La idea de toma de conciencia, la razón crítica heredera de la ilustración, parece perder vigencia y se convierte cada vez más en cosa de otra época, en artefacto de museo. La razón, minada por la sospecha, ha sido suplantada por la tecnología, el cálculo, el interés personal, el lucro a toda costa, la indiferencia, la ignorancia o el fundamentalismo dogmático. De la razón crítica, como motor del progreso material y espiritual de los pueblos, transitamos a la crítica de la razón y, finalmente, a la razón cínica, ideología de los poderosos y de quienes aplauden las mentiras y astucias de los políticos inescrupulos.
Se trata de un cinismo derivado sucesivamente del fascismo y el marxismo, resultado de suprimir de este último la fe en la llegada utópica del socialismo; cinismo para el que la historia de la humanidad ha estado gobernada por la codicia, el afán de dinero y el ansia de poder. Concepción falsa e irresponsable, pero que, por su plausibilidad y simpleza, adquiere fácilmente adeptos, sobre todo entre los ignorantes, los desesperados y hundidos en el fracaso.
Ésta es la concepción de la historia que prevalece en el círculo de hierro que hoy detenta el poder en Nicaragua y que se manifiesta en el desprecio a la ley y a la razón, en el recurso sistemático a la mentira, en la falta de escrúpulos a la hora de utilizar cualquier cosa para saciar su voluntad de poder, desde el chantaje y la extorsión hasta la compra de conciencias, la manipulación del odio de clases y la fe popular. Cinismo que, con el recurso a la iconografía religiosa, a una fraseología cuyo referente es Dios, el amor, el cristianismo y la solidaridad, se desdobla en fariseísmo, la forma más refinada de opio del pueblo que tanto criticó Carlos Marx.
Primero fueron las bolsas de agua sucia, lanzadas a Dora María Téllez, una mujer que ha dado a toda la nación repetidas lecciones de coraje. Después, los ataques al novelista Sergio Ramírez Mercado. “Somos cavernarios nacionalistas” —reconocía con desfachatez, el presidente de la Unión de Estudiantes de Nicaragua (UNEN), cuando intentaba justificar la campaña de amenazas desatada por su organización para impedir que el escritor presentase una de sus obras. “Tenemos un mandato de no permitir la presencia de traidores en la Universidad”—, explicaba. Lo cavernario ha estado siempre a la vista, desde las asonadas del seis por ciento a las pedradas, tubazos e incendios con que estos pseudodirigentes suelen dirimir sus discordias intestinas. Lo nuevo es el reconocimiento expreso de la existencia de un mandato: ¿de quién?, ¿de los miles de estudiantes a quienes dicen representar?, ¿del partido de gobierno?, ¿de la mente siniestra que organiza a los que blanden garrotes y roban votos en León?
“Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión” —decía don Miguel de Unamuno, indignado, un 12 de octubre de 1936, en la Universidad de Salamanca—. El general fascista José Millán Astray vacía por su manquedad la manga izquierda de la camisa, cubierto por un parche negro el vacío ojo derecho, vacía el alma, rodeado de guardaespaldas armados de metralletas, al repelente “¡Viva la muerte!” de sus correligionarios respondía con su famoso grito: “¡Muera la inteligencia!”. Los historiadores coinciden en que la verdadera exclamación de Millán Astray fue “¡Muera la intelectualidad traidora!”.
“Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha”, terminó diciendo Unamuno, con la serenidad y valentía que dan la verdad y la honestidad intelectual.
Nuevamente lo cavernario asoma en nuestra Alma Mater y decide (¿por orden de quién?) boicotear cobardemente, esta vez, al filósofo y ex rector Alejandro Serrano Caldera, en la presentación del segundo tomo de sus Obras Filosóficas. Me cuenta Alejandro que, a pesar del calor y la oscuridad, no lograron impedir que se dirigiese a la audiencia durante media hora. Los organizadores del evento le recomendaron, sin embargo, no abandonar el recinto hasta que los grupos gansteriles que merodeaban el Paraninfo se hubiesen alejado.
Junto al hermoso lema virgiliano Sic itur ad astra (Así se va a las estrellas) Mariano Fiallos Gil acuñó el no menos hermoso A la libertad por la universidad. Pareciera, sin embargo, que este último lema, de genuina estirpe kantiana, variación y prolongación del famoso ¡ Sapere Aude ! (¡Atrévete a saber!) del filósofo de Könisberg, síntesis de todo el programa racionalista enciclopédico, fuese realmente cosa del pasado; un pasado, sin embargo, del que muchos dicen venir de vuelta, pero realmente jamás llegaron a recorrer. La profunda crisis moral que afecta a todo nuestro cuerpo social es, también, y principalmente, ausencia, devaluación y desprecio de la razón, apología del poder por el poder, imperio de lo crematístico, monólogo y odio hacia lo diferente. Si la llamada postmodernidad presenta rasgos de regresión a la barbarie, nosotros no terminamos de salir de esta última. Pareciera que el camino hacia las estrellas y la libertad lo hubiésemos convertido en el camino hacia las oscuras cavernas. Y lo peor, se cuentan con los dedos de la mano las voces de protesta surgidas del cuerpo docente, no se ven los urgentes correctivos de las autoridades universitarias, responsables del itinerario formativo de la juventud nicaragüense.
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