El sentido de las celebraciones de septiembre —mes de la Patria que está por terminar— no era solamente marchar en vistosos desfiles, sino meditar sobre hechos que se consideran fundamentales en nuestra historia. Sin esta reflexión las fiestas patrias serían mero “címbalos que resuenan”; rituales que no ayudan a mejorar.
Una de las lecciones más valiosas del Septiembre de 1856 son las calamidades que ha causado el partidismo y las bendiciones derivadas de superarlo. Desde su independencia Nicaragua se vio desgarrada por una racha de guerras civiles conocida como el período de la anarquía (1824-1856). Sus causas fueron el faccionalismo y el localismo, reflejo a su vez de uno de los problemas más profundos de nuestra historia: la falta de un sentido nacional, es decir, de un sentido de pertenencia a una colectividad que está por encima de nuestras lealtades locales, familiares o grupales.
Pablo Levy, autor de una de las mejores descripciones de la Nicaragua del siglo XIX, observó que de estas guerras “data la extraña costumbre de que, en Nicaragua, cada ciudadano se considera como obligado a formar forzosamente en las filas de un partido; nace, por decirlo así, afiliado a él; arriesga su vida únicamente por no soportar la humillación de ser gobernado por el partido contrario se acostumbraban a la desdichada idea de apoyarse sobre la fuerza para gobernar, y de gobernar para adquirir bienes ”
Algo similar expresó nuestro historiador Gámez: “Todo leonés por el hecho de pertenecer a la localidad, se consideraba liberal desde su nacimiento. Granada, la poderosa rival de León, era por razón del antagonismo, el centro del partido contrario. En consecuencia, todo granadino, desde la cuna, era considerado como conservador hasta la muerte. Los pueblos del Estado observaban la misma rigurosa clasificación y pertenecían ciegamente a Granada o a León, estando pronto a derramar su sangre en defensa de una u otra ciudad”.
El saldo de estas rivalidades fue terrible. Al final, casi se pierde el país cuando uno de los bandos —los democráticos con Máximo Jerez a la cabeza— trajeron a William Walker en 1855. Afortunadamente, la guerra librada contra éste produjo por primera vez la unidad de los nicaragüenses. En palabras de Pablo Antonio Cuadra, “fue la guerra nacional contra el invasor filibustero la que produjo la primera vivencia colectiva profunda del “nos” nacional”.
La superación del faccionalismo llevó a la victoria y permitió el período más pacífico y republicano de la historia de Nicaragua, la época de los treinta años (1863-1993). Por un tiempo la enseña azul y blanco pareció prevalecer sobre las banderas partidistas, aunque las viejas rivalidades seguían latentes. Con la dictadura zelayista (1893-1909) volvieron a recrudecerse los antagonismos entre conservadores y liberales. La mayor parte del siglo veinte pareció olvidar la lección de septiembre. Los líderes de ambos partidos favorecían a sus militantes y partidizaban, aunque en distinto grado, las instituciones públicas. La revolución sandinista de 1979 llegó a niveles aún más altos la confusión partido estado. Sus militantes cantaban con más fervor el himno del FSLN que el nacional. La bandera roja y negra desplazó la azul y blanco.
Con el triunfo de doña Violeta en 1990 se abrió un paréntesis excepcional. Hubo una extraordinaria despolitización de los poderes del Estado. La Bandera Nacional adornó sola los edificios públicos y los libros de textos se denominaron, emblemáticamente, “Azul y Blanco”. Con Alemán se revirtió parcialmente el proceso al establecerse con el pacto cuotas partidarias dentro de dichos poderes y al revivirse la costumbre de hacer de los servidores públicos —que deberían ser nacionales e independientes— militantes leales a sus partidos. Sin embargo, siguió respetándose el uso exclusivo de la Bandera Nacional en el Estado y la apoliticidad de las fiestas patrias. En su discurso inaugural el presidente Bolaños dijo: “Hoy me quito la camisa roja y me pongo la camisa azul y blanco”.
Con Ortega la reversión hacia el partidismo comenzó desde su inauguración —que fue un acto de masas del FSLN—, con sus consignas e himnos partidarios. Hizo de las oficinas de su partido la Casa Presidencial —hecho insólito en cualquier república—. Izó la bandera rojinegra en los edificios públicos. Enfocó sus políticas asistencialistas hacia sus militantes y politizó las fiestas patrias. En vez de erguirse como un verdadero presidente nacional, Ortega prefirió seguir el curso de los caudillos que llevan en su corazón, no la bandera azul y blanco de todos los nicaragüenses, sino la mezquina de su facción, que sólo cubre una parte (partido viene de parte). Olvida así las lecciones de septiembre y vuelve a girar hacia el pasado oscuro que buscaron superar los patriotas de 1856.
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