Nos llena de consternación que nuevamente los valores y principios que rigen la autonomía, el humanismo científico, la vocación de servicio, la democracia participativa y la equidad de género en la UNAN-Managua no sean tomados en cuenta en la elección de Rector y Vicerrector. Los candidatos de la Fórmula B, Jilma Romero Arrechavala y Martín Pomares, renunciaron a sus anhelos de impulsar una verdadera reforma universitaria, ante la mirada estupefacta de muchos simpatizantes, docentes, estudiantes y administrativos de la Universidad más grande de Nicaragua.
Las expectativas de la Comunidad Universitaria eran muchas, en tanto el Plan de trabajo de la fórmula Romero-Pomares promovería la formación permanente de los docentes mediante actividades continuas de actualización en todas las ciencias, el intercambio y movilidad de profesores a nivel internacional, plan de informática corporativa y redes, plan de captación de los mejores alumnos para el relevo generacional, políticas de atracción de buenos docentes e investigadores, la reglamentación del año sabático, creación del foro de empleo, mecanismos para favorecer la transición del grado a postgrado, establecimiento de convenios, creación de textos en cada asignatura, la valoración del tiempo asignado para la docencia y la investigación, cuyo lema “Confianza, nuevos retos, nuevos compromisos” era la esperanza de ver surgir a una Universidad que hoy por hoy pervive por sus docentes con grado de maestría y doctorado formados en Suecia, Budapest, Bulgaria, Rusia, Alemania, Estados Unidos, Brasil, México, Checoslovaquia, Chile, España para mencionar algunos países solidarios en materia académica.
Es también lamentable, porque en ocho o diez años este personal gestionará su jubilación sin que el Rector en retiro haya aprovechado su potencial académico-científico para desarrollar más la Universidad. Un personal olvidado, sin incentivos y sin ser tomado en cuenta como votante. En Universidades como Costa Rica, Argentina, Chile, México, la votación es una fiesta democrática, porque todos sus docentes y estudiantes tienen igualdad de oportunidades para ejercer su derecho a elegir a autoridades competentes, con vocación de servicio, con espíritu humanista, cuya actitud es digna de respeto porque se relacionan con las bases, resuelven los problemas educativos más sentidos, son populares e incluso, humildes.
Nuevamente, reafirmo, se lesionó la Autonomía Universitaria, al designar políticamente solamente una fórmula para dirigir los destinos de esta alma mater; decisión “supuestamente” tomada en el seno del partido de gobierno, ante una evidente injerencia en las decisiones que son competencia de la Universidad. A la doctora Romero se le descalificó como mujer emprendedora, académica, líder y estratega, con capacidades para hacer visible todas las actividades investigativas de los docentes que hoy yacen engavetadas. Seguimos en una comunidad donde impera la ley del hombre, porque la mujer es invisibilizada. Ninguna presión era plausible para que la fórmula B se retirara de las elecciones.
Estas prácticas antidemocráticas ponen en evidencia que se menosprecia la sensibilidad, la intuición femenina y el equilibrio de género, a través de discursos hegemónicos, cargados de ideas negativas como el uso del poder al operar con el mandato y la información simbólica que la mujer es una fuerza débil para dirigir y hacer gestión universitaria. El silencio de una parte de la comunidad universitaria de la UNAN-Managua es reprochable. Es necesario pensar que los cambios son necesarios, porque nuestro compromiso es con la sociedad, con el fomento de una crítica constructiva contra todo tipo de injusticia, a lo que se sume nuestra vocación y capacidad como formadores de las nuevas generaciones dentro de un espacio cooperativo, voluntario, solidario que fortalece el desempeño de nuestras funciones.
Todos debemos unirnos al esfuerzo y a la voz que el principio de igualdad estructura las relaciones simétricas entre hombres y mujeres, que no se debe jugar con el doble discurso que fuerzas externas están decidiendo el futuro de la UNAN, para luego hablar de iniciativas partidarias que ennoblecen las candidaturas. Es por tanto, necesario, que nuestra arenga no sea sexista, ni dogmática, sino que la estrategia discursiva se fundamente sobre un lenguaje pleno de optimismo, respetuoso del rol de la mujer, constructor de retos y compromisos con la comunidad universitaria. Solamente así construiremos sociedades nobles y democráticas. Ésa deberá ser la meta del rector que dirija el destino educativo de los próximos cuatro años.
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