A juzgar por el control casi absoluto del aparato estatal logrado por Daniel Ortega en sus tres años y medio de gobierno, dominio que amenaza con extenderse a la semiindependiente Asamblea Nacional, es fácil concluir que la oposición nicaragüense ha fracasado —al menos hasta la fecha— en sus empeños por detenerlo. A pesar de haberlo frenado en un par de ocasiones, la realidad es que Ortega —sea por temor a represalias jurídicas y/o violentas, sea por su propia habilidad política, sea por disciplina y persistencia partidaria, o sea por los irresistibles petrodólares— se ha salido casi siempre con la suya.
Encuesta tras encuesta demuestran que los nicaragüenses en su gran mayoría se oponen con vehemencia a las políticas, a los desaciertos y a los abusos del actual gobernante, pero igualmente revelan que ninguno de los líderes de las principales fuerzas políticas ha presentado el mensaje que cautive esa fértil audiencia. Y es justamente en ese vacío político, en esa debilidad opositora donde realmente radica la fortaleza y ventaja de Ortega.
A pesar del manifiesto deseo de contener el absolutismo de Ortega por parte de algunas —no todas— las diferentes fuerzas opositoras, lamentablemente toda la energía y el capital político disponibles han sido hasta la fecha enfocados en un escueto mensaje. Uno que se limita a demandar la sustitución de Ortega, pero que a su vez no propone un programa o proyecto alternativo de nación que sirva de aglutinador y que motive a la gran mayoría de la población a rechazar el proyecto absolutista. Un mero “quítate tú para ponerme yo”.
La carencia de este mensaje que, aparte de delatar y atacar los abusos y disparates del gobernante, proponga a su vez soluciones concretas al desempleo, a más y mejor educación, a accesibles programas de salud, en fin a soluciones que verdaderamente interesen y apasionen a la población, es inaceptable. Insistir en no hacerlo está desde ya provocando un clima de peligrosa indiferencia política que eventualmente podría resultar en un ausentismo electoral de graves consecuencias.
Hasta no escuchar ese mensaje será imposible aunar la fuerza política que pueda oponerse y posiblemente revertir la avanzada orteguista. El actual discurso de unidad —que todos pregonan, pero que evidentemente pocos practican— y la oportuna crítica al gobernante son necesarios y quizás indispensables, pero sin duda alguna insuficientes. Falta la pieza más importante del rompecabezas, aquella que motive salir a las calles y a luchar convencidas del valor de la misma y de la capacidad del proponente.
A poco más de un año de las elecciones presidenciales y con la maquinaria orteguista ya bien aceitada para la campaña reeleccionista —pese a su clara violación constitucional— es urgente la definición de un mensaje y un mensajero opositor que azuce la llama necesaria para que Nicaragua regrese a la senda democrática y de progreso que se había venido consolidando a partir de 1990.
Ese dirigente que no necesariamente, pero que bien puede salir del liderazgo actual, siempre y cuando sepa definir y presentar el atinado mensaje, debe comprender que el pueblo nicaragüense, incluyendo a los de afuera, después de tantos desengaños y sacrificios no está dispuesto a dejarse engatusar nuevamente.
Debe por lo tanto asegurarse de que su propuesta sea viable y honesta. Sin demagogia, sin falsas promesas y sobre todo comprometido con la erradicación del nefasto culto al caudillismo tan enraizado en la política nicaragüense. Sólo así logrará alcanzar la fortaleza suficiente que le permita enfrentarse con poderío a las malévolas intenciones orteguistas.
El autor fue Cónsul General de Nicaragua en Miami.
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