Roberto Porta Córdoba

Instrucción centrada en el estudiante

Para quienes laboramos en el área de la educación y la capacitación de recursos humanos, la búsqueda del valor agregado en el aprendizaje de quienes servimos debe constituir uno de los ejes permanentes de nuestra misión. Si bien es cierto que la adquisición de nuevos conocimientos o habilidades por parte del estudiante o capacitado será siempre la meta esencial de toda instrucción, los medios para alcanzarla continuarán su inevitable evolución, impulsados por los cambios en el entorno, la tecnología y la dinámica intrínseca de nuestra sociedad.

La Instrucción Centrada en el Estudiante (ICE) es un reflejo de esta evolución. Aunque es verdad que algunas metodologías de enseñanza caen en desuso y son eventualmente recordadas como simples modas o tendencias, la ICE continúa siendo un enfoque innovador cuyos beneficios la han ido convirtiendo en una estrategia cardinal en la mayoría de los entornos educativos, especialmente en los grados superiores de secundaria, la universidad y la educación para adultos. La ICE es una estrategia de enseñanza que cambia el papel de los instructores, de proveedores de información a facilitadores del aprendizaje de sus estudiantes. En la instrucción tradicional, el foco de atención se centra en el docente mientras el estudiante asume un papel pasivo. En la ICE, el enfoque se centra en los estudiantes y se les reconoce como agentes activos y protagonistas de su propio aprendizaje. Para implementar el enfoque, es necesario dividirlo en cinco dimensiones.

La primera tiene que ver con la función del contenido. En ella, se le explica al estudiante el porqué tiene que aprenderlo, mientras se consolidan los fundamentos esenciales, la habilidad para aplicar dicho contenido y la capacidad de aprender más independientemente. La segunda es la del papel del instructor, en la que el docente crea las condiciones apropiadas para un aprendizaje más autónomo y verifica que las metas del estudiante estén conectadas con el contenido y la modalidad de enseñanza escogida. La tercera identifica la responsabilidad del aprendizaje. Aquí, el instructor establece claramente la cuota de responsabilidad que los estudiantes adquieren en su propio aprendizaje y les asiste mediante la creación de de situaciones motivadoras y el descubrimiento de sus fortalezas y debilidades, no sólo para el contenido presente, sino para el aprendizaje futuro e independiente al que se aspira a prepararlos. La cuarta se basa en los propósitos y procesos evaluativos. En este caso, la evaluación pasa de ser una mera asignación numérica de notas, a una retroalimentación paralela, detallada y constructiva. La quinta y última dimensión se refiere al balance de poder, en la que el instructor conserva su autoridad, pero abre espacios de consulta y consenso sobre algunos aspectos del curso o taller, permitiéndoles a los estudiantes expresar sus perspectivas y propuestas sobre los métodos de instrucción y los instrumentos de evaluación.

Como es de esperarse, la implementación de la ICE no puede ser igual en todos los entornos formativos. Cada casa de estudio, institución o empresa cuenta con sus propias características y una visión y misión particulares. Adicionalmente, la resistencia a los cambios es más manifiesta cuando se trata de conferirle al educando un papel más beligerante y soberano en su formación. Empero, con una adopción clara de rúbricas para cada una de las dimensiones descritas anteriormente, es posible visualizar con más facilidad sus componentes, su estado presente, el progreso y la meta deseada.

Nuestro acceso vertiginoso a la tecnología nos permite una diseminación de información tan vasta y ágil que el instructor no debe ser ya la fuente primaria de conocimiento para los estudiantes. En un entorno ICE, los educadores se enfocan más en determinar lo qué el estudiante está aprendiendo, cómo lo está aprendiendo y sobre todo para qué lo está aprendiendo. [email protected]

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