Apartir de que hace unos cien años se comenzó a practicar en Estados Unidos el sistema de elecciones primarias, por iniciativa del Partido Progresista que era liderado por Teodoro Roosevelt, este ejercicio democrático ha demostrado su importancia y eficacia en todos los países donde se ha implementado desde entonces y hasta ahora.
“En especial, el Partido (Progresista) se declara a favor de elecciones primarias directas, para el nombramiento de los funcionarios del Estado y los nacionales; a favor de elecciones primarias preferenciales a nivel de la nación, para los candidatos a la presidencia; a favor de la elección directa por el pueblo, de los senadores de los Estados Unidos; y urgimos a los Estados a que utilicen el sistema del voto secreto, responsabilizando al pueblo con la iniciativa, referéndum y recuentos”, se estableció en el Programa de aquel partido estadounidense, en 1912. El procedimiento de las primarias fue adoptado poco después por los partidos Demócrata y Republicano y posteriormente se extendió exitosamente a otras partes del mundo.
También, en países donde el sistema democrático está profundamente arraigado y sólidamente constituido, y por lo tanto se respetan escrupulosamente sus reglas, los partidos políticos escogen a sus candidatos en convenciones o congresos nacionales que son realizados de manera limpiamente democrática. Se trata de países en los que se han erradicado las prácticas viciosas del caudillismo, de modo que los candidatos no son impuestos mediante el dedazo de los líderes ni por la voluntad autoritaria de camarillas o cúpulas partidistas. En estos casos las convenciones o congresos de los partidos funcionan, de hecho, como primarias indirectas para escoger a los candidatos que van a competir en las elecciones locales, regionales y nacionales. Pero aún así, en otros países solventemente democráticos, como por ejemplo Estados Unidos, se sigue practicando el procedimiento de las primarias porque le da más consistencia y representatividad ciudadana a las candidaturas de los partidos políticos, lo cual redunda en fortalecimiento de la democracia.
Ahora bien, como se señaló desde hace un siglo en el programa del Partido Progresista de Estados Unidos, las primarias no deben ser sólo para escoger candidatos a presidente —donde funciona el sistema presidencialista de gobierno—, sino también para seleccionar a quienes aspiran a ocupar escaños en los órganos legislativos. Es que en los países donde rige efectivamente el sistema político democrático, los poderes del Estado están separados y funcionan de manera independiente. De manera que tanta importancia tiene el Poder Ejecutivo como la tiene el Poder Legislativo y los ciudadanos deben poner el mismo interés y cuidado en elegir al presidente de la nación y a los miembros de la Asamblea o Congreso Nacional. Además, entre más confiables sean las personas que ejercen los poderes Ejecutivo y Legislativo, mayor garantía habrá de que los titulares del Poder Judicial serán escogidos de acuerdo con los requisitos indispensables de independencia, ecuanimidad y honestidad, como lo requiere el cumplimiento de la gran responsabilidad de impartir justicia en nombre de los ciudadanos y en representación del Estado.
Por otra parte, si las elecciones primarias son importantes en los países que ya cuentan con un sistema democrático institucionalizado y arraigado, con mucha mayor razón son necesarias allí donde la democracia es todavía incipiente o está deformada por remanentes del caudillismo y el autoritarismo, en cualesquiera de sus diversas y dañinas modalidades. Y en tales casos, como es sin duda la situación de Nicaragua, las primarias son indispensables para escoger a todos los candidatos, no sólo a presidente de la república sino también a diputados, alcaldes, concejales y consejeros regionales.
Es más, la experiencia de la Asamblea Nacional de Nicaragua desde que el pueblo conquistó la democracia en 1990, y sobre todo los actuales vaivenes parlamentarios no tanto por motivos políticos y principios ideológicos, sino por falta de ética y carencia de principios, por conveniencias personales y subasta de votos para favorecer intereses antidemocráticos, demuestran la imperiosa necesidad de escoger en elecciones primarias también a los candidatos a diputados, al menos para tratar de mejorar un poco la selección de tales funcionarios públicos cuya responsabilidad es determinante para la conservación de la democracia.
De manera que si por fin los partidos de Nicaragua llegaran a aceptar las primarias, estas deben de ser también para elegir a los candidatos a diputados. De otro modo muy poco o nada se podría lograr en beneficio de la precaria y tan amenazada, desvirtuada y mancillada democracia nicaragüense
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