Anita Chamorro de Holmann

“La Norita”

Ella, la Norita, era una mujer especial —no lo digo porque ya no está con nosotros—, lo dice mucha gente que la conoció. Siempre buscaba cómo hacer el bien, solucionando los problemas de los demás, atenta, cariñosa, solícita y servicial, fina en todo sentido, siempre oportuna en las necesidades de los otros.

Nunca la oí hablar mal de nadie, ni aun en las circunstancias difíciles por las que atravesamos en los años ochenta, en los que algunos amigos y familiares tomaron distancia. Esta situación no nos separó, pues la familia tanto para ella como para mí ha sido una prioridad y aunque algunos no lo consideraron así en ese momento, esa actitud de la Norita, prudente y discreta, propició una reconciliación verdadera.

Ella fue un ejemplo de unidad familiar. Para promoverla, todos los viernes se reunía con sus hijos y nietos para lo cual se preparaba con mucho esmero. A veces también nos invitaba a disfrutar de esas reuniones y de sus cenas típicas de diferentes países.

El mar fue uno de sus mayores gozos, especialmente El Velero, donde sus invitados de ocasión se sentían personas importantes al entrar en su casa adornada con chimbombas, con un rótulo de bienvenido en la puerta de su habitación y en el comedor el menú de cada día. Pero no sólo sus huéspedes gozaban de esa importancia que solía dar, sino también la escuela, los maestros y especialmente los niños de ese poblado, a quienes brindaba regalos y piñatas en cada Navidad.

Nació en una cuna de oro, como se suele decir, pero por causas del terremoto su padre Carlos Cardenal A. tuvo cuantiosas pérdidas en su empresa y todo cambió.

Conquistó su amor el joven apuesto y gentil caballero Francisco (Paco) Castro M., con quien contrajo matrimonio y vivieron felices por más de cincuenta años formando un hogar más sencillo y modesto. Fruto de ese amor son sus cuatro queridas hijas:

Vanessa, Karina, Fiorella y Leslie.

La Norita fue una insigne trabajadora, ayudándole a su esposo “Paco” en la Botica Central; haciendo postres, queques o atendiendo eventos y cenas que eran verdaderos banquetes.

Le gustaba viajar. Aun estando enferma hizo varios viajes con sus hijas y yernos. El último fue en diciembre al Colorado, a ver la nieve y hasta se montó en trineo. Confirmando esta afición de viajar, su madre Nora M. de Cardenal, decía: “La Nora mi hija vive ‘encajada’ en los aviones…”

Aceptó con valor y fortaleza su larga y penosa enfermedad, con alegría cristiana, siempre sonriente, más bien preocupada por los demás que la atendían y la acompañaban. Esta actitud comprueba el sentido de la buena amistad y espíritu de servicio que practicó siempre compartiendo tanto lo adverso como lo favorable.

Ella fue feliz, yo la conocí. La felicidad es maravillosa, cuando más se da más le queda a cada uno…

Y llegó la hora de Dios. Ella entró al encuentro de Él por la puerta que logró abrir en su caminar por la vida…

¡Que el Señor le conceda su merecida Paz a la Norita!

La autora es colaboradora de la página de Opinión de LA PRENSA .

COMENTARIOS

  1. Reginamaria
    Hace 16 años

    Lindo escrito!
    Al final esto es lo unico que perdura por siempre: las huellas imborrables en nuestro caminar por esta vida que es pasajera….

    Que Nuestro Senor la haya recibido con el mismo amor que ella dejo como recuerdo aqui en la tierra.

  2. alina
    Hace 16 años

    Una Gran Dama nicaragüense con una immensa capacidad de dar amor. Nos haras mucha Norita!!!

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