“Todo poder es deber”.
Víctor Hugo
Una de las características de los regímenes neopopulistas es su similitud en el manejo de la masa bruta (políticamente llamada “base”) con los gobiernos del fascismo hitleriano y del llamado “socialismo real”. Hacen una obra y la mercadean como la más grande de todas en toda la historia patria, obtienen un éxito y lo presentan como que ya transformaron el país, con lo que intentan justificar su ambición desmedida de poder y de perpetuación en el mismo. El telón de fondo es la figura siempre presente del “Comandante”, son éxitos conseguidos gracias al “Comandante” ¡sin él seguiríamos siendo pobres! Sin él Nicaragua estaría a oscuras (mientras nos apagan las luces de derechos humanos y civiles producto de largos años de lucha por obtenerlos). Es la reiteración del mismo error en la historia universal y en la nuestra, de los hombres débiles que entregan todo al “hombre fuerte”, no a las instituciones. Es recorrer en la historia de la humanidad el mismo y craso error de apostar a las cualidades del caudillo por sobre el equipo humano, la ciencia, la técnica, el avance y no el retroceso en las formas modernas de la organización del Estado y la sociedad.
En Nicaragua hay aún ilusos formados bajo la doctrina del líder imprescindible que ven en el actual titular del Ejecutivo cualidades tan similares a las de los Somoza García y Debayle, que están encantados hasta con las versiones clonadas de la Nicolasa Sevilla. Y lo adornan con argumentos “académicos” como proclamar que hay que sacrificar la libertad por el desarrollo, que los pueblos prefieren los cambios cuantitativos materiales a los cualitativos espirituales, y que por tanto debemos, sumisamente, aceptar que el poder reforme la Constitución para facilitar su ambición reeleccionista, bajo la misma y vieja consigna que enterró a la dictadura “Somoza forever”.
“Todo poder es deber” nos enseña el inmortal Víctor Hugo y en nuestro caso debemos recordar a quienes lo detentan que no es absoluto, no es para siempre pues Nicaragua aún con todos sus embates en contra, continúa siendo una República.
Y a propósito del activismo desplegado por la Municipalidad de Managua y del gobierno en la realización de obras y en la manipulación de los efectos de sus programas sociales, recordémosles que ése es su deber.
Es falsa la afirmación — muy común entre los nicaragüenses— de que tal o cual obra la hizo tal o cual presidente. Eso es una manifestación de idiotez pues las obras se hacen con los impuestos que los ciudadanos pagamos o con recursos financieros de la siempre generosa cooperación internacional. Las obras las hacen los propios pueblos con la riqueza que genera su trabajo honrado. No las realizan presidentes o magistrados corruptos y sinvergüenzas que al amparo del poder político y bajo la protección del mismo, roban y se burlan de la voluntad mayoritaria de todos y cada uno de nosotros.
El problema medular es que aquí el Estado se nos está imponiendo como un patrón-capataz que se sirve del pueblo y no está al servicio del pueblo. (Para decirlo en lenguaje marxista “como un instrumento de dominación de una clase sobre la otra”) aunque aquí es de un partido sobre la nación.
La pretensión de los impulsores de este modelo en cuanto a que los nicaragüenses aceptemos tranquilamente que para obtener el pan y los frijoles, hay que renunciar a la libertad, y vivir en una democracia restringida, es uno de los grandes temas que marcarán para siempre la calidad de ciudadanos que decidamos ser.
Aceptar como justificación los grandes “logros” en la economía o en la reparación de las calles, en la implantación de este tipo de régimen, significaría que no merecemos ni ser libres ni ser demócratas.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A