El objetivo fundamental de la política es procurar el bien común a través de la actividad del Estado. Esto implica un esfuerzo por conocer cuáles son los factores que más pueden contribuir a dicho bien, para después apuntalarlos. El problema es que tanto el público como los políticos suelen omitir de sus agendas factores de primera importancia.
Si se analiza cuáles son los temas típicamente incluidos en los planes de gobierno, o en las propuestas de quienes aspiran a mejorar la sociedad, encontraremos invariablemente la economía, el gasto gubernamental, los impuestos, los servicios sociales (salud, educación, agua, etc.), la infraestructura, el funcionamiento de las instituciones, la ecología, la delincuencia, etc. Pero es raro que en la agenda aparezca el tema de la familia.
¿A qué se debe esta ausencia de la familia en la agenda nacional? Un posible factor es la creencia de que la familia es un asunto privado. Otro es pensar que las políticas públicas no pueden fortalecerla. La razón más importante quizás sea la ignorancia sobre el impacto que la salud de la familia tiene en la calidad de la vida social —a pesar de que décadas de investigaciones han comprobado que los niños crecidos en familias constituidas por un padre y una madre, unidos en matrimonio, tienen mayores probabilidades de crecer sanos y productivos, que los niños crecidos en familias dividas o inestables.
Hace un par de semanas estuvo en Nicaragua el profesor argentino Cristián Conen, quien compartía los hallazgos de una investigación realizada por la universidad de Princeton. Tras seguirle la pista a 60,000 jóvenes por más de veinte años, se descubrió que las probabilidades de desertar de la escuela eran 100 por ciento más altas en los jóvenes que habían sido criados sin la presencia del padre. Las probabilidades de que éstos padeciesen trastornos emocionales o de conducta era 300 por ciento mayor, igual que la de convertirse en delincuentes juveniles. A nivel nacional se encontró que el 70 por ciento de los abusos sexuales y los homicidios son cometidos por jóvenes que han carecido de padre en el hogar.
Las patologías inducidas por la disfunción familiar deberían ser causa de preocupación en países como Nicaragua, donde predominan las uniones consensuales inestables y el abandono paterno. De acuerdo con ciertos estudios, sólo el 20 por ciento de la población se ha criado con su padre originario. Cerca del 60 por ciento han sido criados sólo por las madres y un 20 por ciento por otros familiares. El matrimonio y la familia estable son minoría. La mayoría no se casa y no permanecen juntos. Cuando fui ministro de Educación, tuve oportunidad de observar cómo en las promociones casi todos los bachilleres varones desfilaban acompañados del brazo de sus madres, mientras menos del veinte por ciento de las bachilleras lo hacían con sus papás.
El padre es el gran ausente y esto tiene repercusiones educativas. Cuando hablamos de la importancia de la educación lo hacemos pensando principalmente en la escuela. Pero olvidamos que el primer educador y transmisor de valores es la familia. La escuela puede enseñar gramática y la tabla de multiplicar, pero valores como la responsabilidad, el respeto, la obediencia y la honradez se aprenden fundamentalmente en el hogar, viendo la conducta de los progenitores. ¿Y qué valores aprenderá el niño o la niña que ve llegar a su padre borracho y que después los abandona para juntarse con otra? Gran parte de nuestras patologías y de nuestros problemas éticos y sociales se originan en esta situación trágica.
No estamos en presencia de un tema privado, sino de uno que repercute tremenda y directamente en el bienestar colectivo. Interesa pues apoyar todo aquello que contribuya a fortalecer la estabilidad familiar. Desafortunadamente muchas veces se hace lo contrario; como cuando se facilitó el divorcio unilateral o cuando la Ley de Igualdad de Oportunidades estableció acceso preferencial al crédito y otros privilegios a las madres solteras —premiando así las uniones inestables y restando incentivos a los matrimonios estables, que tan útiles son a la sociedad—.
Deben crearse exoneraciones e incentivos fiscales, crediticios y de otra índole, que premien a las parejas responsables y promuevan los matrimonios. El casarse y permanecer unidos debe verse como algo ventajoso. El abandono paterno debe gravarse duramente. La estabilidad familiar, la conveniencia del matrimonio y la fidelidad conyugal deberían ser valores situados en el centro del currículo formativo de nuestra juventud; deberían ser enfatizados por iglesias, empresas y por todos aquellos que aspiran a mejorar Nicaragua. Si la célula fundamental de la sociedad no funciona bien, ¿podrá funcionar bien el resto del país? [email protected]
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