El sangriento fracaso del “socialismo real” (100 millones de muertos, utopía transformada en pesadilla desde 1917), único socialismo probado (y único posible según el pensamiento “científico”), excitó las fantasías de algunos de sus ex devotos: ahora proponen una nueva utopía, potencial repetidora del proceso utopía-pesadilla.
Algunos neo-utopistas ensamblaron un “transformer” con piezas del marxismo, tornillos del post-modernismo (corriente heterogénea que incorpora en su seno predominantemente a elementos de Marx, Freud, Nietszche) y tuercas de cristianismo adulterado, sin su esencia trascendental, instrumentalizado en este truculento engendro de Lego ideológico.
El humanismo de Marx es tema recurrente del neo-utopismo. Elemento básico del pensamiento de Marx fue su teoría de la plus-valía, piedra fundamental de su humanismo, su visión ética y su aguda crítica a la implacable explotación del capital industrial de entonces. Pero dicha teoría, inspirada en una justa indignación, resultó estrecha y además se fundó sobre ecuaciones algebraicas básicas. La plusvalía marxista explicaba que al valor lo produce únicamente el trabajo del obrero (por tanto, toda ganancia es robo al trabajador). Sin embargo, hasta en la URSS se ordenaron estudios a Nemchinov, Novozhilov, y Kantorovich, quienes aplicando programación lineal, incluyeron los recursos invertidos para determinar el valor del producto, y así asignar recursos a los centros productivos. El humanismo de Marx nació tanto de su solidaridad con el oprimido, como de lo que él consideraba la inevitable explotación del obrero mientras existiera propiedad privada. Tomar este humanismo como guía al futuro es decisión personal, aunque conviene considerar que aquél nació de una visión históricamente circunscrita, y no es el primero, ni el superior, ni el último tipo de humanismo. Entendido como filosofía moral, hay muchos humanismos: cristiano, (dentro de éste expresiones como la de Maritain); liberal; existencialista; socialista, y otros.
En el humanismo marxista apoyan los neo-utopistas sus propuestas sobre un maravilloso futuro neo-socialista, determinado ya no por fuerzas económicas (como sostenía Marx), sino por un imperativo moral-materialista, no más verdadero, ni demostrable, que la visión metafísica del marxismo sobre la finalidad de la historia. Cabe señalar que estas observaciones no implican defensa de toda acción del capitalismo, ni creencia en que es un modo de producción ideal, o eterno.
En contraste, los neo-utopistas continúan casados emocionalmente con la izquierda ortodoxa, y hasta con el caudillismo pseudo-revolucionario, que muestra en la realidad tangible (no en eclécticos devaneos teóricos), las desastrosas características del “socialismo del siglo XXI”. Aunque los neo-utopistas critican a ortodoxos y a caudillos, los defienden de ataques extra-familiares. Al estilo “Editorial Progreso”, un neo-utopista atacaba la afirmación de que no existe país sub-desarrollado que se haya desarrollado dentro del socialismo. Índices socio-económicos básicos lo demuestran. Pero los datos no preocupan al profeta.
No falta en el collage neo-utopista un injerto post-modernista, un reto a la epistemología, a las formas de pensar, a los métodos de investigación propios de Occidente, basados en la razón y también en lo experimental, reto a la cosmovisión profundizada desde la Ilustración, y a los métodos por los cuales Occidente, y tras éste el resto del mundo, adquirieron su ciencia, su técnica, su conocimiento, y muchos, su poder. El énfasis en la razón, quizás exagerado, encontró en el post-modernismo una reacción radical, aunque no la única, como lo mostrara el Romanticismo. En todo caso, aunque el postmodernismo clamó (entre otros temas) contra la pretensión de una ciencia axiológicamente neutra, (ya Zygmunt Baum decía que faltó a la ciencia la idea de contingencialidad), el post-modernismo nació recargado de extremos, de postulados que corresponden más a la ficción especulativa que a la ciencia. Para Lyotard, Braudillard, etc. la realidad es creada, no es dada, es una construcción social. No hay ciencia objetiva. No existe realidad independiente de la sociedad: Ésta la crea. Es imposible una ciencia sólida Pero lo cierto es que al mundo no se le puede imponer toda y cualquiera construcción imaginativa. Se puede creer en los Pitufos y en sociedades idílicas, pero no existen. Decía John Vásquez que la palabra realidad denota la resistencia del mundo a conformarse a cada concepción creada por los humanos. Hay por ello buenas y malas teorías. Una buena teoría debe ser certera, falseable en el sentido de Popper (contradecible por nuevos hechos y evidencias), explicativa, progresista como lo explicaba Lakatos, y consistente con lo conocido por otras ciencias.
Con la inclusión de ideas postmodernistas, los neo-utopistas buscan licencia para construir “realidades” ajenas a la realidad, patentes de corso no tanto para subvertirla como para falsearla, para retorcerla hacia sus delirios social-veinte-y-unistas. Esto incluye la propuesta ya señalada de “materializar” al cristianismo, despojarlo de su visión trascendente, algo tan distorsionador y anti-cristiano como anti-marxista sería un “marxismo” sin su núcleo materialista. Pero en fin, son las magistrales contribuciones de algunos filo-sofistas del siglo XXI.
Ver en la versión impresa las páginas: 13 A