EE.UU. ante China y Cuba, equiparaciones erróneas

Por Álvaro Taboada

En abierta defensa del régimen cubano reclaman algunos que EE.UU. obvie el tema democracia y derechos humanos y establezca relaciones económico-diplomáticas normales con Cuba, tal como las tiene con China comunista. Otros arguyen lo mismo, aunque cautelosamente, e invocan al pragmatismo. En ambos casos tales argumentos evaden realidades elementales.

China, lamentablemente, jamás ha sido democrática. Ha sufrido despotismos durante milenios. Su cultura y su pueblo, arraigados durante siglos en aquellas tierras, sufrieron monarquías tiránicas desde unos 1,500 años a.C., hasta que Sun Yat Sen (1912) fundó la república. Pero tampoco se alcanzaría la democracia: sobrevinieron las agresiones japonesas, el Kuo-min-tang y luego (hasta hoy) el régimen comunista. Lo dicho no cuestiona el derecho del pueblo chino a la democracia, ni el heroísmo de sus defensores. Sin embargo, en política internacional inevitablemente ha existido, y existirá una interacción entre los principios y los intereses (no siempre loables) y más o menos calculables.

Las democracias respetan más que las dictaduras a los valores éticos. Pero obviar el peso de los intereses económicos, estratégicos, de seguridad, políticos, y de prestigio (un importante componente del poder) es omitir elementos básicos de las relaciones internacionales. Razones históricas, geográficas, demográficas, económicas y políticas, limitan la capacidad de Estados Unidos para presionar por la democratización de China. Lo han intentado e intentan en foros multi y bilaterales, con resultados mínimos. En tanto, véase lo económico: China, tras integrarse al comercio global, tiene un PIB de unos 7,000 millones de millones. Su comercio exterior (unos 1,300 millones de millones) está fuertemente vinculado al estadounidense.

Pero hay más. En política internacional, China (al distanciarse de la URSS) favoreció (aunque indirectamente) a Estados Unidos durante la Guerra Fría. Nixon hábilmente cortejó a China, aprovechando la pugna Mao-Khruschev, ya evidente desde 1962. No obstante, el radicalismo doctrinario de Mao, China evitó interferir en los intereses estadounidenses en Europa, el Medio Oriente, y América Latina. Aunque China es desde ya el gran rival de occidente, no es (hasta hoy) confrontativa.

En contraste, Cuba (como toda Iberoamérica) tiene muchas raíces occidentales. En su comparativamente corta historia, la lucha por la democracia liberal fue y es una constante: la independencia, la oposición a Machado, a Batista, a Castro… En Escambray en la fuga masiva del 15 al 20 por ciento de su población, ahuyentada por la represión y la ruina económica socialista.

Las raíces de Cuba, su ubicación geográfica, su dimensión poblacional, el fiasco socioeconómico imperante, la situación del resistente pero crepuscular socialismo caudillista, todo indica que, a diferencia de China, la Cuba postcastrista será más susceptible de responder positivamente, por realismo, a las presiones de Estados Unidos y de otros países en pro de las libertades y garantías democráticas fundamentales.

A diferencia de China, el castrismo confronta permanentemente a Estados Unidos. Un legítimo afán de independencia ante la hegemonía norteamericana se transformó en obsesión y herramienta propagandística radical. La imprudencia de Khruschev y Castro casi confrontaron nuclearmente a la URSS y EE.UU. (Castro, humillado y marginado de los contactos Kennedy-Khruschev, terminó beneficiado con el compromiso norteamericano de no invasión). Pero la confrontación siguió.

Castro y sus aliados organizaron la Tricontinental (1966) y la OLAS, 1967, (presidida por Salvador Allende), para promover a la izquierda radical, incluida la guerrilla y el terrorismo en este hemisferio. Castro buscaba además peso específico ante la URSS, que tenía excelentes relaciones con Brasil, gobernado por autoritarios militares anticomunistas.

Hasta hoy, el antinorteamericanismo castrista es incesante. A los acercamientos ofrecidos a Castro éste responde con desplantes, incluso contra el más bien acomodaticio presidente Obama. Hoy el castrismo agita un irracional antiyanquismo regional, apoyándose en algunos gobiernos autonombrados “neo-socialistas”.

En lo económico, la Cuba actual es marginal para Estados Unidos aunque hubiera comercio abierto. El PIB per cápita cubano, unos US$$4,400 anuales es una fracción del chileno (más de 14,000 anuales) e inferior al de China (alrededor de 5,500 por año). De hecho existe algún comercio EE.UU.-Cuba: artículos agrícolas y medicinas, aunque pagaderos de contado. El poroso embargo norteamericano es llamado “bloqueo” por los castristas para disimular el fracaso socioeconómico de la isla.

Lo apretadamente aquí descrito reseña algunas enormes diferencias, existentes hasta hoy, entre los casos EE.UU.-China y EE.UU.-Cuba. Más allá del cabildeo pro embargo del exilio cubano, o del lobby antiembargo de los agricultores y ganaderos de varios Estados de la Unión, persisten hondas razones políticas y de valores que impulsan a Estados Unidos a continuar presionando al castrismo. ¿Sería pragmatismo estadounidense, como aducen algunos, autoinflingirse una derrota en política internacional cediendo ante los Castro a cambio de nada? ¿Sería compensada dicha derrota con mutuas oportunidades económicas al comerciar con una Cuba actualmente paupérrima? Y si de ideales se habla ¿sería justo, o sensato, premiar a una tiranía personalista en inevitable ocaso?

El autor es doctor (Ph.D) en Estudios Internacionales.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí