Alerta a maestros y padres de familia

Por Myrna Dávila Castellón

Cuando un niño o niña tiene alguna deficiencia física o intelectual —ya sea por ser gordo, bizco, manco, negro o feo— en las escuelas suelen burlarse los otros niños, ensañándose en esta criatura, que muchas veces no sólo no puede defenderse, sino que además es intimidado por sus propios compañeros, amenazándolo con hacerle peores cosas si los acusan ante sus padres y maestros.

Analizando estos casos —tengo exacto conocimiento de muchos— he llegado a la conclusión de que el maestro (o maestra) es el mayor culpable de estos abusos, porque cuando un niño se mofa –por ejemplo— del minusválido sabiéndolo el profesor, a veces éste con su silencio (pecado de omisión) le resta importancia, haciéndose de “la vista gorda” y contentándose muchas veces con decir “cállese” al niño agresor, en vez de corregir inmediatamente y dar en este mismo instante a toda la clase una buena exhortación o regaño; pero el maestro calla, so pretexto de que atrasará su clase, sin percatarse de que una buena reprimenda estimulará al niño lastimado.

Me contó un joven minusválido que después de haber sufrido en Primaria burlas y vejámenes de sus compañeros, todavía en Secundaria continuaban torturándolo cada hora en cada cambio de clase, lanzándole por detrás piedras en la cabeza y espalda, dejándolo todos los días extremadamente adolorido. Quejándose un día con el Director, éste se limitó a decirle: “No les haga caso”, a lo que él respondió: ¿Cómo no voy a hacerles caso si todos los días me masacran?

Muchas personas también sufren este viacrucis durante su niñez. Hace unos días me dijo un niño: “Me taladran el alma”, o sea que continúan los niños —como antaño— causando un auténtico calvario a sus compañeritos, por lo que me apresuro a escribir este artículo. Al niño en mención aconsejé comunicárselo a su maestra, pero me respondió: “Siempre que se lo digo, me contesta “No ponga queja”, y entonces ¿Con quién voy a quejarme?”. Supe de una profesora que maltrataba frecuentemente a un alumno inválido, llegando incluso a ordenar a los otros niños a perseguirlo hasta alcanzarlo, cuando éste se les “corría”, quienes también lo agredían física y verbalmente. Inverosímil, que por respeto a esta maestra —actualmente una ancianita—, omito su nombre y apellido.

Urge que maestros y padres de familia pongan esmerada atención cuando un niño se queja de estos abusos y no para su comodidad contestar “no ponga quejas”, ya que con esto están contribuyendo a una injusticia. Recordamos a los maestros que no sólo están para impartir clase, sino para formar consciencia moral y cívica —como antes—, orientando a los niños en el camino recto y honrado, en el respeto a sus semejantes, en el amor y temor de Dios. Es urgentísimo que los profesores vigilen a los niños para evitar estos abusos infantiles que se convertirán en verdaderas delincuencias si no son cortados a tiempo, debiendo llamar fuertemente la atención al aula entera, convocando después a los padres de familia para que aconsejen a sus hijos y los castiguen —si es necesario—, a fin de liberar para siempre a estas víctimas.

Igualmente confrontar al niño maltratado con sus verdugos para procurar la reconciliación, o recurrir a la expulsión –si hay reincidencias— para dar un buen escarmiento y ejemplo a la vez. Que los maestros en el futuro no se hagan de la vista gorda (2) con un simple “cállese” o “hagan silencio”.

Exhorto a los padres de familia a preguntar a sus hijos cada día si alguien les maltrató en el colegio, si fueron castigados y por qué, cuando los observen abatidos o se nieguen a asistir a clases; lejos de regañarlos, hablarles con amor para inspirarles confianza y hacerles decir la verdad.

No quiero omitir un ejemplo edificante que se da en Chile, donde una hermana mía observó que allá tienen la linda costumbre de presentar el profesor a todos los niños el primer día de clase, a un nuevo alumno minusválido, advirtiéndoles —aparte— que a este nuevo compañerito deben quererlo mucho, estimularlo y protegerlo, porque no tuvo la dicha de nacer fuerte y saludable como ellos, pero que es igual por ser hijo de Dios. Esta pequeña exhortación da como resultado que todos lo ayudan y respetan, llegando al colmo de que en los recreos lo cargan en hombros, turnándose entre todos.

En nuestras escuelas podría repetirse esta historia, pues no es nada difícil inducir a los niños al compañerismo, como lo hacen en nuestra hermana República de Chile. [email protected]

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