Hugo Ramón García

Cartas al Director

Mentira

“La mentira es como la bola de nieve; cuantas vueltas dé, mayor se hace”.

 Martín Lutero (1483-1546), reformador alemán.

¿Quebrarán otra piñata?

Si los sandinistas-orteguistas, después de perder las próximas elecciones de noviembre 2011 volvieran a “gobernar desde abajo”, repitiendo la historia de 1990, ¿ “quebrarían” otra piñata?

Claro que sí. Creo que lo harían potencialmente para dejar al país en completa quiebra, más de la que estamos viviendo, y causarle al nuevo gobierno democrático que se instale una difícil situación.

Comenzarían a su gusto y antojo a repartirse Nicaragua hasta la más increíble de las ambiciones, disponiendo sin límites de todo lo que esté al alcance de sus manos, y cuando ya la República se mantenga, o la mantengan asediada por una crisis desesperante salir diciendo que “la situación financiera tan asfixiante que se vive se le debe al Gobierno pro-yankista”.

Los sandinistas-orteguistas siempre “salen con las suyas” aduciendo “argumentos” que tienen a su alcance. Ellos nunca son culpables de nada; se consideran correctos administradores de los bienes públicos, pero la verdad se asienta en su detalle: son enemigos declarados de todo lo bueno que el país pueda alcanzar con un Gobierno democrático; con un sistema que procure estabilidad económica, y no como ellos, que repetitivamente viven devaluando la moneda nacional, y elevando el costo de vida a niveles inaguantables, o en otros casos asaltar la misma economía como lo hicieron en 1987 con el córdoba nicaragüense.

De los sandinistas-orteguistas siempre hay que esperar lo peor. Tomaría de su cuenta “quebrando” la piñata: casas confiscadas que de hecho se las “donarían” a cuadros sandinistas que se mantienen alquilando inmuebles ajenos; fincas de ganado; fincas de café; vehículos; quintas a la orilla del mar etc., etc. Están hechos para causar el mal porque en eso se halla fundada su “formación”, y por otro lado no tienen el menor pudor para llevar el desconcierto a la población, mucho menos sentir piedad cuando cometen actos de terrorismo a sabiendas de los grandes daños que causan, incluso a la propiedad privada, tal como lo realizaron con los últimos actos vandálicos registrados en Managua a “vista y paciencia” de la Policía Nacional, la cual se supone que está destinada por mandato Constitucional a “preservar, y mantener el orden público”. No es nada “extraño” que los sandinistas-orteguistas vuelvan a “quebrar” otra piñata.

Lo volverán a hacer por venganza si el pueblo los aplasta electoralmente con los votos el próximo año, o desde ya la están “quebrando” anticipándose a esa evidencia que les viene encima, ya que es imposible que en forma masiva perciban los votos que requieren, a menos que el gran genio del Consejo Supremo Electoral Roberto Rivas, monte otro fraude que beneficie al dictador Ortega para que alcance su siniestra reelección.

Casualmente cuando la democracia retorne al poder, y tenga presencia en los órganos palpitantes de la vida republicana, serán otros tiempos. Una época de auténtica reconciliación entre la familia nicaragüense, y no la “reconciliación” hipócrita, y zalamera que pregonan los sandinistas-orteguistas, quienes ya no pueden engañar a nadie porque están acostumbrados a vivir de la mentira.

Hugo Ramón García 

Odisea de estudiantes

En la actualidad los estudiantes de la carrera de Derecho deben realizar una larga, costosa y penosa carrera, para poder llegar a obtener su carnet de abogado y notario, que lo autoriza ejercer su profesión. Un estudiante de Derecho si no deja clases, pasa 6 años en la universidad, ya sea pública o privada.

Los que estudian en las universidades privadas, por muy baratas que sean, pagan un capital en las mensualidades, mora y exámenes especiales, al final de la carrera desembolsan otra cantidad de dinero en examen de grado, monografía o curso de titulación; después otra cantidad de dinero para la promoción. Los de las universidades públicas es cierto que no pagan, pero gastan en pasajes, alimentos, materiales de trabajo. Se le suma a ambas modalidades la compra de libros, folletos y códigos que es indispensable en esta carrera.

