Es una realidad inexorable e inevitable.
Las Escrituras dictan: nacemos para morir, y morimos para renacer no en la carne sino en el espíritu. Es insuficiente un “siento mucho”, difícil de asimilarlo. La vida es tan efímera y fugaz como la paja al quemarse, no aceptándolo a lo inmediato. Es una laceración tardía en cicatrizar, prefiriendo pensar: ¿por qué no fuimos nosotros y fue ella, la que nos llevó en el vientre y nos trajo al mundo? Quizás sea el modelo matriarcal latinoamericano lo que nos inflige ese sentimiento dependiente de la “gallina y los polluelos debajo de sus alas”; exhalamos oxígeno y replicamos los suspiros de niño cuando la mirábamos partir al trabajo duro de la calle, para que fuéramos a la escuela, con camisas de manta de una de las tantas marcas de harina, o buscando las bolsas de cemento para forrar nuestros libros y cuadernos. Pero también era una alegría inconmensurable abrazarla al llegar, trayendo como alimento una fruta cortada a la mitad, recogida del Oriental, pero muy suculenta en el único “tiempo” del día porque no había “pan pa tanta gente”.
Esa era la “ mala” madre que evitó que muchos de nosotros hoy fuéramos delincuentes, asesinos, pandilleros, políticos mafiosos; mejor pobres, pero honrados, refrán restregado e interiorizado todos los días. Pero aún cuando sabemos que el tiempo es corto, no estamos preparados para el último día, el fin del adiós, nos aferramos a la filia, al egoísmo humano, que nos conmina a ver la existencia como una lejanía y no como una proximidad incierta en el cronos; es un desgarro profundo de las entrañas del alma, un dolor que se dilata por uno o varios días, es un luto que sólo lo calma un grito estertor que viene del más allá de nuestro interior, que clama a la montaña, a los árboles, al viento que abruptamente nos arrebata lo que más amamos, y nos hace brotar lágrimas de cristales color ámbar, otras veces rojo púrpura, que con los días renueva sus destellos hasta que la fuerza creadora nos la devuelve con el arco iris de la esperanza del reencuentro.
Te sientes que se ha abierto un abismo en tu caminar, tus pasos se han vuelto lentos y quieres volver a ser niño, jugando a la inocencia para ocultar lo incierto de esa tempestad que te vuelve indefenso, es sentir que una espina enconada en todo tu cuerpo lastima tu ser, y te arrebata la más grande valentía de Hércules o Teseo, o el valor amazónico de Afrodita o Venus. Sientes una necesidad urgente por encontrar en el baúl de los recuerdos aquellos gratos eventos que te unían y te hicieron feliz algún momento de tu vida con el ser despedido, abrigas la seguridad de hallar en lo profundo de tu corazón una compensación de lo perdido, suspiras tantas veces que los años parecen meses, los meses días, y los días horas y las horas minutos, haciendo que los latidos del corazón te acompañen percutiendo con la canción del adiós de tu ser querido.
Pero no te preocupes, hazlo, llora, llora porque el llanto es como la cascada que te arrulla con el paso incesante de esa agua que busca su nido en la roca, en la arena del lecho del río de la vida, es la bendita expresión del canto alegre de una melodía o una melancolía, solo conserva el dolor que necesitas como la poción del bálsamo que refresca tu herida, pero si puedes en medio de tu llanto volver tus ojos al cielo, imagínate que el Creador te da alas para escapar, volar y planear sobre los vientos, y ya sin lágrimas en los ojos de tu alma, recibes una brisa suave, agradable y tierna que te ha regalado tu ser querido, que con el permiso del Dios inmenso te está diciendo no es un adiós, no te angusties, yo estoy bien, es únicamente un hasta pronto, gracias por tus lágrimas de amor.
En homenaje a las madres que se nos han ido ayer, hoy o tal vez mañana.
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