No pretendo dar la respuesta que los nicaragüenses andamos buscando ante la pregunta: ¿Qué hacer ante la expansión de poder casi sin límites que Daniel Ortega está practicando en nuestro país, a través de sus ilegalidades y decretos inconstitucionales? Para algunos políticos, empresarios y miembros de la sociedad civil, Ortega debe ser tratado igual que cualquier otro político en el poder.
Lamentablemente para ellos el trato con Ortega, es más complicado. Estemos claros que ni los partidos políticos opositores, ni la sociedad civil, pueden ni deben presumir ahora ni en el futuro, tener una verdadera amistad política con el régimen de Ortega, como algunos empresarios y políticos ilusos se lo han creído hasta el dia de hoy, por el contrario deben seguir considerando al orteguismo como un peligroso y despiadado rival en la arena política-económica. Debemos seguir esperando que la política de Ortega continúe sin reflejar ninguna inclinación hacia la paz social y el progreso del país como nosotros lo concebimos, ninguna fe en la posibilidad de una tranquila coexistencia entre demócratas-capitalistas y un orteguismo-socialista. Lo seguro es que el orteguismo siga ejerciendo mayores presiones y chantajes para desmoralizar y quebrar a los líderes de oposición, debilitando al máximo toda influencia y poder de sus rivales político-ideológicos o sea las fuerzas políticas y económicas tradicionales de Nicaragua. En ocasiones, molesta la ingenuidad de la clase política nicaragüense y más aun de algunos capitalistas criollos, quienes por sobrevivir y no ser blancos de los atropellos del régimen, prefieren hacerse de la vista gorda, cuando este atropella a los demás.
Durante años he tratado de persuadir a ciertos políticos de que Ortega, es el mismo que conocimos en los años ochenta, el mismo que realizó las confiscaciones de miles de nicaragüenses y extranjeros, el mismo que llevó a Nicaragua sin ningún miramiento a la confrontación este-oeste durante la guerra fría. Es el mismo Daniel Ortega, que envió a miles de jóvenes a morir en un servicio militar en contra del campesinado nicaragüense. Entonces estemos claros de que Ortega y sus socios jamás serán nuestros amigos, por la sencilla razón de que con el orteguismo, es casi imposible poder transar con honorabilidad o de llegar a acuerdos sensatos como se acostumbra entre los sectores democráticos, porque sencillamente Ortega y sus secuaces no comparten ni la misma visión del mundo democrático ni nuestros valores occidentales y cristianos. Del Ortega asaltante de bancos y marxista leninista de los años sesenta y setenta, todo está intacto, nada ha cambiado en él.
Tal vez haya introducido algunas sutilezas en sus métodos de violencia natural, un poco diferentes a su brutal estilo de los años ochenta, pero en el fondo, su mentalidad sigue siendo la misma. Por eso cada vez que puede, en sus nocturnas peroratas, exalta la figura del guerrillero-terrorista de la guerra fría, porque es su ideal arquetipo psicosocial. La mejor manera de frenarlo, será apresurando la unidad de las fuerzas políticas opositoras y a la vez cohesionar a la sociedad civil y al empresariado nacional en una gran coalición opositora, desde donde se elaboren los planes y estrategias que nos permitan plantear nuestra lucha cívica en defensa de la democracia en los aspectos políticos, ideológico y organizativo, movilizándonos por todo el territorio nacional, sin darle tregua a las tácticas de amenazas, miedos y chantajes del régimen y esto solo podemos hacerlo si los sectores democráticos estamos unidos desde ahora, de lo contrario todo esfuerzo puede ser demasiado tarde.
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