Pedro J. Chamorro B.

Lo nacional es nacional

En los recién pasados días patrios todos los nicaragüenses fuimos testigos de cómo un acto tan solemne como es el juramento a la Bandera Nacional, fue convertido en un acto partidario, de culto a la personalidad y promoción del continuismo de Daniel Ortega.

El juramento a la bandera de los estudiantes fue sustituido por un improvisado juramento acomodado a la visión actual de Ortega, secuestrado por el Alba, al que sólo le faltó incluir directamente una alusión a Hugo Chávez o a los países comprometidos con el “socialismo del siglo XXI”.

La bandera nacional fue opacada por la bandera rojinegra del partido de gobierno y los estudiantes rindieron pleitesía, no a la bandera, sino a la figura del “nuevo prócer” que ha sido colocada en gigantescos rótulos luminosos al lado de la de Darío, Sandino y Andrés Castro.

Ya habíamos avanzado bastante en la despartidización del Estado durante los gobiernos democráticos, que ahora llaman “neoliberales”, pero Ortega se ha encargado de revertir todo eso, y convertir al estado en un gigantesco aparato de propaganda, en que no se salvan ni los días patrios.

Prueba irrefutable de cuánto hemos retrocedido en los últimos tres años, es que en estos días se publicaron dos editoriales de mi padre, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, alusivos a las Fiestas Patrias de septiembre de 1969 y de 1970, que pareciera que fueron escritos para hoy.

En el que se titula “Un voto por la Patria”, mi padre propone un voto en contra de quienes confunden a la Patria con una persona y concluye “no existe mejor ocasión para hacer un voto en el sentido de buscar nuevamente como derrotar la ambición y el continuismo de quienes piensan sólo en ellos y no en Nicaragua, que durante estos días patrios. ¡Hagámoslo pues!”

En el otro titulado “Los desfiles y las Fiestas Patrias”, mi padre dice: “Los próceres son otra cosa, pero a los próceres no se les da su sitio, sino que en vez de ellos, se entroniza a los que no son próceres y hacen todo lo contrario de lo que soñaron hacer aquéllos, cuando fundaron la República o la liberaron de las cadenas coloniales”.

Refiriéndose al culto a la personalidad del aquel entonces decía: “Así fue el año pasado y no parece haber muchas esperanzas de que algún año sea distinto”.

Y fue distinto años después de que mi padre escribió estas líneas. Hubo una época en que los desfiles patrios fueron distintos a partir de 1990, fue cuando que no ondeaban banderas partidarias, los presidentes llegaban puntuales a los actos para que los jóvenes no tuvieran que aguantar tanto el sol o la lluvia y se hacía el juramento solemne a la bandera a como lo establece el decreto legislativo 50-90 del 30 de septiembre de 1990.

Hoy cualquier acto público, cualquier inauguración o incluso las Fiestas Patrias, se contamina de las banderas partidarias y se convierte en un acto de propaganda y culto a la personalidad.

El 14 de diciembre de 1979 publiqué en LA PRENSA un artículo con el mismo título del que hoy escribo, porque entonces lo nacional se quería confundir con lo partidario, incluso los pasaportes provisionales que entregaba el gobierno sandinista tenían en la carátula la bandera rojinegra en lugar de la bandera azul y blanco. Recordemos que en todos los edificios públicos ondeaba la bandera del FSLN por encima de la Bandera Nacional.

Criticaba en dicho artículo hace 31 años que la Policía Nacional Sandinista, recién formada, en lugar de quitarle el apellido partidario, el comandante Borge anunció que lo que le quitarían sería el “nacional” y así quedó: Policía Sandinista. Que el Ejército Popular Sandinista, recién formado, no tuviera apellido partidario, porque entonces quería decir que iba a ser un ejército del partido y no un ejército nacional, en la mejor tradición de las dictaduras.

Tomó mucho tiempo que estas dos instituciones no sólo cambiaran de nombre, sino que se profesionalizaran y se convirtieran en instituciones apartidarias. Todo esto quiere ser revertido nuevamente por Ortega, que en cada oportunidad que tiene trata de que estas dos instituciones demuestren su lealtad hacia él, hacia su obsesión reeleccionista y no hacia la Constitución, que se lo prohíbe expresamente.

No en vano a menudo les recuerda su pasado partidario y parece añorar la época en que estas dos instituciones no eran nacionales sino que pertenecían de nombre y de hecho a un partido político.

Cierro con el mismo cierre del artículo que escribí entonces, porque tiene tanta vigencia ahora como en 1979: “Lo nacional es nacional, lo nacional no admite posesión, lo nacional es de todos los nicaragüenses, sin distingo de colores políticos”.

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