Una vez más pasaron las Fiestas Patrias igual que siempre. Niños desfilando; banderas en el aire; sol; sudor y desmayos; decretos de funcionarios; semanas patrias; discusiones sobre si éste es el Escudo, o es aquél; todo eso, y un juramento pronunciado por los niños sin oír lo que juraban, y dichos por los mayores sin pensar mucho en lo que decían.
¿Y qué dice realmente ? Posiblemente hay menos de cinco nicaragüenses que lo recuerdan. Tal vez el mecanógrafo que año con año lo escribe si es que no lo cambian a él de puesto también año con año; o quizá lo sepa algún viejo archivero de Educación Pública tal vez, pero lo cierto, es que no deben de pasar de cinco quienes saben de memoria ese juramento.
Por eso una niñita que escribió al Ministro de Educación Pública antes del desfile, tuvo mucha razón al decir: “En realidad no juramos nada” y también en agregar: “Lo que Nicaragua necesita es ACCIÓN” y en otra frase “con este desfile obligado lo único que se logra es que le tomemos aversión a las Fiestas Patrias”.
Y es verdad, creemos nosotros. Mientras los niños se levantan a las seis de la mañana, y desde esa hora están rataplan-plan-plan, rata-rata plan, cogiendo sol y sintiendo los escalofríos del sudor rodar por mejillas, brazos y piernas, las autoridades se arrellanan cómodamente en una tribuna. Llegan a las nueve; se han levantado a las ocho, y dicen un discurso de nueve a diez, frescos, tranquilos, viendo desfilar delante de ellos a cientos de niños, para quienes todavía la imagen de una Patria en todo el sentido de la palabra, no existe ni puede existir con las cosas que pasan aquí, y que hacen, precisa y principalmente quienes dicen representarla los casos oficiales.
Los próceres son otra cosa, pero a los próceres no se les ha dado su sitio, sino que en vez de ellos, se entroniza a los que no son próceres y hacen todo lo contrario de lo que soñaron hacer aquéllos, cuando fundaron la República o la libertaron de las cadenas coloniales.
Claro, si los niños supieran que van a ir a desfilar realmente delante de Larreynaga, o de José Dolores Estrada, o su desfile de ahora tuviera una motivación más auténtica, más verdadera, quizá no protestarían. Pero ir allí, disfrazados los unos de soldaditos de chocolate, y con sus faldas de gala las otras, ir a oír discursos huecos, y a nada más, pues naturalmente debe desilusionarlos.
Otra cosa, es que la Patria, la pobre Patria con tantos problemas que le pasan, presenta ya una imagen de deterioro bastante notable. Porque la Patria no es sólo una bandera, ni un escudo sino el territorio nacional, y el pueblo, tan golpeados ambos, tan vejados, tan disminuidos en sus derechos, que en el fondo, la Patria está bien menguada. Y esto lo saben y lo sienten los niños, quizá con mucha más fuerza que los mayores. Lo saben los jóvenes para quienes la situación actual es insoportable, y sabiendo eso carecen de respeto por las autoridades, esos señores que se hacen presentes en el desfile ya cuando ellos, los niños, los jóvenes, tienen unas tres horas de estar rataplan-plan-plan, pateando el pavimento, y ven que llegan las autoridades, a decirles en sus discursos que hay que hacer todo lo contrario de los que las autoridades hacen. Porque hablan de respeto a los derechos humanos, de engrandecer a la Patria, de la soberanía nacional, y de tantas cosas, como si fueran próceres, cuando la verdad es, como decimos, que hacen todo lo contrario, todo al revés de lo que dicen, y de lo que hacían los próceres.
Pero es igual que siempre.
Así fue el año pasado también, y no parece haber muchas esperanzas de que algún año sea distinto.
Esperemos, sin embargo. Esperemos cualquier cosa, y lo menos que debemos de esperar es que los niños de hoy, cuando sean mayores, recuerden estas experiencias de ellos en las Fiestas Patrias, para que no imiten a los grandes de hoy, sino a los viejos próceres que no hacían desfiles ni decían discursos, pero sí con su acción heroica y fantástica, construían patrias.
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