Es sólo una analogía, pero gracias al estudio del género animal, hoy curan el cáncer y otras enfermedades, no así ciertas patologías de la inteligencia humana: el poder político y la maldad, es algo como la esfinge, rostro de persona con cuerpo de león. Todo inicia con una frase común de idiosincrasia y juicio moral, “Al baboso ni (…) lo quiere”, o con sentido admirativo; “es vivo, no pendejo”. Es el antípoda de los valores que mide el mundo de los audaces. Pareciera una burla al comportamiento promedio de las personas, o una ironía para los que creen en la formalidad, el mérito, y a veces el revés del sacrificio, sintetizado en la acepción modal del mundo político: “…es un arribista que gusta escalar sobre las espaldas de otros”.
Después de ver una sección documental, específicamente sobre los gavilanes y zopilotes, analizaba cómo trasladarlos al mundo humano-político: el poder, siendo dos comportamientos distintos pero coexistentes. Existe el político gavilán, déspota, arrogante sin competencia, astuto, calculador, sedentario, individual y egoísta, deja que otros le atraigan su presa, prefiere víctimas pequeñas indefensas, preferiblemente crías, vuela un poco alto, planeando. Se traslada de un lugar a otro sin mucha fiesta, de apreciación certera como un telescopio de francotirador, no celebra con nadie su botín. Antes de posesionarse de su objetivo, realiza una danza ritual de vuelo, como ajustando los instrumentos de navegación, y luego que ha consumado su proyecto, dormita con su “conciencia” tranquila hasta el nuevo apetito.
Desde su contumaz propósito, sus adversarios lo representan como un elemento tránsfuga, “paracaidista adulador”, oportunista, sin credenciales, desconocido, conspirador a ultranza, con capacidad para descalificar la eficiencia política de sus presuntos contendientes, en el área de influencia del líder que le proporciona la extensión del poder. Ambicioso, avaro desmedido, primero en entrar, primero en salir en las antesalas de la comedia política, practica la militancia del partido como si estuviera con la “People nice” de New York, delega en las tareas, y se vanagloria de su productividad política a costas de otros, suele vérsele en altas esferas y considerarse el ungido negociador.
La sumatoria de muchos políticos gavilanes serán para Wilfredo Pareto la Elitocracia, o para Max Weber los estereotipos dirigenciales, simulados con ropaje Bostoniano, de buen andar, y amantes del “hobbies” fotográfico de tarimas, haciéndose invitar a la televisión y radios, con entrevistas “prepiadas”. Algunos se acuñan títulos, o contratan a terceros para que en lugares públicos se corra el rumor, a voces, que son afortunados “Business Men”, con “Background” versátil. Se consideran la avanzada de los profetas presidenciales y mesías políticos, cargando maletines ejecutivos, conteniendo las tablas de los mandamientos inquisidores, para los que osen violentarse, oponerse o señalarles su procedencia dudosa. Suelen formar alianzas cupulares entre sí mismos, sin tocarse las garras, preservando sus privilegios de grupos de poder.
El político zopilote es humilde, pasivo, confiado, torpe, inadvertido ante los atropellos, afin al grupo de sus congéneres. Se posesiona de superficies, no de alturas, sin ambición, necrófilo, más bien se acomoda tomando lo que otros le den o dejen. Pelea por su área de degustación sin llegar al conflicto, de mucha paz y tranquilidad digestiva, no lucha por espacios, y se dice que colabora para el sistema, comiéndose los desechos, es casi un conformista. Se asemeja al grupo de políticos intermedios y de base, gregarios por naturaleza, recurren a la solidaridad, como un mecanismo de protección grupal para asumir el riesgo de la sanción, en caso que se hayan desviado de la óptica de los líderes gavilanes.
Tienen su propio rey o líder, suelen llamarlo un dirigente probado, de mucha confianza del directorio del partido, por su lealtad y cumplimiento de las tareas, capaz de hacer el trabajo sucio o “denigrante”. Confiado en muy poco que perder, Jobiano, creíble para el discurso emotivo, de glándulas lagrimales necesarias, termina creyendo en sus propias palabras, y poseedor de una alta tasa de docilidad. Festeja los eventos del partido con el inadvertido y sencillo dirigente campesino-urbano, desvelado por la mística política del día de la manifestación o el mitin.
Desde la sociología del poder, son figuras opuestas vinculadas a agregados sociales y políticos distintos, con metas asimétricas por los espacios de dominación, comparten principios iguales, pero con virtudes existenciales disímiles. Los primeros detentan el pragmatismo para obtener el dominio del poder total, y los segundos anidan la utopía de recibir a cambio de su entrega proselitista, una redistribución de la justicia democrática en reconocimientos “$estimulantes$” residuales. ¿Cuándo los zopilotes se rebelarán ante los gavilanes, dentro del poder político de los partidos?
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