Es obvio que por ahora no hay ninguna posibilidad real de que las elecciones nacionales de noviembre del próximo año vayan a ser libres, limpias y confiables. Por lo tanto, tampoco hay seguridad de que los partidos o fuerzas políticas democráticas y de verdadera oposición, estén dispuestas a participar en esos comicios si faltan las garantías indispensables. Sin embargo, los partidos políticos siguen hablando de elecciones y las firmas encuestadoras continúan preguntando a los ciudadanos cuáles son sus intenciones de voto.
En realidad, hablar de participación en las próximas elecciones, con los mismos integrantes del Consejo Supremo Electoral que perpetraron el gigantesco fraude de 2008 y se distinguen por ser sumisos a Daniel Ortega y el FSLN, parece una locura, una ingenuidad o una intención de colaboracionismo, o zancudismo político para decirlo en términos nicaragüenses.
Sin embargo a pesar de la perversión política del Poder Electoral debido a la subordinación de sus magistrados y estructuras a Daniel Ortega y el FSLN, está bien y es necesario hablar de elecciones. Es más, a pesar de que muchas personas dicen que no les interesa la política, hay que seguir haciendo conciencia pública de que la solución de los graves problemas económicos y sociales del país, tiene que pasar por un cambio político democrático en el ejercicio del poder público.
La verdad es que las fuerzas políticas y los ciudadanos democráticos no pueden renunciar a la lucha por la libertad, la democracia, la justicia y el progreso social, en ningún campo político y menos en el electoral. Dejar el escenario de las elecciones a disposición del orteguismo, sería facilitarle su plan de imponer la nueva dictadura y que Daniel Ortega se perpetúe en el poder por medio de farsas electorales, como lo hacían los Somoza.
Hay que repetir cuantas veces sea preciso, que las elecciones constituyen el medio más apropiado para resolver los problemas cardinales del poder político. La alternativa a las elecciones es la violencia armada, y en el menor de los casos la resistencia pacífica activa que incluye las huelgas generales y el no pago de los impuestos. Por su naturaleza y objetivos estas modalidades de lucha son genuinamente democráticas, pero es sumamente difícil implementarlas y resultan muy costosas para el país. De manera que lo mejor es resolver los problemas políticos, sobre todo el de quiénes y cómo deben gobernar el Estado, por el medio pacífico, institucional y cívico de las elecciones.
Es que las elecciones son precisamente el eje de la democracia. Cualquier gobierno, para ser democrático antes que cualquier otra cosa tiene que haber sido elegido por el pueblo. Las elecciones constituyen la única fuente de legitimación del sistema político, de los gobiernos, los partidos y sus dirigentes y representantes. Además, las elecciones son el único medio y en todo caso el más eficaz y seguro, para realizar y verificar la participación política de cada ciudadano en particular y de todo el pueblo en general.
Pero es obvio que para cumplir esas funciones esenciales, las elecciones tienen que ser abiertas, libres y limpias, en las que puedan participar y competir diversos partidos y candidatos de signos políticos e ideológicos distintos y opuestos. De lo contrario en vez de servir para legitimar el poder del Estado, las elecciones son instrumentos de dominación política y social. Esto es lo que ocurre en los países dominados por sistemas dictatoriales y totalitarios, en los que se hacen elecciones pero no hay libertad ni derecho para competir por el poder. Allí las elecciones son más bien farsas electorales, formalidades que ayudan a los dictadores a mantenerse en el poder, a mostrar una falsa legitimidad que les permita reconocimiento internacional, y a conseguir financiamiento y cooperación externa de países democráticos, cuyos gobernantes por diversas razones se hacen de la vista gorda ante los dictadores y autócratas totalitarios. Así son las elecciones en Cuba y de ese modo quiere Daniel Ortega que sean también en Nicaragua.
Es muy importante, incluso indispensable, pues, que los partidos de oposición y las fuerzas democráticas de Nicaragua sigan hablando de elecciones, o más bien que exijan elecciones libres y limpias, arbitradas por personas que cuenten honradamente los votos. La lucha por elecciones libres es parte sustancial de la defensa de la libertad, la democracia y la justicia. Por lo tanto es una lucha que nunca se debe abandonar.
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