Hoy celebras entre el júbilo de tus hijos el 154 aniversario de la Guerra Nacional, que tuvo por referencia sobresaliente la hacienda San Jacinto, donde al calor del nacionalismo los héroes de aquella venturosa jornada demostraron por ti lo que vales, y lo que sigues significando por tus conceptos patrióticos, cuando al pie de tu Bandera los que en verdad te honran te ofrecen a diario sus caros sentimientos, al contrario de los que siguen pensando que eres nada más un patrimonio de útiles beneficios.
La historia nos enseña que te debemos deberes y obligaciones, y que ellos en su conjunto son comunes desafíos para repeler en cualquier terreno lo que se pretenda hacer en contra de tu integridad, porque has nacido para enmarcar a una nación respetada, hidalga, y expresiva en tus formas de ser, y no la Nicaragua avasallada que los villanos de los nuevos tiempos han pretendido hacerte “olvidando” que vienen de tus entrañas. Muchos fueron los nicaragüenses que salieron en tu defensa en aquella aurora del 14 de septiembre de 1856; ellos oportunamente dieron el tributo de su heroísmo para demostrarte que por su sangre corría una indeleble pasión que se ratificó con hechos en los momentos más álgidos de la lucha armada.
Sobre los corrales de piedra se impuso el patriotismo y la ferocidad de tus combatientes pudo vencer a cuantos filibusteros cayeron atrapados. Quisieron hacer de tu territorio una colonia, pero tales empeños quedaron reducidos a la frustración bélica, y mientras cuentes en tu haber a una juventud crecida en ideales será muy imposible que fuerzas extrañas invadan tu suelo. Para hablar del heroísmo de tus hijos, basta citar la hazaña de Andrés Castro. Ese incuestionable soldado que la historia venera y lo sitúa en sus honrosas páginas, como lo ha hecho también con José Dolores Estrada, Patricio Centeno, Juan Gómez, este último originario del municipio de Palacagüina, departamento de Madriz, quien sostuvo contra los invasores una gigante actitud según lo revela en sus memorias el laureado historiador doctor Emilio Gutiérrez Gutiérrez, cuyo acucioso talento es un prestigio para las letras nicaragüenses.
No puedo dejar de escribirte sin antes traer a esta columna la coqueta majestuosidad de tus paisajes, que en amenos amaneceres son como un verso de amor. O hablarte también del encanto angelical de tus mujeres, de esas musas que viven en el idioma eterno de quienes les rinden una dulce admiración.
Eres la Patria Grande que soñaran Rubén Darío y el doctor Jorge Robledo Ortiz; bella como una flor en primavera, que te asemejas a un lirio que nace a la orilla de una fuente; pero estando consciente de otras realidades que atentan contra la tranquilidad nacional penden sobre vos las virtuales amenazas de la reelección presidencial por la cual el sandinismo-orteguista pretende con el voto de los ingenuos, y de los piñateros que han destruido tu economía, prolongar una miserable dictadura que a toda prueba no es conveniente. Esta en forma terminante acabaría con todas las libertades, como se produjo en la funesta década de los años ochenta cuando a este país le tocó vivir un Estado-Policía, y la Seguridad del Estado con métodos brutales imponía el terror para amedrentar las conciencias del verdadero pueblo que siempre desaprobó a una revolución que traicionó sus principios y su programa original, para convertirse en un medio de vida de muchos oportunistas.
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