¡Nooo… cuidado lo rompés! —dicho y hecho en fracciones de segundos (plas) cayó al suelo un hermoso adorno de cristal que con tanto celo cuidaba Alejandro, rompiéndose en mil pedacitos. Era una pieza de mucho valor sentimental para él, ya que se lo habían otorgado por ser la luciérnaga más brillante de su clase.
El accidente y descuido de Camila, su hermanita, molestó mucho al pequeño, quien la regañó fuertemente, pero ésta respondió a las reprimendas alborotando más el incidente hasta llegar a los jalones.
Rápidamente su papá llegó y los separó.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó.
—Ella rompió mi trofeo —respondió con los ojos repletos de lágrimas.
—No fue mi culpa. Yo sólo lo estaba viendo, cuando lo agarré, él gritó y me asusté —explicó la pequeña.
Aunque ya no había remedio para recuperar lo perdido su papá les pidió que hicieran las pases, pero Alejandro estaba súper molesto y no iba a perdonar ese error.
Pasaron los días y todo seguía igual, en la casa ya no había alegría, cada quien estaba por su lado sin dirigirse la palabra.
Una mañana a Camila la empezaron a molestar sus compañeros de clases, escondiéndole su lonchera y mochila. La pobre se quedaba sin copiar sus tareas y pasaba horas buscándolas, al final las encontraba en el patio del centro educativo.
La pequeña llegaba llorando a su casa, pero no quería decirle a sus papás el problema que estaba pasando. Una tarde mientras Alejandro iba a jugar la escuchó lamentándose por la situación.
Al ver la tristeza de su hermanita se fue a investigar qué ocurría. Por días estuvo observando cada movimiento de la pequeña y al final entendió lo que sucedía.
El día siguiente, minutos antes que sonara la campana, Camila estaba preparada psicológicamente para ir a buscar sus pertenencias, pero cuál fue su sorpresa, cuando vio hacia abajo su mochila y lonchera estaban en su lugar, pensó que era un golpe de suerte. Pero con los días se dio cuenta que habían terminado los juegos de las escondidas.
Con el tiempo los chicos le pidieron disculpas. Ella no lo podía creer, cuando les preguntó el por qué del cambio de actitud le dijeron que no querían tener problemas con su hermano.
La pequeña Camila se sorprendió, ya que nunca le había comentado a Alejandro sobre el problema, además estaban distanciados. En ese momento Camila fue a agradecerle y pedirle disculpas por la pérdida de su trofeo. A partir de ese momento ambos aceptaron sus errores y más nunca volvieron a discutir.
No debemos ser rencorosos. Siempre hay que pensar bien lo que se va a decir para evitar lastimar a nuestros seres queridos.