Pero la odisea apenas empieza, después tiene el egresado que presentar tres testigos para que se lo juramenten, eso lleva sus varios meses; luego otra espera de varios meses o año para que lo juramenten como abogado, luego pagar 50 dólares para el título, el que debe ser firmado por todos los magistrados, proceso que se lleva meses y hasta años, porque los magistrados o están fuera del país o enfermos. Una vez que obtuvo su incorporación como abogado, debe de esperar otros meses o año y pagar otros 50 dólares para el título de notario y esperar que se lo firmen todos los magistrados.

Al final un licenciado de Derecho pobre, desconocido y sin partido político, pasa de 8 a 9 años para su incorporación como abogado. Pero a los conocidos, recomendados y parientes de jueces y magistrados o miembros de algún partido político, el proceso es expedito y en privado. Estos parientes y conocidos, luego de juramentarse, como mínimo ya son jueces o suplentes y les dicen doctores, cuando en realidad son pocos los doctores en Derecho que hay en el país.

Héctor Danilo Montenegro Escoto
Ocotal, Nueva Segovia
 

El sentido de la vida

¿Tiene sentido la vida humana? ¿cuál es? Aparecemos en el mundo sin que nadie nos haya pedido permiso ni opinión alguna, que, por otra parte no podríamos dar, dada nuestra profunda debilidad e indigencia con las que venimos a él.

Pronto conocemos que nuestra vida es limitada, que ha tenido un principio y tendrá un final cuyo momento desconocemos. A todo esto, en la soledad de nuestra conciencia, nos preguntamos: ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos?, ¿quiénes somos?, ¿por qué y para qué existimos?, ¿qué será de mí?, ¿tendré el mismo destino que los animales, que desaparecen de la existencia sin dejar apenas ningún rastro?

En todo caso, con la sola luz de la razón natural, lo único que podemos deducir es que, como decía el gran filósofo griego Aristóteles, el ser humano es “un animal racional”, que procede de sus padres por generación, como muchos de los animales que pueblan la Tierra, conviven con nosotros y tienen un destino parecido al nuestro: nacer, desarrollarse, reproducirse y morir.

Sin embargo, hay una diferencia fundamental que nos distingue de todos los demás animales: es la razón, es decir, la inteligencia y comprensión superior de cuanto nos rodea, y que nos proporciona una diferencia esencial con todos ellos.

En la vida corriente, al no llegar a ninguna conclusión válida con nuestra sola razón, los seres humanos nos solemos conformar aparentemente con lo que podríamos llamar sentidos menores, como fundar una familia, tener uno o más hijos, escribir uno o más libros, hacer algún importante descubrimiento científico o tecnológico, crear una gran empresa, alcanzar un cargo relevante en la sociedad, etc. Digo aparentemente, porque a la hora de la verdad, del final de nuestra vida en la Tierra, es decir, cuando nos llega la muerte inexorable, esos sentidos menores se revelan absolutamente insuficientes, porque nos encontramos solos ante nosotros mismos y nadie nos acompaña esencialmente en ese trascendental trance.

Tengo la convicción de que, el sentido profundo y definitivo de nuestra vida aquí en la Tierra, como dice el Catecismo de la Iglesia católica, sólo se encuentra en Dios, que es el ser inteligente que ha creado todo lo que existe, incluso a nosotros, por amor, para hacernos participar de una felicidad completa por toda la eternidad. En el momento que aceptamos esta idea razonable las preguntas que expreso al principio adquieren un pleno sentido: venimos de Dios, vamos hacia Dios, somos hijos de Dios, creados a imagen y semejanza suya, existimos porque Dios así lo ha querido para hacernos participar de su felicidad infinita y eterna, no tendré el mismo destino que los animales irracionales, sino que si tengo fe, si obro el bien a lo largo de mi vida y procuro cumplir sus mandamientos alcanzaré esa felicidad a la que aspiro constantemente. Dice Jesucristo: “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en Mí no morirá para siempre”. Para mí son respuestas definitivas e incontrovertibles.

Roberto Grao Gracia

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