que se han acostumbrado tanto que aún a sabiendas del daño que hacen no la quieren dejar. George Bernard Shaw tiene mucha razón en aquella frase suya que dice: Los políticos y los pañales se han de cambiar a menudo y por los mismos motivos. Pero como en todo, hay algunas valiosas excepciones.
La política es algo innato en el ser humano. Según el diccionario es el arte de saber gobernar, pero cuando tal sentido se degenera, cayendo en lo que con pena se debe reconocer que se ha caído en las principales instituciones del Estado, como en un artículo anterior lo dije, es una contagiosa pandemia, de la que sólo haciendo vida los principios cristianos, morales y cívicos se puede estar exento.
Yendo con mi hijo y mi único biznieto, en este septiembre, comentando el tema que en casi toda ocasión por la triste realidad tiene que salir a flote, les decía que el civismo faltaba más que todo por falta de educación, ya que hace tiempo retiraron del programa educativo los temas de moral y cívica, lo que a algunos se gravó en nuestra conciencia; y qué, ya éramos muy pocos los quijotes. Al niño le dije que si él quería serlo y, alegremente me dijo: sí, sí.
No perdamos la esperanza. Ésta, con la ayuda de Dios, debe cifrarse en la juventud y en el arrepentimiento de muchos, no como el de Judas, sino emulando al apóstol Pedro. Ya que Cristo Jesús con su martirio ha querido a todos redimirnos.
El autor es miembro de Ciudad de Dios y Redemptor Hominis.
Ver en la versión impresa las páginas: 9 A