Dos condiciones inseparables

Según las encuestas independientes, la ciudadanía democrática de Nicaragua —que sin duda es la mayoría de la nación— quiere que se unifique toda la oposición, convencida de que esto es indispensable para salvar la libertad y la democracia; es decir, para impedir que Daniel Ortega imponga su candidatura a una nueva reelección presidencial, que la tiene prohibida expresamente por el artículo 147 de la Constitución. Pero además la unidad de la oposición es necesaria para derrotar al candidato que el FSLN ponga en sustitución de Ortega; para reconstruir la institucionalidad democrática y el ambiente que requiere la economía a fin de poder funcionar libremente, desarrollarse y crear prosperidad.

Pero ¿qué piensan y hacen al respecto los dirigentes de los diversos partidos y grupos de oposición? A juzgar por las apariencias, en la oposición se están haciendo esfuerzos por la unidad. Sin embargo es evidente que esos intentos están contaminados por la insinceridad, pues de palabra todos se proclaman unitarios y de hecho, algunos —si no es que todos o casi todos — actúan contra la unidad.

En realidad, en prácticamente todos los intentos de promover la unidad de la oposición —como el de la frustrada negociación para la unidad liberal en la que medió infructuosamente el Obispo de Estelí, monseñor Abelardo Mata, así como el de las primarias interpartidarias que a ratos pareciera que van pero en general da la impresión de que no irán—, se advierte el interés de ganar tiempo, en espera del momento oportuno para decir que “obligados por las circunstancias” cada quien irá por su lado.

Por otro lado, aunque se lograra unir a toda la oposición esto no bastaría. La unidad es sólo una de las dos condiciones indispensables para derrotar al orteguismo. La otra condición es garantizar que las elecciones del próximo año sean libres y limpias, que las votaciones las organicen y los votos los cuenten funcionarios honorables y confiables, y que los comicios sean vigilados en todas sus fases por una observación electoral nacional y extranjera amplia, independiente y creíble.

Se suele decir que si la oposición está unida y sus candidatos son respaldados con una montaña de votos, no hay fraude que valga. Pero esto es cierto sólo relativamente, depende de las circunstancias. En 1947, por ejemplo, la resistencia cívica de la oposición obligó al general Anastasio Somoza García a deponer su intención de reformar la Constitución y presentar su candidatura a la reelección. Entonces el dictador puso como candidato “de zacate” al doctor en medicina Leonardo Argüello Barreto y la oposición se unió alrededor de la candidatura del líder liberal independiente, doctor Enoc Aguado Farfán.

Las elecciones se realizaron el 2 de febrero de 1947 y la oposición recibió “una montaña de votos”: El doctor Aguado Farfán obtuvo alrededor de 150 mil sufragios y un poco más de 10 mil fueron para el candidato de Somoza García. Pero los que contaron los votos eran fichas del dictador Somoza García, así como Roberto Rivas y demás magistrados usurpadores del Consejo Supremo Electoral lo son ahora del dictador Daniel Ortega. Y lo que hicieron aquellos sinvergüenzas fue voltear los resultados, le adjudicaron más de 150 mil votos al doctor Leonardo Argüello, candidato de la dictadura de Somoza, y le reconocieron sólo unos 10 mil sufragios al doctor Enoc Aguado, el candidato democrático de la oposición unificada. Después el doctor Argüello Barreto intentó rebelarse al dictador Somoza García y quiso ser un verdadero gobernante, pero fue derrocado apenas 27 días después de su toma de posesión presidencial.

En los tiempos actuales, exactamente en noviembre de 2008, la oposición se unió para las elecciones municipales y las ganó ampliamente, pero el Consejo Supremo Electoral de Roberto Rivas y compañía aplicó la fórmula somocista de 1947, o sea que invirtió los resultados de las votaciones: le adjudicó a la oposición la minoritaria cantidad de votos que recibieron los candidatos oficialistas y la mayoría de sufragios que fueron emitidos para la oposición, se los anotó al FSLN.

De modo que la experiencia demuestra que la unidad de la oposición es indispensable para derrotar al adversario dictatorial, pero sin elecciones libres no sirve de nada. Y al revés, aunque hubiera elecciones libres, de nada servirían si los opositores se mantienen divididos. Ésa es la enseñanza de la historia. Por eso la lucha tiene que ser por la unidad, al mismo tiempo que por elecciones libres y limpias.

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