José Esteban González R.

Mujeres constructoras y destructoras de naciones

Es apasionante estudiar la vida y logros de mujeres destacadas de la historia nacional y mundial. Sin ellas, no se explica el progreso de la humanidad ni el de nuestra nación. Sin embargo, raramente se les hace justicia.

Aunque ignoremos su nombre, al rescatar del Nilo a Moisés, la hija del Faraón entró en la historia de nuestra redención. En contraste, Jezabel, mujer lasciva y ambiciosa, arrastró a la idolatría a su esposo Acab, rey de Israel. Cumpliendo la profecía de Elías, a esta reina malvada se la comieron los perros. (2R 9, 30).

Además de ser la bendita Madre del Mesías, María se revela admirable poetisa en su luminoso Magníficat. Al lavar con sus lágrimas los pies de Jesús y secarlos con sus cabellos, una prostituta inundó los siglos con su amor atestiguado por Cristo.

En plena Edad Media, Catalina de Siena logró que el Papa pusiera fin a su exilio en Aviñón superando el cisma que desgarraba a la cristiandad. Al financiar la aventura de Colón, Isabel de Castilla abrió la ruta para la creación del único imperio donde no se pondría el sol. En pleno Renacimiento, Lucrecia Borgia, no obstante la manipulación de su padre, el Papa Alejando VI, y de su hermano César, ambicioso, cruel y sifilítico, culminó su vida como respetada Duquesa de Ferrara e ilustrada mecenas.

Mientras la frívola María Antonieta contribuía a precipitar la Revolución Francesa, la intrépida Sofía von Anhalt-Zerbst, originaria de un minúsculo principado alemán, convertida en esposa nominal del enfermizo y desequilibrado Pedro III, saltaba del lecho de Gregori Orlov al trono de los zares logrando como Catalina la Grande colocar a Rusia entre las grandes potencias europeas. Apenas un siglo después, otra princesa alemana, Alicia von Hesse, esposa del Zar Nicolás II, perturbada por la enfermedad del Zarevitch y presa de una religiosidad enfermiza, se entregó en manos de Rasputín cuyos desmanes precipitaron la Revolución de Octubre.

En los últimos decenios, han brillado mujeres como Golda Meier, en Israel; Indira Gandhi, en la India; Margaret Thatcher, en Gran Bretaña; la rusa Raissa Gorbachova, irradiando talento y elegancia sin jamás usurpar funciones de su esposo. Y ¿cómo ignorar el humanismo sonriente de Diana de Gales y la entrega de la diminuta y gigantesca Madre Teresa, bañando en agua fresca y en amor a moribundos abandonados en las calles de Calcuta?

Elena Bonner, esposa de Sajarov, enarboló en Rusia la bandera de los derechos humanos. En Argentina, las indoblegables Madres de la Plaza de Mayo obligaron a enjuiciar a los militares represores. En Estados Unidos, Ayan Rand brilla como una de las más profundas e influyentes pensadoras contemporáneas.

Hoy se destacan también Michelle Bachelet, ex Presidenta de Chile; la colombiana Ingrid Betancourt, indoblegable rehén de las FARC, y la Cancillera de Alemania, Ángela Merkel, sin duda, una de las personas más influyentes del mundo. En contraste con estas mujeres admirables, ha habido otras célebres por su sed y manipulación del poder, entre ellas, la Dama Dragón, esposa del último presidente de Vietnam; la temible señora Chiang Ching, esposa de Mao, encabezando la “banda de los cuatro”; Imelda Marcos, clavando los tacones de sus miles de pares de zapatos en el costado del empobrecido pueblo filipino; Elena Ceaucescu que se disputaba en las tribunas el protagonismo con el último dictador comunista de Rumania. Como la Jezabel bíblica, todas fueron devoradas por los perros de la historia.

Entre las mujeres nicaragüenses de notable trayectoria, mencionaré a título de ejemplo a Sor María Romero, eficaz y compasiva, a Violeta Barrios de Chamorro que llevó a la victoria a nuestro pueblo, gracias al patriotismo y sensatez de dirigentes de todas las fuerzas democráticas. No podemos olvidar el liderazgo azul-y-blanco de Violeta Granera del Movimiento por Nicaragua, ni el de María José Zamora, sólida articulista de LA PRENSA y, hasta hace poco, Presidenta de Hagamos Democracia. En el campo de los derechos humanos, la doctora Vilma Núñez, Presidenta del CENIDH y la doctora Marta Patricia Baltodano, ex-Coordinadora Nacional de la CPDH quien asumió la difícil tarea de promover los derechos humanos y enjuiciar a los transgresores en las filas de la Resistencia. Vaya para ellas y para toda esa pléyade de artesanas, empresarias urbanas y rurales, periodistas, escritoras, deportistas, profesionales, maestras, políticas honestas y valientes, mi respeto, admiración y agradecimiento.

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