Dice Mario Vargas Llosa que la caída del poder del dictador de Venezuela, Hugo Chávez, “no será en unas elecciones, sino por la movilización de la población contra la descomposición interna de un régimen totalmente corrupto”. Obviamente, esta tesis de Vargas Llosa es válida también para Nicaragua.
El consagrado escritor de origen peruano —y recio luchador por la libertad en todas partes del mundo—, expresó esa opinión al comentar las elecciones de diputados a la Asamblea Nacional de Venezuela, que se realizarán este domingo 26 de septiembre. Hablando para uno de los más importantes periódicos de Alemania, el Frankfurter Allgemeine Zeitung, que publicó sus declaraciones el domingo pasado, Mario Vargas Llosa advirtió que le “parece difícil que se puedan celebrar hoy elecciones libres en Venezuela. Una lástima —agregó—, porque estoy convencido de que la mayoría de los venezolanos están contra Chávez, especialmente entre la clase media, ámbito académico, sindicatos. Pero temo que se manipulen esas elecciones”.
Al expresar su tesis de que en las condiciones políticas de Venezuela el dictador Hugo Chávez sólo podría ser derribado del poder por movilizaciones populares, no mediante elecciones, Vargas Llosa igualó de hecho la situación de ese país con la de Nicaragua. “Por encima de las diferencias entre los distintos países, tanto Chávez como el boliviano Morales, Rafael Correa, en Ecuador, y Daniel Ortega, en Nicaragua, se comportan como caudillos latinoamericanos de la peor especie”, señaló el prestigioso intelectual internacional. Ciertamente, igual que lo hiciera Adolfo Hitler en Alemania, los mencionados “caudillos latinoamericanos de la peor especie” han usado los mecanismos de la democracia para tomar el poder, pero una vez arriba pisotean y niegan el sistema democrático.
En el caso de Nicaragua, no cabe ninguna duda de que Daniel Ortega está creando las condiciones para mantenerse indefinidamente en el poder y afianzar su nueva dictadura. Con sus atropellos a la Constitución y las leyes, Ortega demuestra que no está dispuesto a entregar el poder por medio de elecciones. Por su parte, con descarada arrogancia totalitaria el antiguo titular del represivo Ministerio del Interior (Mint), Tomás Borge, ha proclamado que el FSLN hará todo lo que crea necesario, para no volver a entregar el poder. Declaraciones siniestras, las de Borge, que Radio Corporación repite varias veces todos los días para alertar a la ciudadanía democrática nicaragüense sobre la trágica suerte que le espera, si no se decide a sacudirse de encima esta nueva dictadura.
Sin duda que lo mejor sería que hubiese otra vez elecciones libres en Nicaragua y que se pudiera recuperar la democracia por la vía electoral, como se conquistó en febrero de 1990. Pero si es el mismo Consejo Supremo Electoral corrupto y fraudulento que encabeza Roberto Rivas, el que va a organizar las elecciones del próximo año; y si éstas se realizan a base de las mañosas reglas de juego que ha impuesto el régimen orteguista, aunque se volcara una montaña de votos a favor de un auténtico candidato democrático —como podría ser don Fabio Gadea Mantilla—, dichas elecciones serían una farsa para revalidar a Daniel Ortega en el poder y afianzar su nueva dictadura.
¿Estamos diciendo, entonces, que la oposición democrática no debe participar en las elecciones del próximo año? De ninguna manera. A nuestro juicio la oposición tiene que participar en esos comicios, pues no debe desaprovechar ningún espacio de lucha para impugnar a la dictadura orteguista. Pero debe tener claro que no es por la vía electoral que podrá, por ahora, desalojar del poder a Daniel Ortega y su partido. En todo caso, lo fundamental será que en la campaña electoral del próximo año la oposición movilice a los ciudadanos para defender el voto democrático en las calles, cuando el orteguismo lo robe o lo quiera robar.
En realidad, la participación en las elecciones y en cuanto espacio de lucha permita la dictadura y la misma oposición pueda conquistar, debe ser aprovechada con el fin de organizar y preparar a la población democrática para las batallas decisivas que será necesario librar, en el momento oportuno, por la recuperación de la libertad y para que Nicaragua vuelva a ser una república democrática.
Una oposición inteligente no renuncia a ningún espacio de lucha. Y si, aparte de esa elemental consideración táctica, fuese posible que las elecciones de 2011 sean libres y transparentes, con una observación electoral nacional y extranjera confiable y teniendo la mínima seguridad de que los votos serán contados y asignados honestamente, esto, que sería un milagro político, seguramente que lo sabrían aprovechar las fuerzas democráticas nicaragüenses.
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